Así es todo aquí

Así es todo aquí
Foto: Tomada dehttps://www.tiempodesanjuan.com

Por Juan Guillermo Romero Toro

A Pedro Sierra lo conocí hace unos quince años, cansado de dar tumbos entre mecánicos que no hacían otra cosa que descubrirle piezas malas a mi moto, sin conseguir arreglarla nunca. Ya ajusté quince años moviéndome en moto, he tenido tres, y lo único que he aprendido de mecánica es cuánta falta me hace Pedro… su honradez, su autenticidad. Sí, Pedro murió hace poco. Y también hace poco, muy poco, murió Jaime de la Torre Cruz, el segundo personaje de esta especie de elegía que he querido dedicar a dos viejos con los que me hubiera gustado conversar mucho más.

A Jaime lo conocí por cosas de mi trabajo. Yo andaba buscando un personaje para una nota periodística que debía hacer sobre los hogares geriátricos en el barrio Prado, y mientras deambulaba por los pasillos del hogar Sendero de Luz, uno de los tantos que hay en el sector, intentando escuchar las indicaciones del gerontólogo, me atrajo su gran concentración llenando sin descanso unas hojitas sueltas de cuaderno que caían sobre una pequeña mesa como pétalos sueltos a los pies de un pequeño transistor.

Los demás ancianos parecían hipnotizados mirando allí y allá, volteando sus cuellos, estirando como unos péndulos sus piernas y sus brazos, mientras que don Jaime, a sus 92 años, todavía celebraba con íntimas risitas cada vez que lograba terminar en rima una de las tantas frases que dotaban de sentido su rutina, soportada en escribir y escribir coplas que sintetizaban el acontecer deportivo nacional y mundial que oía en su inseparable compañero: el radio.

Un gesto que hoy se me antoja equiparable al momento exacto en el que Pedro me mostraba, casi con alegría, la pieza que le fallaba a mi moto. A sus setenta años (en realidad nunca supe cuántos tenía) subía la moto en unos bloques de madera, para trabajar con las piernas totalmente estiradas, como esos gimnastas olímpicos que terminan en el suelo sus intervenciones. Pedro estiraba el cuello como ellos, pero, debo reconocerlo, perdía garbo porque a sus gafas les faltaba una pata.

Mientras apretaba o cambiaba tuercas con su mágico rache, soltaba inteligentes comentarios sobre Uribe, o de tangos, o de Uribe, o de Carlos Puebla, o de Uribe, o me pedía que le recomendara un buen texto… y mucho mejor si éste hablaba mal de Álvaro Uribe. Sí, a Pedro le gustaban las grandes orquestas de tango, toda la música cubana, los libros como Huasipungo o La Habana para un infante difunto y todos los artículos que hablaran mal de Uribe. Los leía con fruición y memorizaba todos los datos que le permitieran argumentar por qué el país iba de mal en peor. Lo triste es que él también andaba mal; al comienzo, dizque era la presión, luego ya nunca más pudo estirar sus pies y las manos tenían cada vez menos fuerza, hasta que tuvo que cerrar el taller y comenzó a ir tambaleante a mi casa, para cambiar el aceite de mi moto y seguir hablando mal de Uribe. Pero un pésimo día, que no consigo olvidar, me preguntó si en el computador podíamos leer un buen artículo que explicara cuán rápido avanzaba el parkinson y cuáles eran las diferencias con el alzheimer.

Unos meses después lo visité en su casa. Su esposa, como si se refiriera a un bebé, le preguntó en un tono infantil si sabía quién era yo. A duras penas pronunció mi nombre. A su lado, en la almohada, había una grabadora muy mal sintonizada en un programa de tangos. Como creí que era cuestión de ajustar el dial, me atreví a moverlo en ambas direcciones, pero para mi sorpresa el aparato se apagó del todo. Cuando fui hasta la cocina para explicarle a su mujer lo sucedido con el radio, ella me replicó de inmediato: “tranquilo, así es todo aquí”.

La misma frase que me dijo el gerontólogo cuando volví al hogar geriátrico para mostrar el pequeño video que había hecho sobre el barrio Prado con la ayuda de don Jaime: “Así es todo aquí, usted los ve muy aliviados y de pronto se apagan, o muy enfermos y en un instante se van”. De don Jaime supe que era cartagenero, que había trabajado como periodista deportivo en el periódico El Mundo, donde publicó por varios años una columna sobre beisbol y boxeo llamada Puños y batazos; que con esto y pintando algunos murales típicos en fondas y cantinas de la ciudad se había ganado la vida durante los últimos años, hasta que lo acogieron, en 2008, en el programa de protección al anciano de la Alcaldía, gracias al cual pasó por varios refugios.

“Llevo unos cuatro años viviendo aquí en el barrio de los antiguos ricos de Medellín”, me dijo varias veces, entre risas, mientras lo veía escribir esas coplas que solía ofrecerles a los visitantes para recibir a cambio cualquier moneda. La copla fatal, dedicada al Chapecoense, es una de las que más dinero le había dejado. Eso me dijo al entregarme una de las pocas copias que conservaba, y mientras me comentaba que un señor muy elegante, al oírsela leer con su acento costeño y ese vozarrón típico de los comentaristas deportivos de antes, le entregó un billete de veinte mil; su recuerdo reciente más grato, el último que compartimos antes de que yo regresara para mostrarle “la película”, como el llamaba a ese pequeño video que me ayudó a hacer y que, cada vez que lo veo… me obliga a entender que así es todo aquí.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s