Editorial No 47: La lucha por la educación nos compete a todos

Strong Together – Loui Jover

Los pueblos latinoamericanos empiezan a reaccionar ante las políticas neoliberales que durante varias décadas los han hundido en una precariedad sin fondo. Los jóvenes estudiantes de Chile, que hoy tienen que asumir unos costos inmensos por la privatización absoluta de la educación, se han salido con resolución a las calles en contra del aumento de los pasajes del metro, y detrás de esta protesta se ha sumado buena parte de la sociedad para reclamar una reestructuración completa del modelo económico y una nueva Constitución, pues la actual es la elaborada por Pinochet. Lo propio ha ocurrido en Ecuador, donde el detonante fue el alza en el precio de los combustibles y la eliminación de los subsidios al transporte en general. Lo que sorprende es que en Colombia, donde el neoliberalismo ha hecho tantos estragos y las reformas lesivas se suceden día tras día con descaro y sevicia, no haya una movilización permanente de todos los sectores populares exigiendo la renuncia del presidente, el cierre del Congreso y la implementación de una política de verdadera justicia social.

Vimos pasivamente cómo los congresistas y el gobierno se amangualaban para sacar adelante una reforma tributaria, disfrazada de ley de financiamiento, para descargar el mayor peso de los impuestos en un pueblo ya empobrecido y beneficiar a los grandes capitalistas. Pasivamente hemos visto cómo el gobierno le hace conejo a la implementación de los acuerdos de la Habana y hace llover plomo sobre las poblaciones de las zonas cocaleras cuando su compromiso, según dicho acuerdo, tenía que ser la implementación de verdaderos programas de sustitución de cultivos y el diseño de una política agraria que les permita a los agricultores vivir de su trabajo. También vemos ahora cómo en vez de atender los reclamos de los estudiantes, que se movilizan ante el incumplimiento de los acuerdos firmados apenas el año pasado, agudiza la represión y envalentona a los escuadrones antidisturbios contra ellos.

Como si fuera poco, ahora, a instancias de la OCDE, el Congreso se alista a firmar una ley que les permita a los empresarios pagarles a los jóvenes el 75% de su salario mínimo, con la disculpa de que así el empresario tendrá un incentivo para contratar jóvenes sin experiencia. En realidad, lo que se nos viene encima es una reforma laboral y pensional que promete acabar de matar de hambre a los pobres. Y es que según la OCDE los salarios en Colombia son demasiado elevados, las cotizaciones al sistema de seguridad muy bajas y las pensiones se otorgan a edades muy tempranas; por eso, la propuesta es bajar los salarios, aumentar la cotización de los trabajadores a los fondos de pensiones y elevar en otros cinco años la edad de la jubilación, todo para garantizar el enriquecimiento de los empresarios que administran el sistema pensional. Con todo ello, los únicos que están en la calle, luchando prácticamente solos desde hace un mes contra el terror del Esmad, son los estudiantes.

Muchas voces se han preguntado por qué ocurre esto en Colombia. Desde luego, una primera respuesta tiene que ver con el debilitamiento de las organizaciones sociales y, sobre todo, con su desarticulación. Otra respuesta, que en parte ayuda a explicar la anterior y en todo caso la complementa, es la guerra mediática desarrollada impunemente por los dueños de este país contra los que protestan. No hubo un día durante el bloqueo realizado por los indígenas en la Panamericana en que los medios no le dieran un gran cubrimiento informativo, pero no para explicar las demandas del pueblo indígena ni para contextualizar a los televidentes, radioescuchas y lectores, sobre el origen de aquella lucha histórica; lo que hicieron, en cambio, fue concentrarse en las pérdidas económicas que dicho bloqueo generaba para otros sectores y en las dificultades de movilidad que implicaba para el resto de la población. En últimas, su pretensión era azuzar a otros sectores sociales, acaso tan oprimidos como los mismos indígenas, contra quienes protestaban en la vía. Y fue tan efectiva su campaña, que mucha gente en Popayán terminó organizándose para atentar contra la sede del CRIC y contra la población indígena en general.

La misma estrategia están utilizando hoy contra el movimiento estudiantil. Cada marcha recibe un gran cubrimiento mediático, pero hasta ahora poco o nada han explicado los medios acerca de lo que demanda dicho movimiento, en ningún caso se han referido al incumplimiento del Estado frente a los acuerdos que firmó el año pasado para tratar de apaciguar los ánimos de los estudiantes en la calle. Lo único que realmente les ha interesado a los medios masivos es mostrar los destrozos que las marchas dejan a su paso, mostrando la imagen de un montón de vándalos que no tienen otro propósito que sembrar el terror en las calles. Rara vez estos medios han mostrado que las luchas callejeras que se desatan en estas marchas casi siempre son originadas por la provocación, el exceso de fuerza y abuso de poder de los uniformados del Esmad, que ya tienen en su haber varios muertos y un manto inmenso de impunidad. Hay, por lo demás, un énfasis patético en mostrar la cara de los afectados, de los vecinos de las universidades y de los dueños de los locales comerciales dañados, como la contracara de la protesta estudiantil. El resultado de esta guerra mediática está a la vista: ahora se tramita en el Congreso una ley para regular la protesta social y proteger los derechos de los afectados. Que los dueños de los medios masivos de comunicación estén alineados con los poderosos no es de extrañar; lo que sí deja mucho que pensar es el papel de los periodistas que cumplen a cabalidad con el libreto escrito por estos magnates del periodismo. No es solo la necesidad lo que los lleva a venderse de esa manera, pues la mayoría de las veces se sienten a gusto en su papel y lo demuestran con creces. La mayoría de estos periodistas son egresados de facultades de comunicación de universidades públicas y demuestran en su oficio una total ausencia de formación ética, hacen gala de su mediocridad en la investigación como si fuera precisamente su mejor carta de presentación y se ensañan contra los pobres como si ellos mismos no hubieran vendido su alma por pobres. Esta es una razón más para apoyar las protestas estudiantiles y articular a ella otras luchas; y es que, sin una educación de calidad con sólidos fundamentos éticos y políticos, los mediocres en todos los ámbitos seguirán conduciendo nuestros destinos, pues nada hay más útil a una sociedad opresora que la mediocridad de los profesionales del pensamiento.

Sin título – Olga Khalestkaya

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