La imagen en el espejo

Foto: Tomada de http://geodeamericalatina.blogspot.com/

Por Carolina Vásquez

En países como los nuestros –esa América Latina abundante en recursos y pródiga en diversidad humana– la inequidad y la miseria resultan ser tan injustos como incomprensibles vistos desde la perspectiva de sus indicadores macroeconómicos, que de un modo indiscutible nos hablan de riqueza. Sin embargo, este continente sigue su ruta agobiado por la pobreza extrema cuyas víctimas son, en abrumadora mayoría, las mujeres indígenas, pobres y campesinas. Condicionado por las organizaciones criminales incrustadas en el Estado, empeñadas en desarticularlos esfuerzos por enderezar el rumbo de la justicia; por gobiernos hundidos en la corrupción y sectores económicos cuya voracidad marca de modo decisivo el futuro de las naciones, es de un enorme cinismo el tono de los discursos en fechas simbólicas como los días internacionales por la niñez, por la eliminación de la violencia contra las mujeres, por los pueblos indígenas. 

Esa falta de coherencia entre los actos públicos oficiales y la realidad impuesta con crudeza frente a obstáculos infranqueables en la administración de justicia ha permeado durante décadas a los sectores políticos responsables por dar la espalda a sus pueblos y por negociar con los sectores privados el acceso de la población a una atención sanitaria eficiente, a sistemas nacionales de educación pública en donde actualmente reina la escasez y la desidia, a las herramientas tecnológicas o al acceso a recursos vitales como el agua y la energía.  Recursos todos indispensables para empezar a transformar esos territorios de inequidad y colocarlos en la vía del desarrollo.

Uno de los argumentos favoritos para justificar el abandono en la definición de políticas públicas y programas estatales para orientar de manera eficaz la inversión es la deficiencia en la recaudación fiscal; lo cual conlleva, por supuesto, a una reducción sustancial del gasto público. En este continente de riquezas inagotables, cuyos beneficios fluyen abundantes hacia las arcas de un puñado de empresarios poderosos y cuyas salpicaduras engrosan los bolsillos de una casta política amoral, ese argumento es siempre una falacia. Para probarlo están las fortunas mal habidas de la gran mayoría de políticos en el poder y de empresarios beneficiados por trucos contables y sistemas bancarios afines a sus intereses. Las Metas del Milenio y las Metas de Desarrollo Sustentable creadas por la ONU con el objetivo de paliar –aunque fuera en parte– las carencias de grandes sectores de la población, pasan de noche por los programas de gobierno en un considerable número de países regidos por líderes corruptos, ejércitos infiltrados por el narcotráfico y otras organizaciones criminales, como la intocable red de tráfico de personas.

Al referirnos a las estadísticas y a los indicadores de desarrollo humano, es posible constatar hasta dónde la codicia de quienes controlan las finanzas y los medios de producción impactan en el futuro de nuestros países. La desnutrición crónica en la niñez, por citar uno de los ejemplos más cruentos,supera el 50 por ciento en algunos de los más ricos de Latinoamérica y una muestra de ello son Guatemala y Honduras. En estos mismos países, un metro y 45 centímetros es la talla promedio de la población indígena y campesina, a la cual se le exige un esfuerzo sobrehumano al condenarla a reproducirse sin control por falta de recursos y de educación, en un ambiente hostil a su condición, en una situación de permanente vulnerabilidad y negándole de manera sistemática el goce de sus derechos fundamentales.

Por eso no podemos celebrar días icónicos porque jamás tocan ni transforman esa realidad.Porque en tanto no exista voluntad política para cambiar este escenario de vergüenza, mientras los legisladores no tomen en serio su función y legislen para reducir la inmensa brecha que separa a ricos y pobres haciéndolo sin inclinar la cerviz ante el poder económico, no hay motivo alguno de alegría.

En nuestro continente y en cualquier otro, uno de los indicadores más ilustrativos del subdesarrollo es la situación de las mujeres en el contexto general de sus sociedades. Por ello es importante recalcar que son ellas, de toda condición, las productoras de riqueza, pero sin acceso a sus beneficios. Son guardianas de la diversidad genética, depositarias de la riqueza cultural y en sus manos descansa el frágil futuro, por lo cual es motivo de gran preocupación comprobar cómo el trabajo femenino es el menos reconocido en términos de retorno económico, aunque en él resida gran parte de la estabilidad social. Y esta situación de la mujer, privada de sus derechos de participación igualitaria por un sistema patriarcal que le impide ocupar el lugar que le corresponde simplemente por tradición, cultura, credo o ideología en un abrumador escenario de influencias contrarias a sus legítimos intereses, es uno de los marcadores más infames de la sociedad latinoamericana actual.

Para la niñez y la juventud, el escenario no es mejor. La falta de acceso a sistemas modernos de educación, recreación, salud y nutrición los encierra en un callejón de privaciones por el resto de su existencia. La desnutrición crónica es una cruel e injusta condena intelectual y física cuya impronta desemboca en el abuso y la miseria. El análisis de las estadísticas, un ejercicio de tremenda frialdad, nunca refleja el drama humano detrás de sus números. Al vernos en este espejo la realidad nos habla a gritos de la necesidad de intervenir;abandonar la comodidad de esa burbuja protectora en la cual nos cobijamos y ejercer una ciudadanía real con todo el poder que nos conceden las normas constitucionales.

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