Audiencia con la muerte en la sala 1606

En la foto: Los asesinos y el recuerdo de Omar/ Lucy Cadavid

Por Álvaro Lopera

Sonriente respondía las preguntas y posaba ante las cámaras de varios periodistas. Al fondo estaban las fotos de su hijo: cuando muy niño andaba como todo un conductor de fórmula 1, cuando más grandecito ella se recostaba en sus piernas; y ya adulto, cuando la danza apareció en su vida y conoció la nieve en Estados Unidos.

–Hola don Álvaro –me saludó sonriente, y me hizo un gesto para que la esperara.

No alcancé a decirle casi nada, pues la convocaron a entrar al edificio de más de 20 pisos que llaman Palacio de Justicia. La alcancé en el piso 16, sala 6. Me pareció más pequeña, como si algo la aplastara, y muchos conocidos la abrazaban como para que no estallara en pedazos.

–No puedo aguantar esta tristeza –me susurró–: solo quiero la verdad. Que me digan cómo lo secuestraron, por qué y cómo lo mataron. Ni siquiera pido castigo, pido la verdad.

Le bastaba eso: que le contaran por qué se ensañaron con su único hijo, con un muchacho que no le había hecho daño a nadie y que nunca fue un mal hijo.

Omar Leonardo Triana Carmona se llamaba. Tenía 26 años cuando miembros del batallón Pedro Nel Ospina de la ciudad de Bello, Antioquia, lo secuestraron y asesinaron. Era un artesano, gran amigo del arte y de la danza; en 2006 quiso venir a Medellín a probar suerte, sin imaginarse que al año siguiente lo ultimarían. Fue en Monteloro, una vereda del municipio de Barbosa, en agosto de 2007, segundo mandato de Álvaro Uribe Vélez, cuando en todo el país el Ejército, en asocio con la Policía, estaba eliminando civiles para que miembros de estas fuerzas ganaran ascensos, méritos y dinero.

Y aquí estaba Lucero, su madre, sentada junto a mí; juntos vimos entrar a dos de los criminales que venían de sus casas: uno de Barbosa, James Isaza, y otro, Alberto Tuberquia, de un barrio de la ciudad de Medellín (los otros cuatro implicados, de nuevo, no cumplieron la cita). Se sentaron sin mirar a nadie. Las cámaras se prendieron, los micrófonos hicieron lo propio, los celulares empezaron a cumplir su papel. Lucero no sabía qué hacer.

El murmullo general avanzó producto de esas emociones humanas incontenibles que surgen en los momentos que algo inesperado y doloroso golpea sin compasión. Las lágrimas de lucero rompieron el dique que las había contenido.

La jueza, en la presentación protocolaria, me hizo sentir como un espectador privilegiado, en la primera fila, de una obra trágica. Me incomodaba estar sentado a dos metros de los asesinos, con edades entre 30 y 35 años, hijos de familias humildes: sus rostros y sus vestimentas lo revelaban. La jueza narró entonces, y fue corroborada después por el fiscal, quién le había disparado a Leonardo y quién se quedó de guardia. Tuberquia, uno de los gatilleros que acabó con esa vida de 26 años, estaba más cerca de mí, pero extrañamente no sentí asco. Contemplé su aparente tranquilidad, su escabrosa frialdad, o, tal vez, su desconcierto.

Es un hombre de 1,80 metros, piel ceniza y cabello rapado. Ingresó al mismo ascensor en que yo bajaba después de la audiencia y se paró junto a mí. Su figura, de complexión delgada y mirada inexpresiva, se acerca mucho a la descripción usual de un asesino de novela negra. El otro, Izasa, de complexión gruesa, 1,72 metros de estatura, cejas tupidas, moreno, de mirada áspera y rostro demasiado adusto para su edad, iba junto a él, casi pegado. En sus posturas y ademanes no se notaba derrota ni arrepentimiento alguno. Eran dos cínicos con al menos un muerto en su haber: Omar.

La jueza nombró, además, los mandos que estaban a cargo de la operación, un tal William López, teniente, secundado por el suboficial Benjamín Soachi. Todos se pusieron de acuerdo para acomodarle a Omar un changón de doble cañón, calibre 16. También relató que en el informe pericial se hizo la observación clave que evidenció la alevosía con qué había sido preparado el crimen: no se encontraron trazas de pólvora en sus manos: en buen romance, la víctima no accionó arma alguna.

El fiscal, en aparente actitud condenatoria, habló de la violación del Derecho Internacional Humanitario (DIH), puesto que se dio de baja a un civil que no participaba en el conflicto armado, pero no ahondó en detalles y más bien instó a los asesinos a que confesaran su delito, argumentando que si lo hacían en los inicios del juicio la rebaja de la pena sería hasta de 50%.

El abogado que ha acompañado a Lucero, Sergio Ocazionez, de la Comisión Colombiana de Juristas, protestó contra la calificación jurídica de “persona protegida” que el fiscal le había endilgado a Omar, puesto que él fue secuestrado y nunca tuvo nada que ver con el conflicto: no se le dio de baja en medio de un combate o bombardeo contra una fuerza insurgente o una banda criminal; solo fue un rehén de unos asesinos que buscaban prebendas. Solicitó, entonces, que el fiscal cambiara la calificación del crimen, sin éxito, porque siguiendo el guion preestablecido, la jueza determinó que este segundo tiempo, que correspondía a la primera cita cumplida por estos criminales –no habían asistido a la primera el 4 de diciembre de 2018–, no era el apropiado para calificar o descalificar el discurso del fiscal. “En el desarrollo del proceso –dijo–, el abogado que representa los intereses de la familia de la víctima tendrá su tiempo”.

Al final de la obra teatral, la jueza les preguntó a ambos asesinos si aceptaban los cargos que les imputaron en la sesión –que duró apenas 33 minutos– y ellos muy lirondos respondieron que no.

Para cerrar con broche de oro, el fiscal habló unos minutos más sobre lo innecesario que sería apresarlos, pues “han mostrado buena conducta, viven con sus familias, y hasta ahora se han presentado voluntariamente a las audiencias”, y, además, en cierta forma “debería de haber simetría con el trato que se les prodiga a las FARC en la JEP”.

–Don Álvaro –me dijo muy triste Lucero–, a nadie se trata así como nos han tratado, ni a un habitante de calle. Lo que dijo el fiscal me pareció un argumento para favorecer a los asesinos. Además, lo que yo quiero es que me cuenten cómo fue que se llevaron y mataron a mi muchacho y que ellos se arrepientan. Pero nada, parece que nada se logró hoy, esto va a ser muy largo.

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