Hacer trizas los acuerdos de la Habana: Esa es la misión de Acevedo en el CNMH


Imagen tomada el pacifista.co

Por Rubén Darío Zapata

Muchas polémicas se han desatado en estos días por el nombramiento del profesor Darío Acevedo como director del Centro Nacional de Memoria Histórica –CNMH. La mayoría de las críticas se centran, sin embargo, en la persona del profesor y dejan de lado lo que su nombramiento realmente evidencia: las intenciones del presidente Duque de hacer trizas los Acuerdos de la Habana, tal como anunciara el Centro Democrático desde el mismo instante en que dichos acuerdos fueron firmados por el presidente Santos y el máximo jefe de la guerrilla de las Farc.

El CNMH fue creado en 2011 como una entidad oficial, adscrita a la presidencia de la república, y tiene como objeto, según reza en el artículo de su constitutución, “la recepción, recuperación, conservación, compilación y análisis de todo el material documental, testimonios orales y por cualquier otro medio, relativo a  las violaciones ocurridas con ocasión del conflicto armado interno colombiano”. En esta declaración es explícito el reconocimiento del conflicto armado colombiano, algo que negó tozudamente Álvaro Uribe Vélez cuando fue presidente y que ha seguido negando todo el tiempo el Centro Democrático, partido por el cual llegó Iván Duque a la presidenica.

Académicos y organizaciones sociales han criticado duramente, y con razón, el nombramiento de Darío Acevedo como director del CNMH precisamente porque es uno de los uribistas más comprometidos, desde sus artículos de opinión, con la negación del conflicto armado en Colombia. De hecho, Acevedo declaraba de forma provocadora, en una entrevista realizada por El Colombiano el 2 de febrero de este año, que “el conflicto armado no puede convertirse en verdad oficial”. Pero esto es precisamente lo que se expresa en el decreto que le da vida al CNMH.

Es obvio que, si Darío Acevedo fuera coherente con su pensamiento hubiera rechazado desde el principio su nombramiento, pues no puede estar al frente de una institución que tiene como objeto la construcción de la memoria del conflicto armado en Colombia quien niega de plano la existencia de dicho conflicto. Pero no tiene caso pedirle coherencia a una persona cuyo currículo intelectual está lleno de inconsistencias. Baste decir que Acevedo pasó sin dolor de ser un sindicalista apasionado, militante comprometido del Partido Comunista ML (Marxista-Leninista) durante los años 70 y 80, a ser un uribista furibundo desde finales de la década de los 90.

Más allá de eso, sin embargo, hay que advertir que no se trata aquí de un asunto de coherencia intelectual sino de oportunismo político. La misión de Darío Acevedo en el CNMH no es fortalecer los procesos de reconstrucción de la memoria colectiva del país desde los miles y millones de víctimas que han sufrido en carne propia los horrores de una guerra provocada por las condiciones objetivas de desigualdad instauradas a sangre y fuego por la burguesía colombiana. El propósito que le ha encomendado el presidente Duque es justamente el contrario: impedir que dicha entidad pueda llevar a cabo la reconstrucción de la memoria del conflicto armado en Colombia y avanzar en la reescritura de la historia desde la versión de los poderosos, tal como ha pretendido María Fernanda Cabal, también uribista fanática, desde el Congreso de la República, con su descarada tesis de que la masacre de las bananeras fue tan solo un mito difundido por los comunistas y socialistas que pretendía enlodar la imagen del Estado colombiano.

De hecho, Acevedo es apenas el tercer intento de este mismo presidente, en menos de seis meses, por poner al frente del CNMH a un personaje contrario a la tesis del conflicto armado y, por tanto, a la misión de la entidad. Su primer candidato fue el también polémico Mario Javier Pacheco, destacado precisamente por sus ataques al CNMH, al que llegó a acusar de ser “otra de esas estructuras infiltradas, pagadas por el Estado para deslegitimar al mismo Estado”. El talente intelectual de Pacheco y su posición frente al conflicto armado en Colombia se expresa de manera contundente en un tweet que escribió el primero de octubre de 2014 en el que se despachaba con estas perlas: “Santos, nuevo ídolo de anarquistas, izquierdistas, socialistas, godos burocráticos, guerrilleros, mamertos y petristas que lo detestaban”. Es ese talante el que lo hizo precisamente un candidato idóneo para dirigir el CNMH según los nuevos lineamientos que pretende imponerle el presidente Duque.

Y después de que fracasara en su intento de poner a Pacheco en la dirección del CNMH, Duque se decidió por Vicente Torrijos, un personaje tan o más polémico que Pacheco. Desde luego, tal nombramiento tenía que despertar el rechazo de buena parte de las organizaciones de víctimas, pues lo más destacado en la carrera de Torrijos era haberse desempeñado por muchos años como asesor de las Fuerzas Armadas. En cuanto a su trayectoria académica lo más reciente era su expulsión de la Universidad del Rosario porque había mentido, para obtener su cátedra, acerca de su supuesto título de doctorado. En cuanto a su posición política frente al conflicto armado, no hay que esperar sorpresas de un exasesor de las fuerzas militares quien, además, ha hecho de sus columnas de opinión un estribillo para negar la realidad de dicho conflicto. Ahora el turno es para Darío Acevedo, un personaje idóneo, por las mismas razones que los dos anteriores, para redireccionar al CNMH en favor de la construcción de una historia escrita por los poderosos, una historia en la que el conflicto armado no existe y, por tanto, la guerra que hemos padecido durante medio siglo no tiene causas históricas objetivas ni relación alguna con la lucha de clases, solo está originada en la crueldad de unos terroristas que decidieron de un momento a otro, en función de sus intereses particulares, hacerle la guerra al Estado y la gente de bien en Colombia. Por eso la crítica no debe seguirse concentrando en la persona que dirigirá el CNMH, pues lo que está en juego es el redireccionamiento y transformación de la misión de dicha entidad. Esta es apenas una de las muchas estrategias de este gobierno para hacer trizas los Acuerdos de la Habana, y está en la misma dirección de la negligencia del presidente para sancionar con su firma el decreto que reglamenta el funcionamiento de la JEP. Así, con su paso suave, sin mucho ruido, el presidente Duque va cumpliendo a cabalidad con el mandado de su mentor, mientras las cámaras de televisión lo enfocan y engrandecen su imagen como el “luchador por la democracia en Venezuela”.

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