La caza de migrantes en Europa y América

Por Álvaro Lopera

Rescate en el mediterráneo, foto tomada de peru21.pe

Acaba de terminar, el 20 de agosto, un hecho bochornoso en Europa: un barco de la ONG europea Open Arms que se encarga de recoger migrantes pobres africanos o asiáticos en el Mediterráneo, estuvo a la deriva 19 días impedido de llegar al puerto de Lampedusa (Italia) por obra y gracia del ministro del interior Matteo Salvini; el barco llevaba 134 pasajeros en inminente peligro de muerte producto del estrés que se presentó a bordo debido al hacinamiento y al desespero ante el rechazo de evacuación en puerto seguro. Ningún gobierno de Europa se manifestó en este lapso de tiempo contra Italia y su política racista y xenófoba. España, a regañadientes, aceptó llevarlos a puerto español.

Open Arms es una valiente ONG que se dedica a hacer lo que no hacen los gobiernos europeos: recoger en alta mar miles de inmigrantes que salen apresuradamente de la guerra, del hambre y de la inseguridad alimentaria de sus países de origen, las mismas razones que tienen los migrantes latinos para hacerlo y dirigirse al país que ha ocasionado históricamente esas tragedias: Estados Unidos.

La Unión Europea no solo les ofrece el mar como fosa común o una cárcel en Libia o en Turquía, sino que también modificó muchas fronteras en donde ahora abundan mallas con alambre cortante en países como Hungría, Serbia, Croacia. La idea es impedir el avance de las miríadas de familias pobres, que como bien dijera Saramago, llegarían por miles a esa Europa que las despojó de sus riquezas.

El derecho de asilo, el derecho a ser recibidos por motivos de guerra o persecución se encuentra agónico. La Carta de la ONU ya no aplica en los países capitalistas del Norte. Los derechos humanos y el Derecho Internacional están siendo pisoteados a los ojos de los pueblos. La ONU no es garantía en la época neoliberal que arrió las banderas del Estado de Bienestar. Estados Unidos, con Trump a la cabeza, hace de las suyas, y está cumpliendo las promesas electorales, algunas de ellas ya han precipitado la recesión, pero las más visibles, relacionadas con la detención del paso multitudinario de migrantes a Estados Unidos, se están ejecutando sin contemplación.

A la detención en campos de concentración de niños y padres, ahora ampliada por más de 20 días por la actual administración norteamericana, se suma la creación gringa de Terceros Países Seguros, los cuales son una seguidilla de naciones que deben acoger a los solicitantes de asilo mientras se les define el trámite en el país del norte, siempre y cuando cumplan con los requisitos de seguridad y protección para los solicitantes. El presidente Morales de Guatemala, país reconocido como uno de los más violentos e inseguros de América Central, aceptó como un lacayo esta orden, bajo el ultimátum de recorte de ayudas. México también aceptó el papel de cancerbero, bajo la amenaza del aumento de impuestos para las ventas mexicanas a los Estados Unidos.

Un gran porcentaje de la recientemente creada Guardia Nacional de México, cuyo objetivo principal era la seguridad interna, está siendo utilizada por el gobierno de López Obrador para taponar la frontera con Guatemala, conllevando a múltiples violaciones de derechos humanos que han sido denunciados por los migrantes. En el panorama mexicano ya empezó a aparecer el síndrome de la deportación antes de que arriben las familias a Estados Unidos.

Las luctuosas cifras

De acuerdo a las estadísticas de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), asociada a la ONU, desde el año 2017 hasta el presente han muerto en el Mediterráneo 6.281 personas de un total de 387.488 personas que pretendían llegar al continente, lo cual quiere decir que cerca de un 2% fallecen en la travesía. En 2019 han muerto 843 personas. Lo aterrador de esas cifras es que se convirtieron en paisaje, y no existe un solo movimiento de izquierda europeo, por su baja rentabilidad electoral, que en sus consignas rechace o denuncie esta realidad. De una población europea de 500 millones, apenas han arribado menos de 0,1% de personas de otras latitudes desde 2017, dato que controvierte la xenofobia y la alarma de los grupos de extrema derecha que atizan la consigna de la “invasión de migrantes” del Tercer Mundo.

“La contribución de los migrantes internacionales a sus países de destino y a sus países de origen depende crucialmente de la salvaguardia de sus derechos humanos y de que se garantice que no serán objeto de discriminación o xenofobia”, son las palabras hueras del sexagésimo quinto período de sesiones de la OIM de 2010, en su reporte A/65/203. Estos postulados que los tienen casi todos los Estados de La Tierra, en 2019 ya pasaron al olvido, pues los inmigrantes en Europa y Estados Unidos son tratados con la mayor severidad y hasta con la pena de muerte en el mar y en la frontera norteamericana.

El mismo portal de la OIM reporta que entre 2017 y 2018 murieron 637 personas en la frontera méxico-norteamericana, convirtiéndose el paso clandestino a Estados Unidos en pena de muerte ejecutada no solo por la guardia fronteriza sino también por los voluntarios cazadores que pululan allí.

La Agencia de Refugiados de la ONU (ACNUR) informó que al final de 2018 el número total de desplazados en el mundo por motivos de persecución, conflictos, violencia y violación de derechos humanos se situó en 70,8 millones de personas, de los cuales 26 millones son refugiados, 41 millones son desplazados internos, y 3,5 millones solicitantes de asilo. Y este último derecho se está marchitando al son del neoliberalismo extremo y del fascismo en ascenso en las naciones del Norte.

Los pasajeros rescatados del Open Arms van camino a un puerto español después de haberse generado un escándalo internacional tras las denuncias del capitán del barco de esa ONG, Óscar Camps, sin que el asco y el desdén desaparezcan de la actitud general de los gobiernos europeos. En América Latina, mientras tanto, grandes masas de refugiados, migrantes y solicitantes de asilo siguen siendo maltratados al extremo y tratados como ciudadanos de segunda de ese patio trasero que Estados Unidos quiere poner en orden.

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