Una Casita libre en el Ajizal

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“El Ajizal Casa -Taller”, Fotos: Darío González Arbeláez

Por Darío González Arbeláez

– ¿Profe, hoy sí hay clase? – ¡Claro papi, ya va a empezar el taller de fabricación de agendas! – ¡Uy!, que chimba, ¿y ya puedo entrar? -Claro.

Cuando llegó el primer niño preguntando por la clase, recién los compañeros abrían la casa y descargaban los materiales faltantes para las agendas, además de los vegetales necesarios para aliñar las lentejas que nadaban en una olla metálica desde el día anterior. Porque en la noche entra en funcionamiento el café y no solo se ofrece tinto y cerveza, también tortas de lenteja y sándwiches antiespecistas, o si se quiere, sándwiches veganos.

En vista de que los demás asistentes corrían escalas arriba, el encargado de la clase entró a la habitación adecuada como taller de artes y manualidades y extrajo los materiales necesarios: una resma próxima a terminarse, un block iris, marcadores, un par de reglas, una hoja de sierra, pegamento, hilo y agujas para los más grandes, y el cartón industrial que acaba de traer desde el centro de Itagüí. Los dispuso en el centro de la sala y aguardó que los pequeños participantes arribaran.

– Bueno chicos, bienvenidos; hoy tendremos un taller de elaboración de agendas. Y lo mejor es que cada uno podrá llevarse la que haga. Muy bien, lo primero que vamos a hacer es contar diez hojas tamaño carta y cortarlas por la mitad. Sin embargo, como hay una sola tijera, la compartiremos entre todos y todas.

A las dos y veinte, aun cuando era un viernes ideal para jugar fútbol o elevar cometa, cinco niños de diferentes edades compartían la tijera, sentados en círculo sobre el suelo de la sala decorada con murales, conejos de papel, un altar para la madre tierra y sus frutos y mensajes alusivos al respeto por la vida de los demás seres vivos no humanos: “Liberación animal” “Carne es asesinato”.

– ¿Profe, así?- decía uno de los pequeños enseñándole las hojas descuidadamente cortadas a la mitad.

– Sí mijo, pero hay que pulir mejor los bordes

– A mí me gusta así profe.

– Bueno papi…

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A los últimos en llegar les correspondió el último turno con la tijera; por lo que algunos comenzaron a recorrer la casita, ya familiar para ellos: pasaron frente al taller de artes, siguiendo hasta la cocina, no sin antes echar un vistazo a la biblioteca frente a la cocina; finalmente, llegaron al corredor que rodea la mitad de la casa y se dirigieron hasta el parapeto de ladrillo, desde donde observaron hacia las plantas de maíz en el huerto:

-El maíz que yo planté es el más grande de todos.

-¡Oigan a éste!, se ve más grande porque está sembrado más arriba.

– ¡No mijo!, mire y verá que es el más grande.

El debate concluyó con un grito proveniente de la sala: ¡A quién le toca la tijera! El niño que quedó solo ya no reparó más en el huerto, volvió su rostro hacia los dibujos que semanas atrás había pintado con los demás en un costado de la casa:

-Ésta la pinté yo – y con el índice me indicó una flor roja con tallo verde. Pero antes que pudiera preguntarle de qué flor se trataba, otro grito lo hizo correr hacia la sala.

La Casita, como la llaman los compañeros, está ubicada en la vereda el Ajizal, a una cuadra de la iglesia. Basta con avanzar un par de metros sobre una carretera destapada para avistar, al costado izquierdo de la misma, un letrero negro que reza: “Casa Taller el Ajizal. Arte. Cine. Cultura. Café literario. Pre U. ¡Bienvenid@s!”. Después de una treintena de escalones y un par de casas, se encuentra La Casita, con un árbol pintado en su fachada y una serie de mandalas de hilo que penden de la canoa. La misma casita que hace seis meses alquilaron cuatro amigos con el firme propósito de fundar un espacio libre, autosostenible, antiespecista, conservador de los saberes ancestrales y conscientemente diverso.

– Profe, ya corté todas las hojas, inclusive las portadas de colores, ¿ahora qué hago?

– Ahora, vas a tomar la regla, la sierra, una aguja y el hilo…

Además de los talleres de manualidades, del café literario y de la siembra orgánico-ancestral acompañada por abuelos de la comunidad huitoto, La Casita ofrece, sin pedir nada a cambio, talleres de creación literaria, de producción musical, de pintura, inclusive un preuniversitario y un espacio de diálogo para reflexionar con las vecinas y los vecinos acerca del género y la diversidad sexual. Una oferta cultural y educativa que se sostiene ‘sencillamente’: vendiendo cerveza, tinto, sándwiches y agendas artesanales; además, con eventos gastronómico-musicales en los que un sancocho, un tamal o un asado vegano se disfrutan al ritmo del Hip-Hop.

– Profe listo, ya terminé de dibujar la portada de mi agenda, ¿ahora qué sigue?

– Muéstrame -revisa cuidadosamente la agendita cosida en la parte superior, con una portada en papel iris verde adornado con una serie de ilustraciones de diferentes colores, que terminan por confundirse entre sí.

– Nada, papi; ya está lista. Recuerda que el domingo hay taller de siembra y luego de pintura.

Uno a uno los participantes descienden por las escaleras, satisfechos por el trabajo realizado durante la tarde. Mientras el profe, en la sala de La Casita, se apura por recoger todos los materiales sobrantes y las herramientas usadas, porque en una hora se abrirá el café y todavía falta licuar las lentejas y armar las tortas para la noche.

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