¿Por qué Estados Unidos fracasa en Irán?

Por Roger Arias Grajales

Foto: elnuevoherald.com

La historia política del Medio Oriente se nos muestra compleja a los occidentales, tanto por la distancia geográfica, lingüística y cultural, como por la profundidad de los acontecimientos históricos. No obstante, se hace necesario considerar que, por incomprensibles que parezcan, los acontecimientos recientes en Irán comprometen definitivamente la paz mundial y representan un riesgo inminente para la humanidad por la posibilidad de uso de armas nucleares.

A fin de clarificar un poco esta compleja trama, hay que decir que Oriente Medio no existía antes de la primera guerra mundial, esto es, Oriente Medio es una creación de fuerzas extranjeras que fraccionaron el territorio otomano (Turquía) para luego establecer una repartición entre las potencias de la época: Reino Unido y Francia.

Hacia 1919 el Reino Unido reconocía el valor y la dependencia estratégica del petróleo de ese lugar denominado Medio Oriente, a la vez que apoyaba el proyecto sionista de migración (establecimiento del Estado de Israel) por medio de la Declaración de Balfour en 1917. Este hecho, aunado a la persecución y exterminio de los judíos durante la segunda guerra mundial, y la posterior retirada del Reino Unido de los territorios de Jordania, propició la declaratoria del Estado de Israel que en lo sucesivo recibiría el apoyo irrestricto de Estados Unidos y hasta hoy funge como gendarme de sus intereses en la zona. Desde entonces la presencia militar de grandes potencias ha sido permanente y también los conflictos, con un gran telón de fondo: la posesión de las mayores reservas de petróleo en el mundo.

Al igual que los británicos, a los EE.UU no les ha sido fácil el control del Medio Oriente ya que el factor religioso y el cultural juegan un papel medular en el desarrollo de estrategias geopolíticas y la capacidad de obtener resultados. Mientras que en Irán la religión oficial es el islam Chii, en Arabia Saudita es el islam Suní; esto es sumamente relevante si se considera que estos dos países están enfrentados y, junto a Israel, conforman la triada de la coyuntura en la región. De un lado, entonces, está Arabia saudita con sus facciones de apoyo sunita: Talibán y Al-Qaeda, y del otro Irán con el apoyo de la facción chiita Hezbolá. Si consideramos que el 15% de los 1.200 millones de musulmanes son chiitas repartidos en el Medio Oriente, se entiende la fortaleza e importancia que representa Irán en dicha coyuntura; sobre todo después de su revolución de 1979 contra la dictadura que había reconocido al Estado de Israel.

En 1951 llegó al poder como primer ministro de Irán Mohammad Mosaddeq y desde el Frente Nacional propugnó por una nación que no estuviera subyugada a los poderes imperialistas de países occidentales. Por eso su gobierno fue víctima de un golpe de Estado dirigido por el Reino Unido cuando Mosaddeq decidió nacionalizar el petróleo. Se inició entonces un ambiente de múltiples tensiones sociales que se agravaron cuando el gobierno de facto (El Shah de Irán) reconoció al Estado de Israel, lo cual es visto por las élites religiosas chiitas como una afrenta y una vulneración inaceptable para los musulmanes y una claudicación frente al proyecto sionista que pretende la destrucción del islam. Uno de esos líderes religiosos que se opusieron al Shah fue el Ayatolah Ruholah Jomeini, quien, además, fue el guía espiritual y político de las revueltas sociales, las cuales fueron duramente reprimidas y dejaron un saldo de 15 mil muertos y el exilio del Shah.

Desde entonces, el saboteo económico, político y militar de los Estados Unidos al pueblo y al gobierno de Irán ha sido permanente; sin embargo, la estrategia reciente de bloqueo económico, en cabeza de Donald Trump y de gobiernos anteriores, ha tenido un éxito apenas relativo en la medida en que Irán se ha consolidado como una potencia en la región, no solo en el aspecto militar, sino sobre todo en avances importantes en la economía, ciencia y tecnología.

El liderazgo de Irán en la región cuestiona severamente la hegemonía norteamericana y su capacidad de impulsar una guerra híbrida (Guerra no convencional, con desinformación y ejércitos irregulares, donde no se distingue si hay paz o guerra, etc.), más aún, las acciones de bloqueo económico, o el recurso del asesinato selectivo ha propiciado resultados adversos a las políticas imperiales; es el caso del asesinato del líder de la revolución iraní y comandante de la Fuerza Quds del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) de Irán, el teniente general Qasem Soleimani, quien fue atacado en Irak desde un dron estadounidense por orden directa de Trump.

Esta acción puso al descubierto varios hechos importantes: el primero, representa la capacidad tecnológica y militar de Irán ya que respondió al asesinato de Soleimani con un ataque a las fuerzas estadounidenses acantonadas en Irak con suma precisión, y, sobre todo, develó la vulnerabilidad de sus escudos antimisiles. El segundo, Trump no solo recibió el rechazo del pueblo iraní, sino de sus aliados europeos, que entraron en pánico por el escalamiento del conflicto con consecuencias incalculables. El tercero, la muerte de Soleimani propició la cohesión o, por lo menos, la solidaridad de los aliados de Irán: Irak, por ejemplo, ha anunciado por medio del ministro del Interior, Yassin al-Yasiri, que Bagdad ha formado una serie de comités encargados de garantizar la retirada de fuerzas extranjeras. En cuarto lugar, se destaca la decisión reciente de la Cámara Baja de los EE.UU de restringir el poder de decisión de Trump para ordenar ataques militares contra Irán.

Previendo esta decisión, el mandatario estadounidense creó, como cortina de humo, una campaña de “expectativa” anunciando “El acuerdo del siglo”, que supuestamente pretende “estabilizar las tensiones en Medio Oriente”. Luego de ser revelado su contenido, no solo ha provocado la indignación de diversos países con protestas multitudinarias, sino la opinión de diversos líderes mundiales que la han condenado al fracaso en la medida en que el acuerdo solo favorece a Israel. Y es que el “acuerdo del siglo” en el Plan de Paz reconocería y legitimaría la captura de territorios árabes y palestinos realizada por Israel en 1967, lo cual es justamente una de las cuestiones más importantes del conflicto. Contempla, además, el reconocimiento de un territorio palestino aún más reducido y sin Jerusalén; por lo demás, tal reconocimiento está condicionado al desarme de las fuerzas palestinas, lo cual es considerado por esta población como inaceptable.

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