El coronavirus y la pesadilla americana

Fila para comprar armas en Culver City, Los Ángeles, California. Foto tomada de: dw.com

Por Renán Vega Cantor

Durante las crisis sale a relucir lo mejor y lo peor de los seres humanos y de las sociedades. En la crisis actual, reforzada por el coronavirus, las cosas no son diferentes, como se ejemplifica en los Estados Unidos donde se impone la brutalidad. En momentos de emergencia sanitaria, se supondría que la solidaridad y compasión con los que sufren el COVID-19 se impondría como un valor humano indiscutible. Esa es una vana ilusión, puesto que el culto a las armas y la apología a la muerte de los más viejos para preservar el “sueño americano” son dos hechos que ejemplifican el grado de putrefacción moral de la sociedad estadounidense.

Aumenta la compra de armas

La cuarentena obligatoria que se ha impuesto en muchos lugares del mundo produce un pánico especial en los Estados Unidos, el país que le rinde culto al consumo, y eso ha llevado a acumular alimentos enlatados, implementos de aseo y papel higiénico. En esto no hay diferencia con lo que sucede en otros lugares del mundo, donde se han podido observar largas colas frente a los supermercados. En los Estados Unidos, como un elemento distintivo, ha aumentado la compra de otro artículo de consumo popular, las armas, con un incremento del 200 por ciento en todo el territorio de la Unión Americana; y en algunos estados esas ventas se han incrementado hasta en un 1000 por ciento.

En los Estados Unidos la lógica individualista y el culto a la propiedad privada conducen a considerar cualquier problema social, ahora el coronavirus, como una agresión externa, la cual podría motivar motines y desórdenes sociales, y contra ese hipotético devenir las familias se arman. Es la típica forma made in USA, que se emplea cuando se avizora algo grave, como sucedió hace unos años ante los anuncios del fin del mundo, cuando muchos habitantes de los Estados Unidos decidieron comprar armas para enfrentar ese previsible apocalipsis y defender la sagrada propiedad privada. Existe una correlación directa entre el aumento de casos de coronavirus y la compra de armas, como muestra de que quienes lo hacen se preparan para defenderse del nuevo enemigo, representado en la pandemia.

En lugar de exigir un adecuado sistema de salud y prepararse para tratar en forma pronta y adecuada a los miles de infectados por la “nueva peste”, disponiendo de infraestructura, implementos médicos, camas, personal especializado… suponen que las armas les van a solucionar tamaño desafío. Como en Estados Unidos predomina la lógica de convertir todo en un gran negocio, lo del coronavirus no podía ser la excepción, y las grandes empresas que producen y venden armas han visto en el miedo un nuevo nicho de mercado, al que están alimentando con más miedo y como solución ofrecen más armas.

En pocas palabras, en lugar de solidaridad y empatía con los enfermos, lo que encontramos es que los estadounidenses se arman hasta los dientes para combatir el nuevo enemigo, el “virus extranjero” o el “virus chino” como lo ha llamado de manera despectiva y con gran ignorancia Donald Trump.

Dejar morir a los abuelos para salvar a Wall Street

En Estados Unidos se ha construido la falacia del “sueño americano”, mediante el cual se supone que el éxito y la riqueza se alcanzan mediante el esfuerzo individual y, en un mercado libre, abierto y competitivo los mejores individuos se imponen guiados por la mano invisible. De ahí se desprende concebir a la economía como si fuera resultado de las fuerzas individuales del mercado, que no deben ser interferidas por ningún poder externo.

Este dogma casi teologal conduce a reivindicar la desaparición de aquellos individuos (locos o niños como diría Milton Friedman, uno de los pontífices del neoliberalismo) que se opongan de alguna forma al libre funcionamiento del mercado. Pues hete aquí que ahora tenemos un nuevo enemigo: los mayores de edad, puesto que por culpa de ellos se está interfiriendo el armonioso curso del mercado, como se evidencia con la cuarentena, el cierre de comercios, almacenes, playas, la parálisis de los aeropuertos y de las empresas. Si los de la tercera edad no fueran afectados por el coronavirus, no se estaría presentando la parálisis sin precedentes del mercado y todos felices y contentos.

Esos viejitos que, en teoría, ya han disfrutado del “sueño americano”, son los principales afectados por el coronavirus, se convierten en un estorbo que impide el armonioso funcionamiento del libre mercado y deberían ser eliminados, porque primero está la salud de la economía capitalista que la de los estadounidenses de la tercera edad. Lo que estamos comentando, aparte de cínico, pareciera ser profundamente irreal, imposible de pensar e imaginar, por su carácter absurdo y criminal. Lamentablemente es cierto y eso lo ha planteado sin medias tintas el vicegobernador de Texas, el republicano Dan Patrick, quien ha dicho que él y todos los abuelos como él están dispuestos a morir con tal de que el sueño americano se mantenga para los más jóvenes, porque “a mí nadie me ha preguntado si, como ciudadano senior, estoy dispuesto a jugarme mi supervivencia a cambio de mantener América tal y como es para nuestros hijos y nuestros nietos. Porque mi respuesta es que sí, que estoy dispuesto. […] Creo que hay muchos más abuelos que se sienten como yo ahí afuera. […]. No quiero que todo el país se sacrifique”.

En consecuencia, Patrick señaló que se debe volver al trabajo, olvidarse de cualquier cuarentena y, sobre todo, no cuidar a los mayores porque ellos mismos deberían velar por sí mismos, todo en aras de no sacrificar al país, ni poner en riesgo el “gran sueño americano”. En pocas palabras, nada de preocuparse y cuidar a unos viejitos improductivos que estorban, hay que dejarlos abandonados a su propia suerte, que mueran por sus propios medios, y así preservar el sueño americano, haciendo abstracción de estos “daños colaterales”.

El sueño americano ha devenido, como en la pintura de Goya, en una auténtica pesadilla, y ya no solo para el mundo que es bombardeado y masacrado por las tropas imperialistas de Estados Unidos, sino para los propios habitantes de ese país, como lo ejemplifica la apología de la muerte de millones de abuelos estadounidenses.

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