La mediocre respuesta del gobierno Duque a la pandemia

..y vivirlo en carne propia

Por Álvaro Lopera

Evocación familiar / Obra plástica: Nelson Domínguez

Colombia fue uno de los pocos países que cerró aeropuertos e ingresos de aviones del extranjero a finales de marzo del presente año, cuando en Venezuela y en Cuba, desde mediados de marzo ya se habían tomado medidas serias de restricción por la pandemia. Ello, sumado al día sin IVA, ayudaría a que los niveles de infección se dispararan en nuestro país.

A finales de agosto de 2020 Colombia ocupaba el puesto 8 en infectados, con una cifra cercana a 564.000 infectados y un número aproximado 18.000 muertes, lo cual acerca la cifra a un 3% -muy alta, por cierto- del total de afectados. Las medidas que ha tomado el gobierno son muy tibias y, últimamente, producto supuestamente de los “avances en la investigación”, disminuyó el tiempo de incapacidad o de cuarentena a diez días.

Todo indica que los empresarios no están dispuestos a pagar más incapacidades de las necesarias, así esto le cueste la vida al trabajador. Los exámenes de laboratorio para detectar el virus no se hacen a tiempo, se trasladan alegremente para días venideros, así la situación en una empresa sea desesperada por el número de infectados.

El caso de mi compañera

Ella se levanta todos los días muy temprano y se dispone a trabajar en un hospital. El miércoles 5 de agosto notó que el desayuno no le supo a nada; después se quedó sin olfato. Fue un proceso que duró dos días. En el área de trabajo, donde laboran 18 personas, ya se había confirmado el virus en una de ellas y, a pesar de esto, la empresa contratista no ha realizado las pruebas clínicas a todo el personal.

El viernes, el jefe le ordenó irse para la casa, pues tenía, además de esos dos síntomas, malestar estomacal, fatiga, mareo y náuseas. La EPS supo de ello ese día y le dio cita para un examen que se llama PCR (que consiste en hacer el chequeo del Ácido Ribonucleico (ARN) del virus sacándole una muestra de la garganta con una sonda que se introduce por la nariz). El lunes, en horas tempranas le hicieron el chequeo en menos de cinco minutos. El martes 11 le informaron en horas de la noche que dio positiva.

La primera medida dictada fue el aislamiento: nos olvidaríamos de visitas presenciales de hijos, nietos, amigos, etc. Ya confinados, ordenaron someternos a algo que se llama “cerco epidemiológico”. Ella había informado que vivía conmigo, que hace varios años crucé el umbral de la tercera edad. Pero la EPS no dijo absolutamente nada y lo único que confirmó fue su aislamiento.

El control

Al día siguiente empezó su proceso de control basado en llamadas telefónicas y en el manejo de un kit de instrumentos médicos que le trajeron en un vehículo: un termómetro digital, mascarillas, una bolsa roja (donde deberían arrojarse las mascarillas empleadas) y un pulso-oxímetro (encargado de medir el oxígeno en la sangre) que fue entregado con los respectivos sellos de la EPS, pues al final del seguimiento tenía que devolverse en óptimas condiciones so pena de facturarlo. La otra parte del kit inicial de control, que fue recogida después del chequeo virtual, contemplaba un tensiómetro, una tablet y un fonendoscopio (con el cual se chequea el corazón y los pulmones) que se conecta a la tablet.

Luego llamó el médico y la dirigió en los autoexámenes que tenía que hacerse. Ella pacientemente hizo todo lo que le orientaron, guardó estos últimos instrumentos en la caja en que llegaron, se los entregó al conductor, y quedó con las instrucciones básicas que debería seguir en la casa.

A partir de ese miércoles, y hasta cinco veces al día, la empezó a llamar al celular una voz digital que le decía: “Estamos llamando a fulano de tal. Marque 1 si usted es la cuidadora o el paciente correcto; marque el número de pulsaciones: si es correcto, marque 1; marque la saturación de oxígeno: si es correcto, marque 1, de lo contrario marque 2”. Lo mismo con la temperatura.

Al final se despide esa voz digital fría: “hemos registrado correctamente los resultados”. Y así los dos días siguientes. El viernes 14 la llamó un médico de la EPS para hacerle el control que consiste en preguntar sobre su estado de salud; si los síntomas han variado para mal; cómo estaban los valores de saturación de oxígeno y le informó además que podía retomar labores al día siguiente, porque “el presidente había decretado que la cuarentena se había reducido a 10 días”, y esta contaba desde el momento en que había sentido los primeros síntomas, a pesar de que no había sido incapacitada desde entonces sino desde el día martes que le dieron el resultado. Así, la incapacidad resultó de solo 5 días.

La incertidumbre

Ella sintió una gran desazón, pues continuaba sin olfato y sin gusto y no entendía por qué no seguía aislada. Sin embargo, acató recordarle al médico, en la cita telefónica, que ella convivía con un hombre de edad avanzada. El galeno le respondió que después me llamarían.

Efectivamente, ese mismo día me llamó una médica y me preguntó por el estado general de salud, y al contrapreguntarle si me iban a hacer los exámenes respectivos, ella respondió tajantemente: “no señor, si usted ya lo tiene no gana nada con hacerse el examen para confirmarlo, y si no lo tiene pues tampoco. Con su estado de salud nos daremos cuenta de las dos cosas. Su cuarentena dura hasta el 28 de agosto, antes de ello no se acerque a nadie y si se complica lo informa en la encuesta que le haremos cada dos días”.

En conclusión, para mí -jubilado, tercera edad- una cuarentena de 23 días, y para mi compañera – trabajadora, joven- una cuarentena de 10 días. Toda una contradicción. Y el examen lo requiero, porque si efectivamente no percibo ningún síntoma, quiere decir dos cosas: me infecté y lo superé o no me infecté por las medidas de distanciamiento que tomamos. Si es lo primero, en mi sangre debo tener anticuerpos; pero si es lo segundo, quiere decir que debo redoblar los cuidados porque de pronto me contagio y puede ser peor para todos, hasta para mi compañera, pues la puedo reinfectar, y eso sí es un escenario dantesco.

A estas alturas tengo claro que el examen corre de cuenta de mi bolsillo y que la incertidumbre me acompañará por un buen rato.

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