La violencia sexual campea en las calles

¿Qué hacer, a quién acudir y dónde denunciar?

Por Jazmín Santa Álvarez

Ilustración: Marylin Fernández

“Basta ya de minutos de miedo, de humillación, de dolor, de silencio. Tenemos derecho a que todos los minutos sean de libertad, de felicidad, de amor, de vida”.

Campaña #NiUnaMenos

El martes pasado, en clase de periodismo, luego de que una estudiante me preguntara si conocía a alguna mujer que hubiera sido acosada en el Metro, nos cayó como un lapo de agua fría la historia que contó Any.

–A mí me pasó algo muy incómodo, pero no fue en el Metro, fue en el centro, si le sirve le cuento –dijo de forma serena, a lo que todas gritamos: “claroooo”.

Casualmente, el único estudiante hombre de la clase no había asistido y, tal vez, eso hizo que Any contara su historia con tranquilidad. Lo que siguió fue como si nos estuviera estallando una bomba adentro del estómago, lentamente y cada segundo con más fuerza.

Ese sábado, desde temprano, Any había salido a hacer unas vueltas al centro y había dejado, para el final de la mañana, una por los lados de la María Cano, por Argentina con Brasil. Cuando ya iba de regreso a su casa, sintió que alguien se le arrimó por detrás. Ella, automáticamente, empezó a sacar el celular para entregarlo. Pero el hombre, en cambio, la abrazó, le soltó el pelo y comenzó a olerla, mientras le acomodaba un cuchillo en las costillas y le ordenaba que caminara a su lado como si fueran novios.

Se trataba de un hombre muy joven, con una baba seca y blanca en la comisura de los labios, estaba drogado y tenía una mirada díscola y unos ojos verdes claros, “hasta bonitos”, dice Any mientras se ríe. Las dos cuadras que recorrieron mientras él la tocaba por delante y por detrás, la besaba en el cuello y la seguía oliendo, se le hicieron un infierno.

–Yo no hice nada que lo fuera a hacer enojar, me quedé callada y seguí caminando junto a él, en silencio. Realmente, ni se me ocurrió salir corriendo. Mientras bajábamos hacia la Oriental, él me hablaba al oído –explica ella con una sospechosa serenidad mientras todas la mirábamos atónitas.

Con la cara de espanto que tenía, cualquiera que la hubiera mirado a los ojos se habría dado cuenta de que la situación no era normal. Pero nadie hizo nada. Durante dos largas cuadras, el tipo no paró de besarla y tocarla. Le decía que ella era la mujer con quien siempre había soñado y que tenían que ser novios.

Al llegar a la Oriental, le ordenó que lo esperara en la esquina, que no se moviera ni hiciera escándalo. Él se arrimó a una chaza de ventas y le pidió prestado al dueño un lapicero y un papel. El señor se los pasó. El desquiciado regresó a donde estaba Any y le ordenó que le escribiera su número de teléfono. A la vez, le señalaba una de las montañas de Medellín y le decía que allá era en donde él vivía y que allá era en donde se la iba a llevar a vivir.

En medio del susto, Any le dio el número de su celular, pero incompleto, como si fuera el del teléfono fijo. Él lo revisó, la miró, le tocó otra vez los senos, la besó en la boca y se fue. Ella se quedó pasmada sin saber para dónde coger. Luego corrió hacia la cafetería de la esquina y se sentó al lado de una mesa en donde había cuatro personas. Alterada y llorando, les contó que un hombre la había cogido y la había amenazado con un chuchillo. Ellos la tranquilizaron, le pidieron un café y le aseguraron que no le iba a pasar nada mientras estuviera ahí adentro. Pero a los 20 minutos se pararon y se fueron. En ese tiempo Any había llamado a su mamá y, para no asustarla, le había dicho que había visto un hombre raro por la Oriental, que por favor fuera por ella, rápido.

De pronto, en la puerta de la cafetería apareció nuevamente el hombre, entró como endemoniado y agarró a Any del pelo y la sacó del lugar.

–¿Qué te dije? Que no hicieras escándalo y eso fue lo primero que hiciste, maldita perra. Además, malparida, este número está malo. Me lo diste malo. ¿Me crees bobo o qué? Ya te dije que ibas a ser mi novia y que te voy a llamar para que seamos novios –le gritaba enloquecido.

Ella empezó a decirle en un tono suave que su mamá ya iba a llegar, que la soltara. Que la mamá era muy brava y que no le iba a gustar lo que estaba pasando. Que, por favor, la dejara ir. La gente pasaba y, como si se tratara de dos novios peleando, seguían derecho, nadie se metió en la disputa, nadie sospechó que Any estaba en peligro, nadie vio el cuchillo que, esta vez, con más fuerza, le estaba clavando en la mitad del estómago.

Le entregó de nuevo el pedazo de papel y, en medio de insultos, la volvió a tocar por todas partes y a besar. Estaban en plena Argentina con la Oriental. Ella no lloró, solo le pedía que la soltara, que ya venía su mamá por ella. No forcejeó, nunca se le ocurrió. Él se fue calmando, le recibió el papel, lo miró asegurándose de que tuviera los otros dos números, la soltó y se fue caminando por la Avenida Oriental, hacia el sur.

Ella regresó a la cafetería, se sentó, pidió otro café, se puso a llorar, pero pronto se limpió la cara, antes de que su mamá llegara.

Todas habíamos estado muy atentas, escuchándola, inmóviles, con lágrimas en los ojos, algunas se animaron a pedir detalles, otras le reclamaron por qué no había hecho nada, se pusieron en su lugar y se creyeron valientes. Yo, la profesora, la que, supuestamente debe tener siempre una respuesta acertada en clase, yo que trabajo temas relacionados con violencia sexual, con niñez y con género, me quedé en silencio, sintiendo una tristeza profunda. Les pregunté si sabían qué hacer, a quién recurrir o a dónde llamar en un momento como esos. Todas dijeron que no.

¿Qué hacer?

Sin título – Ana Valentina Candamil

Cuando salimos de clase me quedé hablando con Any. Retomé el tema y le pregunté si quería que la acompañara a hacer una denuncia, que lo que le había pasado no era normal y que lo ideal era que hablara con alguien especializado en el tema, que lo que había vivido era una agresión sexual, algo muy fuerte que no podía dejar pasar como si nada.

Ella me dijo que me quedara tranquila, que eso ya había pasado. Le insistí y me dijo que lo iba a pensar. Ese martes en la mañana, Any había asistido conmigo a una reunión relacionada con violencias sexuales y le había tocado escuchar los lamentos de una fiscal en cuanto a los problemas por los que pasaba el Centro de Atención Integral a las Víctimas de Violencia Sexual-CAIVAS la sobrepoblación de detenidos, las dificultades para la judicialización por falta de personal, el vencimiento de términos, la libertad de los victimarios… Ante ese panorama, no me sentí capaz de insistirle para que se sometiera a un sistema que cojea. Sin embargo, llamé a la Línea 123 Mujer, conté la historia, pedí ayuda y fui atendida.

Vivir inmersas en una cultura machista nos hace ver esto como si fuera algo natural, pero las cifras de Medicina Legal muestran que no es así y que este tipo de delitos va en aumento. Según un informe de octubre de 2019, para esa fecha, en Colombia, ya habían practicado 17 mil exámenes médicos legales por presunto abuso sexual, mientras que en todo el 2018 se registraron unos 26 mil exámenes de este tipo.

Dentro de todo lo preocupante que resulta escuchar un caso como estos, lo que más asombra es que la gente sea indiferente ante los peligros que corren las mujeres, los niños, niñas y adolescentes en la calle, pero además que las mujeres no se sientan víctimas de acoso o violencia sexual, ni busquen ayuda para superar eso que queda rondando en la cabeza y en el cuerpo; la mayoría de mujeres no saben en dónde denunciar ni tampoco reconocen las consecuencias físicas, emocionales y sociales que estas agresiones dejan.

Es importante saber que no se necesita interponer una denuncia previa y que no importa el tiempo que haya transcurrido desde el hecho para recibir atención integral por parte de un ente de salud, bien sea urgencias, una IPS o cualquier clínica u hospital a la que acuda la víctima. Dicha atención debe ser gratuita y prioritaria. Si la víctima no está preparada para esto, puede llamar a la Línea 123 Mujer, atendida por la Secretaría de las Mujeres de la Alcaldía de Medellín, en donde será acompañada por profesionales del área psicosocial y legal.

Existe una Ley, la 1257 de 2008, que tiene por objeto “la adopción de normas que permitan garantizar para todas las mujeres una vida libre de violencia”. En esta se define la violencia contra la mujer como “cualquier acción u omisión, que le cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico, económico o patrimonial por su condición de mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, bien sea que se presente en el ámbito público o en el privado”.

Frente a cualquier acto sexual violento, existe la posibilidad de denunciar bien en las Unidades de Reacción Inmediata (URI) o en el CAIVAS. Allí, las víctimas reciben, además de una atención jurídica y legal, asistencia médica y psicológica, gracias al acompañamiento que hacen a esta unidad las Secretarías de Gobierno, de las Mujeres, Bienestar Social y Salud, además de la participación del Instituto de Bienestar Familiar (ICBF). Si el caso sucede en un municipio en el que no existe oficina de la Fiscalía, la denuncia se debe hacer ante los jueces, defensores, comisarios de Familia o inspectores de Policía.

Ojo con la revictimización

Además de la mala atención, es común que los funcionarios que atienden estos casos vulneren los derechos de las víctimas. A esto se le conoce como victimización secundaria o revictimización e incluye enviar a la víctima de un lugar a otro, obligarlas a contar la historia varias veces, poner su vida nuevamente en peligro, ser juzgadas por los funcionarios a quienes se les olvida el trato digno, humano y considerado, la protección de su intimidad y la atención libre de discriminación. También debe ser denunciada, inmediatamente, cualquier situación indeseable, incómoda, molesta y agresiva por parte de los empleados públicos que atienden estos temas.

Finalmente, si sospechas que alguien es víctima de abuso o si eres testigo de un caso en el que alguien está siendo abusado o abusada, lo más recomendable es buscar privacidad para hablar con la persona afectada y hacerle saber que te preocupas por ella. Explícale que la situación por la que pasó o está pasando no es natural y hazle saber que quieres ayudarla y que respetarás cualquier decisión que tome. Dile que no está sola y, si decide hablar, escúchala atentamente y hazle saber que comprendes lo difícil que es su situación.

También resulta importante crear un plan de seguridad, en caso de que siga en peligro, por ejemplo, que empaque sus cosas y acuerde contigo una palabra clave “de seguridad”, sin que el abusador lo sepa, que sirva como código cuando esté en peligro, o acordar un lugar de encuentro si lo que debe es escapar. Acompáñala a una entidad de salud y también a denunciar. Pero si decide no hacerlo, no la juzgues, síguela acompañando, apoyándola y recuérdale que siempre estarás allí para ella.

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