Un muchacho de mi edad

La lectora
Ilustración: Verónica Bermúdez Serna

Por Jhonny Zeta

Cada quien es como es -eso dicen-. Pienso que cada quien es, sobre todo, porque sabe qué no le gusta.

Las lecturas obligatorias suelen ser una práctica desafortunada para la población estudiantil. Al margen de la calidad y pertinencia de los textos, en la cabeza de niños y adolescentes la imaginación y el deseo reinan para restarle interés a la lectura impuesta, prefieren irse por las ramas, por los atajos, por los bosques oscuros y prohibidos. El mundo de los libros, a la altura de la adolescencia tiende a ser un crucero que navega en su anarquía sagrada: no seguir casi nunca los caminos sugeridos, menos los impuestos.

Es cierto que los lectores jóvenes (un oficio que se ha vuelto menos raro en Colombia, aunque no lo suficiente) buscan las sagas de vampiros, historietas de anime o novelas de pornografía barata; pero también aprenden el contagio de lecturas exigentes que les demandan participación, se reconocen en lenguajes menos trasnochados pero retadores, saben sintonizarse a través de blogs, apps y programas con autores y otros contertulios lectores. Esto supone una autoformación intelectual, cultural y política, una aventura para saltar los cercos y dogmatismos que todavía guarda con recelo la educación tradicional.

Lo que sí se sabe, y lo repiten a menudo los escritores, es que con la lectura se cometen deliciosamente todos los pecados y vicios. ¿Acaso los adultos, en la sabiduría de su autoridad, negarían que se durmieron leyendo a los autores clásicos, que los dejaron varados en el rincón del olvido, les sacaron resumen, o se copiaron el examen de otro estudiante?

Por mi parte, nadie sabe ni sabrá de la suerte que me ha permitido hablar de Los Tres Mosqueteros (Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan), de María, de La Metamorfosis, de El túnel, de Huasipungo, de La Vorágine, de Los Miserables o de La Odisea; no precisamente porque hayan pasado por mis ojos, sino por virtud del ingenioso profesor de lengua castellana de octavo, “el Tigre”, quien rugía la lista de títulos entre los cuales debíamos escoger uno por periodo si queríamos ganar la materia. El ejercicio consistía en relatar detalladamente frente a los demás compañeros de clase el libro leído. Así fui guardando en mi disco duro aquellas historias que nunca conocí desde el papel.

Lento y despistado, estuve entre los últimos estudiantes que escogieron título. Miré la lista y entre los pocos nombres señalé con seriedad uno; el profe dijo algo así como: perfecto, queda agendado para dentro de 15 días y soltó una risita sobrada que me pareció más bien un gruñido. Vaya sorpresa, el libro no se parecía a los de mis compañeros de suerte, tenía más de ochocientas páginas en una letra diminuta; pero con el Tigre uno no se podía ir por las ramas, entonces me aventuré en la lectura, intentando descubrir por qué el escritor le había puesto ese nombre a su obra. Una semana después estaba de nuevo en la oficina de el Tigre compungido con la experiencia. Mire profe, es que no alcanzo a terminar el libro ni en un año, ¿cómo así, eso es pura irresponsabilidad? No profe, es que apenas voy en la mitad del primer tomo, no tengo la culpa que el tal Marcel Proust se halla gastado siete tomos para escribir En busca del tiempo perdido.

La historia es tan cierta como lamentable, de poco sirvió que se me cambiara el suplicio por otro más corto, el profe entró al salón de clase, me llamó por el apellido y gruñó: tiene 25 minutos para dar cuenta de la lectura. Pensando no irme por las ramas le apunté al tronco del árbol, respondí de un zarpazo: El extranjero es simplemente la historia de un hombre que comete un asesinato porque estaba haciendo mucho calor. Por esa ingeniosa respuesta el Tigre arañó mi casilla en la libreta de calificaciones con un dos punto cinco.

Años después saltaba de Juan Salvador Gaviota a los Cien años de Soledad; de Anthony de Melo a El Anticristo, de la Biblia a la filosofía rosacruz, de Og Mandino a Herman Hesse; de Benedetti a Gonzalo Arango, a Borges y al inevitable Cortázar, volador de voladores. Fue por lo más sagrado que me sofoclé en Homero, esquilé al tal Eurípides y analicé la Divina Comedia en las crónicas de Luís Tejada. Al desayuno metía Sexo y saxofón, almorzaba Cuentos para después de hacer el amor y en la noche una merienda de Opio en las nubes.

Nunca pude con Dostoievski ni con los franceses, enajenado con los escritores locales, terco como un burro que no siempre sabe lo que quiere, pero sí lo que no quiere.

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