Editorial No 32: El valor de la esperanza

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Star Catcher /Kathy Ostman-magnusen

Todavía y siempre nos queda la esperanza. No como un falso amuleto con que intentamos engañar a nuestra suerte, sino como algo tan arraigado en nuestro espíritu inconforme y en nuestros anhelos que no pueden arrancárnosla sin arrancarnos la vida. Es más, ni siquiera arrancándonos la vida podrían vaciar nuestra esperanza, pues, como decía un filósofo adportas del holocausto provocado por los nazis y el infierno de la segunda guerra mundial, precisamente por aquellos que ya nada pueden esperar de la vida nos ha sido legada a nosotros la esperanza, como la antorcha que hay que mantener encendida para iluminar en todo momento el horizonte colectivo; porque la esperanza no es un bien individual sino el alimento vital de la humanidad, que no se hereda de generación en generación sino de corazón en corazón, de piel en piel, de boca en boca.

La esperanza de la que hablamos, la que alimenta el espíritu de transformación revolucionaria, nada tiene que ver con la espera de milagros ni con un optimismo acrítico en el curso de los acontecimientos. Ella nace más bien de la conciencia de la contradicción existente entre la vida que llevamos y la que podríamos llevar si desarrolláramos todas nuestras potencialidades e hiciéramos uso adecuado de los recursos externos (naturales y culturales) de los que disponemos colectivamente.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo, o mejor, cada vez que logramos superar algunas trabas sociales y culturales nos sorprendemos de lo que somos capaces de hacer con nosotros mismos, individual y colectivamente. Pero eso ocurre pocas veces y con muchas dificultades. Así que, en vez de asentarse en el optimismo ramplón, lo que anima la esperanza es un pesimismo extremo en el curso “natural” de los acontecimientos, pues este en vez de ampliar las posibilidades para el despliegue de nuestras potencialidades las restringe cada vez más, en la medida en que este curso supuestamente natural es forzado y orientado por los grupos de poder que pretenden mantener sus mezquinos privilegios a cualquier costo, lo cual no es más que pruebas de su debilidad moral e intelectual.

Si la esperanza no implica un optimismo acerca del progreso natural de la humanidad ni se emparenta con la resignación ante las desgracias presentes, entonces solo puede venir de la confianza en nuestra capacidad colectiva de lucha y resistencia, de lo cual la historia nos presenta evidencias contundentes. La esperanza no existe porque las cosas marchen bien y todo augure un éxito contundente en nuestros proyectos de vida individuales y colectivos, sino por todo lo contrario. Pero si las cosas no andan bien y son mayores los obstáculos que las facilidades para la realización de nuestros sueños, esto poco tiene que ver con la naturaleza de las cosas y, sobre todo, con la naturaleza humana. Si la sociedad se derechiza cada vez más, si la opresión, la explotación y la dominación de todo tipo han llegado a aceptarse como naturales no tiene nada que ver con la tendencia natural del hombre y de las sociedades, sino más bien con las formas de organización social y relaciones de producción que hemos construido. Pero estas no son las únicas posibles; estamos en capacidad de hacer maravillas en todos los terrenos de la praxis humana y lo hemos demostrado.

Que hasta ahora las luchas contra la opresión y las prácticas emancipatorias desarrolladas por colectivos sociales de ayer y de siempre no es hayan extendido como hábitos de la sociedad de hoy, de ayer y de siempre no legitima su menosprecio y la aceptación de su fracaso. Más bien nos muestra que la organización social que agencia la opresión y las prácticas de dominación es ilegítima porque ha sido impuesta a la fuerza, arrasando todas las alternativas humanas que encontró a su paso. Son esas formas de organización y esas praxis las que están a punto de acabar con la vida en el planeta, a pesar de todas las potencialidades que encierra. Por eso la esperanza anida precisamente en aquellos proyectos declarados como fracasados por los dominadores, que representan sueños sin estrenar en los que otra forma de organización social y otras relaciones con la naturaleza prometen un desarrollo potenciado de los individuos en el seno de sus comunidades.

Ello implica que la esperanza, más que un comportamiento pasivo de los individuos, es un aliciente para la praxis colectiva en la medida en que el individuo solo puede desarrollarse a plenitud en el seno de las comunidades y los condicionantes externos que limitan o potencian tal desarrollo solo pueden ser transformados en la acción colectiva y revolucionaria. En eso reside la esperanza, pues si las condiciones sociales que limitan el despliegue de las potencialidades humanas son el producto de la praxis humana, también tienen que serlo su transformación en función de la libertad, la dignidad y la felicidad humana, y en función del respeto de la dignidad de la naturaleza que nos sirve de médium para desarrollarnos.

Por encima de la libertad plena, de la dignidad y de la felicidad no hay nada, y nada de lo que queda por debajo tiene sentido si no incrementa las anteriores. Por eso decían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista que el proletariado nada tenía que perder a parte de sus cadenas y, en cambio, tenía todo un mundo que ganar. La frase realmente fue copiada de Espartaco, quien la usó para animar a los esclavos para luchar contra el todopoderoso imperio romano 2500 años atrás. Y aunque no lo digan, el espíritu de los miles y millones de personas que en todos los tiempos y a diario deponen su narcisismo y su egoísmo para juntar sus luchas a las de otros en función de una humanidad mejor ha abrevado en esta esencia. Por ellos nos ha sido dada a nosotros la esperanza y es nuestra obligación preservarla como la llama de la antorcha viva ante el embate de los poderosos vientos de la opresión que, impotentes, sin embargo, no logran apagarla.

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Creación ideal/Alejandro Costas

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