Arabia Saudita se opone al mecanismo de cumplimiento del Acuerdo de París

Por Ángela Navas

Que los tratados internacionales se cumplen más de lo que se incumplen es una verdad respaldada por múltiples estudios que ya a ningún internacionalista le interesa refutar. Por qué, es la pregunta verdaderamente interesante en el asunto.

Veamos el régimen de cambio climático. Resulta difícil imaginar que un Estado inicie una guerra contra otro por sus excesivas emisiones de gases de efecto invernadero. Tampoco existe una gran Corte para Delitos Climáticos que juzgue a un Estado por violaciones a sus compromisos internacionales en la materia. Sin embargo, cuando Canadá fue consciente de que no alcanzaría su meta de reducción de emisiones bajo el Protocolo de Kioto, prefirió denunciarlo a incumplirlo. Como dije en un artículo anterior, esa lógica es la misma detrás del retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París.

A falta de cortes y policías climáticos, el régimen ha establecido mecanismos en forma de comités, con el objetivo de ayudar a los países a cumplir con sus metas y llamarles la atención cuando no lo estuvieran haciendo. Una de las propuestas principales de Colombia y su grupo de negociación para el mecanismo de cumplimiento del Acuerdo de París era armarlo con algo más que llamados de atención, a fin de garantizar que se llegue a la meta conjunta de mantener el calentamiento global por debajo de 2°C. Al burro se le hace andar con zanahorias y garrotes. Infortunadamente, a los Estados solo les gustan las zanahorias, y la propuesta de Colombia de incrementar los garrotes no quedó plasmada en las reglas de procedimiento aprobadas en Katowice, Polonia, en diciembre de 2018.

El principal opositor al fortalecimiento del mecanismo de cumplimiento del Acuerdo de París fue la Liga Árabe, encabezada por Arabia Saudita. ¿Y por qué habría Arabia Saudita de oponerse a las medidas que buscan promover las reducciones de las emisiones de carbono que nos salvarán del calentamiento global? La respuesta evidente es el petróleo. Evidente, sí, pero errónea, o por lo menos incompleta.

Desde hace varias décadas, Arabia Saudita se ha estado preparando para abandonar el petróleo, y ahora parece el momento para hacerlo. El auge del petróleo de esquisto en Estados Unidos no solo ha disminuido los precios del crudo en los últimos cinco años, sino que le ha restado a los saudíes capacidad para controlarlos. Los analistas estiman que los recortes de producción de dos millones de barriles diarios programados por la OPEP (encabezados por Arabia Saudita) para contrarrestar los efectos de un superávit en el precio del crudo serán compensados casi por completo por la producción estadounidense, lo cual los deja sin efecto.

Por otra parte, el Acuerdo de París implica en sí mismo una transición energética que reduce considerablemente el mercado para el petróleo saudí. Pero Arabia Saudita no se ha opuesto al Acuerdo de París. De hecho, fue uno de los países que presentó su instrumento de ratificación dentro del año posterior a la adopción del Acuerdo, lo que permitió su rápida entrada en vigencia. A la fecha, Arabia Saudita ha cumplido con su obligación de presentar una Contribución Nacionalmente Determinada y parece tener la intención de alcanzarla: el príncipe heredero, Mohammed bin Salmán, ha establecido la meta que, para 2030, la mayor parte de la energía del país provenga de fuentes limpias.

De lo anterior se desprende que los saudíes entienden que el mundo se aleja del petróleo a paso lento pero seguro, y ante la imposibilidad de mantener su dependencia económica para siempre, lo más práctico es fortalecer su posición en el sistema internacional con su esfuerzo por salvar al planeta del calentamiento global. Ahora bien, una cosa es ganar réditos políticos por un movimiento que tarde o temprano tendrían que hacer, y otra es abrir la puerta del derecho internacional para revisar asuntos internos del país.

He ahí la principal razón por la que Arabia Saudita se opone al mecanismo de cumplimiento del Acuerdo de París. Tradicionalmente, los comités de cumplimiento de los tratados ambientales funcionan como organismos facilitadores, encargados de proporcionar directrices y ayuda a las partes para mantenerlas alineadas con los objetivos del tratado. Un mecanismo de cumplimiento como el que se buscaba para el Acuerdo de París, que además tuviera la capacidad de exigir resultados a sus Partes, representa un antecedente inconveniente para otros regímenes, como el de derechos humanos, en el que Arabia Saudita tiene un historial mucho más turbio.

Pero no se trata simplemente de evitar castigos por verdaderas trasgresiones a las normas internacionales. Los castigos requieren a alguien detrás dispuesto a asumir los costos de su imposición y, como dejó claro Estados Unidos en su último informe del estado de los Derechos Humanos en el mundo, Arabia Saudita podrá salirse con la suya en ese campo siempre y cuando demuestre ser un aliado útil para los intereses estadounidenses en Medio Oriente. Más allá, la posición saudí respecto al mecanismo de cumplimiento refleja una concepción de soberanía rígida, en la que ningún actor, doméstico o internacional, puede cuestionar las decisiones del líder ni sus consecuencias.

Que los tratados internacionales se cumplen más de lo que se incumplen es una verdad respaldada por múltiples estudios que Arabia Saudita no tiene intención de contradecir. Pero tampoco tiene la intención de permitir que le digan desde afuera cómo tiene que manejar sus asuntos internos. Esa posición, ampliamente defendida en el derecho internacional, la comparten la mayoría de las Partes del Acuerdo de París, a juzgar por el resultado de la cumbre de Katowice. Parece, entonces, que el verdadero reto de la lucha contra el cambio climático no será convencer a los países de que cumplan sus compromisos, sino de que no podrán hacerlo solos.

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