La ciudad no silenciada

Pintura: Juan Noreña

Por Jhonny Zeta

Las palabras son calles para franquear la distancia entre los hombres y para atravesar los tiempos. Más que a calles de distancia los hombres están a palabras de distancia.

Pedro Alejo Gómez Vila

Estamos a palabras de distancia. Las ciudades no solo se hacen con cemento y ladrillo, con asfalto y hierro. ¿Cómo no decir que la ciudad, más que edificaciones, calles, automóviles y oficinas es sobre todo el recuerdo, el sueño y el imaginario que de ella tenemos? Las urbes se construyen y reconstruyen en su manera física, pero sobretodo se inventan y reinventan a partir de las palabras con que las pensamos y sufrimos. La ciudad está hecha de palabras, se reinventa, la memoria no se detiene.

Muchas imágenes y recuerdos que se conservan de las grandes ciudades existen, en gran medida, gracias a las producciones literarias. Por ejemplo, podríamos pensar en la París de Baulelaire, de Hugo o de Proust, en la San Petersburgo de Dostoievsky, en la Cali de Andrés Caicedo, en la Bogotá o Medellín retratada durante décadas y generaciones por tantos y tantas oficiantes de la palabra escrita a través de crónicas, cuentos, novelas y poemas.

Medellín está hecha de palabras. Desde mediados del siglo XIX encontramos unas nociones de identidad en textos literarios, con referentes reales o ficticios, que pertenecen o se corresponden en todo caso con los imaginarios culturales. Tomás Carrasquilla recrea en sus producciones la ciudad que se va modernizando, refiere los perfiles del ciudadano de finales del XIX y principios del XX, los comportamientos e imaginarios de las clases sociales que nos llegan a través de novelas como Frutos de mi tierra, El zarco y Grandeza.

Una de las características constantes de la Medellín literaria e histórica está en recrear la oposición ciudad de ricos vs ciudad de pobres, respecto de los imaginarios que unos construyen de los otros. Casi toda la narrativa que se ha hecho sobre nuestra ciudad está cruzada por esta temática. El poema Villa de la Candelaria de León de Greiff de 1914 nos dice: Vano el motivo desta prosa…Gente necia, local y chata y roma… Cual si todo se fincara en la riqueza, en menjurjes bursátiles y en un mayor volumen de la panza.

A medida que la ciudad se fue industrializando y llegaron nuevas oleadas poblacionales, la literatura fue dibujando una sociedad clasista establecida, ejemplos de ello son las novelas Una Mujer de cuatro en conducta, de Sanín Echeverri, Aire de tango, de Mejía Vallejo y el poema Medellín a solas contigo de Gonzalo Arango que le dice a la ciudad:

Eres utilitaria en cambio, y preferías acostarte con gerentes y mercaderes. También eres tiránica, pues te place la servidumbre, dominar soberana en el reposo de los vencidos y los muertos.

Pasada la década de los sesentas, se van configurando narrativas literarias que abordan las mismas temáticas desde la perspectiva de lo marginal de manera más acentuada, se dibujan los barrios pobres como escenarios de representación, las figuras del camaján, el traqueto y el pillo y el parcero, protagonistas de las generaciones condenadas al no futuro, que van persiguiendo a toda prisa su ideal de felicidad y bienestar de la mano del dinero fácil y la violencia como oficio. Dichas narrativas se convierten en el imaginario con el que se comienza a mirar la ciudad desde afuera, desde otras geografías, una visión apoyada por las producciones audiovisuales, con largometrajes, documentales, series de televisión y telenovelas dedicadas al tema del narcotráfico.

Sin embargo, y pese a la carga histórica, social y emocional que heredamos de aquellos años, de las problemáticas que siguen vigentes, se puede encontrar que la ciudad narrada y poetizada ha saltado el anquilosamiento de quienes se empecinan en el tema “narco”.

Existen muchas ciudades distintas entre las páginas de la memoria, Jaime Jaramillo Escobar nos ofrece la siguiente imagen: Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía la ciudad como una piel de tigre.

Nos habita la ciudad de la infancia y los juegos callejeros, la ciudad musical, la de los desaparecidos teatros y parques, la ciudad de historias de amor y vendedores ambulantes, y los sueños debajo de un techo de cartón y la calle arriba y la cancha y la manga para perseguir con frenesí una pelota de cuero. Retazos de nuestra memoria, plasmados por las manos y el pensamiento de escritores como Elí Ramírez, José Manuel Arango, César Alzate Vargas, Pedro Arturo Estrada, o Carlos Sánchez por mencionar un puñado. En Tuyo es mi corazón, Juan José Hoyos nos dice:

En el barrio, casi siempre, lo mejor de la semana ocurría los sábados. Sobre todo después de esa hora iluminada de las seis… las muchachas salían a brincar lazo, poblando las calles de algarabía. Los niños, por su parte, iniciaban en las aceras los juegos de trompos, chucha y guerra libertada. A las seis las calles recuperaban su alegría. Ya no estaban vacías ni tristes.

Las últimas décadas vienen nutriendo cada vez más la construcción de esa Medellín imaginaria, evocada, recordada o soñada, a través del fomento de los Trapos rojos contra el vientotalleres de escritura y concursos promovidos desde bibliotecas e instituciones culturales. Las narrativas se van ampliando y con ellas aparecen cada vez más oficiantes de la palabra escrita.

Podemos decir que vivimos en la ciudad que no se detiene, que no se calla.

-¿Notás qué autor despistado el nuestro? A todos nos hizo amantes de la literatura y el cine, como si esas cosas abundaran en estos barrios de nosotros. Fragmento de La ciudad de todos los adioses del escritor César Alzate Vargas.

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