Editorial No 60: Construir sujetos políticos en todos los escenarios de lucha

Sin Título/ Aste André

La Estrategia del caracol, y antes que ella la vida, nos enseñó que a veces es necesario actuar por pura dignidad, aunque de ello no se derive ningún beneficio inmediato o aunque el logro del propósito sea prácticamente imposible. Hoy es necesario exigir en las calles, en los medios y en las instituciones legales la renuncia del presidente Duque y promover en el Congreso el proceso revocatorio en su contra, aunque sea por pura dignidad, aunque, dado el nivel paquidérmico y la concentración de poder que opera en las instituciones, este sea un objetivo quimérico; aunque el proceso se demore eternidades, frente a los 18 meses que le restan a este gobierno, de tal manera que si el éxito se diera sería más bien simbólico. Tampoco debe detenernos en este propósito el hecho de que dicho referendo sea promovido por un viejo lagarto, curtido en la politiquería y generalmente acomodado a intereses particulares. Lo triste es que los sectores progresistas o supuestamente revolucionarios no hayan tenido el valor y la osadía de promoverlo antes.

Enumerar las razones por las que Duque debería renunciar sería una tarea de no acabar. Pero no puede olvidarse, primero que llegó a la presidencia con votos comprados por la mafia y que ha gobernado desde el primer día en contubernio con esa mafia y con los sectores más retardatarios del país. Gracias a ellos ha logrado, aún sin carisma alguno, concentrar en torno suyo los órganos de control que podrían hacerle contrapeso: la Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría hoy son instrumentos de bolsillo, controlados por Duque y por su partido al servicio de sus intereses torcidos. Como si fuera poco, Duque ha aprovechado la pandemia no solo para debilitar la movilización social contra sus políticas, que venía in crescendo desde finales de 2018, sino que ha incentivado una corrupción voraz con los recursos destinados supuestamente a paliar los estragos económicos que el confinamiento y las cuarentenas iban a provocar en los más pobres.

Su pésima gestión con las vacunas y su falta de transparencia con respecto a las negociaciones con las farmacéuticas no tienen realmente nada que ver con la ineptitud que le atribuyen muchos críticos: como suele suceder con los corruptos en Colombia, ningún negocio se cierra antes de que los negociantes hayan encontrado la manera de robarse la mitad de los recursos implicados. Pero cuando en dicho negocio lo que se juega es la vida de millones de ciudadanos, dicha actitud no puede calificarse solamente de infame sino de criminal, y los responsables tienen que ser castigados como tal.

Por eso, nuestra dignidad estaría tremendamente en cuestión si Duque abandona la Casa de Nariño con su arrogancia acostumbrada y rodeado de sus áulicos el 7 de agosto de 2021, sin haber tenido siquiera que enfrentarse en los tribunales y en las calles con un pueblo indignado que exige su renuncia: por criminal y porque ha gobernado con un desprecio total por los pobres y por sus contradictores políticos, porque se ha hecho el ciego con la cantidad de masacres que hoy sacuden al país, porque ha hecho todo lo posible por enterrar el proceso de paz y porque se ha negado a implementar las políticas necesarias para frenar este desangre y el genocidio que hoy sufren los excombatientes que se atrevieron a apostarle a la paz con justicia social.

Y aunque no se lograra con las movilizaciones y los procesos jurídicos sacar al delincuente de la Casa de Nariño, esto podría servir para agitar el entorno político y despertar las conciencias que parecen adormiladas como un efecto más del Covid-19. Por lo menos podría ser el impulso que permita a esta conciencia despierta elegir en las próximas elecciones un presidente que nos ayude a cambiar el rumbo en que la derecha neoliberal y asesina ha encaminado a este país en las últimas décadas, o que por lo menos no criminalice ni obstruya las acciones del movimiento popular que pretende las trasformaciones históricas que urgimos hoy.

Este no es, sin embargo, un llamado a una simple campaña electoral ni se propone la formación de votantes que entreguen su voto ciegamente a un candidato en vez de a otro. Lo que urge hoy, más allá de eso, es la formación de un sujeto político que comprenda cabalmente su contexto y que se comprometa, política y moralmente, con su transformación. Se trata de un sujeto que, entre otras cosas, sepa reconocer su momento histórico y decidir cuándo su participación en la política institucional puede ser importante, pero no solo como votante sino como artífice del programa de gobierno, siempre en función de un propósito estratégico más elevado: la construcción de una sociedad justa, diversa y humana.

Este propósito, sin embargo, demanda múltiples estrategias que deben complementarse mutuamente: en el plano político, económico, cultural, ético, productivo, e implica múltiples escenarios: la vida pública y privada, la academia, las relaciones de amistad y de pareja, la familia, la comunidad, etc. Una transformación de este tipo solo puede ser el resultado, en el mediano y largo plazo, de múltiples procesos históricos, entre ellos, los electorales. Es la lectura crítica del momento histórico la que nos permite identificar los procesos en los que hay que hacer énfasis, los que brindan mayores posibilidades o se hacen indispensables en una coyuntura particular.

No es sana hoy la actitud que rechaza por principio la participación electoral de los movimientos sociales, a sabiendas de que si la derecha mafiosa sigue empotrada en el poder se mantendrá el terror como política de Estado, la corrupción como práctica naturalizada y, sobre todo, el desprecio a los pobres como forma de gobierno. De hecho, la verdadera lucha revolucionaria nunca ha sido antielectoral por principio, solo que la supedita a una lectura del momento histórico. Por eso, tampoco es sana la actitud que cae en el extremo de poner los triunfos electorales como fines en sí mismos. Las elecciones son un medio que en momentos determinados pueden ganar más importancia en la totalidad de la lucha, en la medida en que otras posibilidades se ven cerradas y/o el poder se convierte en el principal obstáculo para las acciones políticas del movimiento social y popular. Hoy la ultraderecha mafiosa enquistada en el poder es uno de los principales obstáculos para el trabajo organizado y políticamente orientado hacia la construcción de un mundo mejor. Remover este obstáculo se convierte entonces en un propósito estratégico de primer orden.

Pero el proceso electoral mismo no es más que uno de los muchos procesos que debe emprender el movimiento social, paralelo a otros procesos en el campo de la autogestión, de la educación y la transformación de las relaciones personales. Entre otras cosas, la experiencia nos muestra que un gobierno alternativo tiene muy poco margen de acción cuando el poder real lo siguen aferrando las grandes corporaciones y cuando no hay una organización social sólida que respalde y defienda en la calle las políticas del gobierno que confrontan este poder real. Pero también suele pasar que el gobierno alternativo, una vez conquistado su éxito electoral, se olvida de sus promesas alternativas y se convierte en un títere dócil de los poderes económicos; en este caso se requiere una organización igualmente sólida, que no abandone sus posiciones críticas y vigile el cumplimiento del programa que ayudó a diseñar y por el cual votó.

En todo caso, la transformación de la sociedad demanda la construcción de sujetos políticos autónomos y críticos, capaz de discernir entre los falsos amigos y aquellos afines realmente a su proyecto ético-político; que no asumen mecánicamente como amigos a todos los que repiten sus consignas ni descalifiquen dogmáticamente como agentes de la derecha a todos los que disientan de sus propuestas y sus métodos. Se trata de sujetos capaces de corregir el rumbo cuando se ha desviado y construir nuevas estrategias políticas cuando el momento histórico así se lo demande.

Sin Título/Sin Autor

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