La idea de la clase media en Colombia es la meritocracia

Por Juan Suárez

boligan
Caricatura: Boligan

Las elecciones de los últimos meses en Colombia han sido una excelente oportunidad para evaluar cuál es la actual relación de fuerzas entre los diferentes proyectos sociales que se intuyen detrás de cada candidato. Desde el “títere” Duque, pasando por el “castrochavista” Petro, hasta el denominado “profesor” Fajardo, cada uno simboliza un sector del país que puede asociarse con lo que en el pasado solían llamarse clases sociales. Obviamente la diversidad social y política del país no se resume en la confrontación entre candidatos, pero vale la pena resaltar cómo el término “clases medias” ha sido una de las expresiones más mentadas por medios de comunicación y candidatos antes y después de la primera vuelta el pasado de 27 de mayo.

La consolidación del mundo aspiracional asociado a la clase media está íntimamente ligado a dos fenómenos productivos: la pequeña renta familiar y un creciente endeudamiento de las familias vía tarjetas y créditos de consumo que se utilizan para automóviles, electrodomésticos e inclusive para pasar el mes.  Sin embargo, los ingresos no son la única condición para determinar quién pertenece a la clase media. La aspiración a una sociedad de clases medias al estilo de Sergio Fajardo y su meritocracia está basada en la negación de toda fractura social, en la negación por principio del conflicto político. Por esta razón el conflicto es rechazado de plano por quienes privilegian un desarrollo de las clases medias, sobre todo en contextos de desigualdad como Colombia, donde se han configurado dos sectores sociales enfrentados entre sí: los poderosos y los que desafían a los poderosos. Entonces una de las claves de la “clase media” es presentarse a sí misma como perteneciente al terreno común y neutral de la sociedad, denuncian los extremismos, especialmente los identificados con la izquierda. De allí que la denuncia del llamado populismo sea el santo y seña que inicia la identificación de la clase media con los sectores asociados a la extrema derecha.

En palabras de los defensores de la meritocracia, la única confrontación aceptable es aquella que se da contra la corrupción, que impide a las clases medias ejercer en paz aquellos derechos a los que creen tener derecho por su esfuerzo. El horizonte de deseo para muchos sectores urbanos se define en una trinidad infalible: carrera, posición social y alguna propiedad.

Esta apelación a la clase media puede tomar un matiz pseudo-humanista en las promesas sobre la sociedad del conocimiento, o puede mostrar su lado más feroz en las constantes apelaciones a la defensa de la casa, el carro y la finca. Ir de paseo a la finca se volvió un derecho fundamental que bien vale una guerra, cuyos costos colaterales son asumibles, invisibles. Esa promesa aún sigue vigente entre amplias capas de la población colombiana que se enfilan detrás de la idea de seguridad (simbolizada por el expresidente Uribe, pero no exclusiva de él), en el rechazo a cualquier política social que visibilice la pobreza urbana y rural.

Esta posición contradictoria que ubica a las clases medias como defensoras del statu quo sin ser directamente los beneficiarios de ella podría explicarse, en parte, por medio de un concepto venido de la academia, que se ha denominado “capital cultural”. El saber y el conocimiento constituyen este capital cultural, situación que permite a los sectores medios ubicarse entre los estratos más bajos y aquellas posiciones de fuerza asociadas a los poseedores del capital. En ese sentido, es importante señalar cómo el balance entre las aspiraciones meritocráticas de la sociedad de clases medias ha chocado de manera frontal con la realidad productiva del país: por un lado, se encuentra el vasto ejército de trabajadores no calificados del sector servicios y, por el otro, los sectores rurales y urbanos periféricos producto de la última ola de desposesión a través de la ofensiva para-estatal proyectada desde los años 80´s.

La clase media ha desafiado las mejores apuestas revolucionarias, que prefiguraron tanto al obrero industrial o al campesino sin tierra como el verdadero sujeto colectivo llamado a subvertir el orden social. Las clases medias se situaron en la mitad de la lucha entre capital y trabajo, arruinando cualquier perspectiva de cambio al estilo de la revolución de octubre, e inclusive convirtiéndose en los defensores a ultranza del statu quo. Y es en la defensa del derecho a la propiedad donde la clase media forja su alianza con la extrema derecha política y económica, sobre todo por los nubarrones que se ciernen en el proceso de globalización que tuvo en Colombia su versión criolla en el famoso “bienvenidos al futuro” del gobierno Gaviria. Esta creciente imposibilidad de los sectores medios para reproducir materialmente la promesa de futuro y bienestar es el germen de la alianza social que toma su corporeidad en la Nueva-vieja política representada por el binomio Duque-Uribe, en su versión más feroz, y por Sergio Fajardo en la versión light y descafeinada.

Y la clave está en el nacimiento de una derecha desacomplejada, racista y misógina que ya no aspira a ningún tipo de desarrollismo, ni siquiera discursivamente, sino tan solo a consolidar y legitimar las desigualdades, la segregación de la mitad más pobre, mestiza, india y negra de nuestro país.

En resumen, la construcción de Estado en Colombia se muestra incompleta, inacabada, siempre en mora de producir sus últimos monstruos que demuestren una destreza inhumana por defender la misma razón de Estado. Ese fue el gran proyecto del siglo XX y parece que su inacabada tarea se ha trasladado al siglo XXI: la construcción de una utopía meritocrática donde los derechos solo pueden ser merecidos, no importando las desigualdades históricas que nos corroen. Así, la sociedad de clases medias es la transición hacia un pueblo nocturno, dormido, desarmado. Un pueblo tan alimentado y entretenido como despolitizado y embebido en su propia arrogancia.

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