Editorial No 61: La revolución demanda muchas estrategias, incluso la electoral

Germinando grandes transformaciones(2012)
Inti Maleywa

Generalmente tendemos a pensar que la revolución es un acontecimiento que se realiza de un envión en el que nos jugamos todas las posibilidades, y así lo han sugerido incluso grandes luchadores de la historia. Pero la experiencia histórica precisamente evidencia que este pensamiento no solo es quimérico sino absurdo. Ninguna revolución ha sucedido de esta manera, sino como el resultado de un lento y largo proceso de maduración de grandes transformaciones.

Además, ninguna revolución ha sido el resultado de un progreso lineal, indetenible e irreversible. En la lucha social y política por la construcción de una sociedad realmente humana aparecen siempre los poderes establecidos, las estrategias de viejas y nuevas castas que pretenden mantener las estructuras de dominación sobre las que se sustentan su poder y su privilegio; y en muchas ocasiones el triunfo temporal de estos poderes anula parte del acumulado humanista y regresa el proceso revolucionario años, décadas y hasta siglos atrás. Por eso, suele pasar que, en un periodo histórico determinado, parte de las estrategias revolucionarias consista en recuperar viejas conquistas ya perdidas. Y esto no les niega su carácter revolucionario.

También solemos pensar que existe una única vía, o en todo caso una que supera a todas las demás, para llevar a cabo el proceso revolucionario. Y este pensamiento se ha enquistado tanto en los individuos y las organizaciones hasta el punto que se ha convertido en su principal obstáculo, en la medida en que ha servido para configurar sectas y guetos enredados en luchas y guerras intestinas que paralizan el avance y le dan la ventaja al enemigo real. Pero si tomamos en cuenta que la revolución es un proceso complejo de transformación en una infinidad de ámbitos de la vida humana, como la conciencia individual y colectiva, la relación de los seres humanos entre sí, la relación con la naturaleza externa e interna, etc., entonces no parece muy acertado descalificar a ciertos sectores porque enfatizan su lucha en un ámbito de la vida en vez de en otros y porque privilegian una estrategia frente a las otras.

Acaso lo importante aquí es avanzar en la articulación de esas distintas luchas y estrategias, aunque se encarnen en distintos individuos y distintas organizaciones o movimientos sociales. Su articulación en un espectro de actividades amplias es precisamente lo que permite que estas luchas adquieran su dimensión revolucionaria: ninguna de ellas es revolucionaria de por sí en tanto se mantenga aislada de las otras y concentrada en sus reivindicaciones puntuales, que por quijotescas se convierten en simple expresión romántica.

Además, vale la pena considerar hoy, más que nunca, que la revolución no es la actividad de un sujeto particular, algo así como un revolucionario profesional de tiempo completo, que actúa en el escenario público en función de las grandes transformaciones políticas. Esto porque la realidad actual, compleja y diversa, nos evidencia reiteradamente que las transformaciones (no hay grandes ni pequeñas) implican todos los ámbitos de la vida social como la familia, la escuela, las relaciones de pareja, las relaciones de amistad y aquellas con los extraños, con los animales y demás seres de la naturaleza. Y, por supuesto, deberíamos incluir aquí el ámbito de las instituciones que normalizan estas relaciones, y que también deben ser transformadas.

Desde esta perspectiva, no puede ser despreciable como poco revolucionaria, en un momento histórico concreto como el que estamos viviendo, la participación en las elecciones presidenciales del próximo año. Esta participación no es revolucionaria por sí misma, sino por los objetivos propuestos y por su articulación en el espectro amplio que forman las diversas luchas revolucionarias. Lo que demanda hoy la participación en estas elecciones para elegir un gobierno afín a los intereses populares no es precisamente la fortaleza del movimiento social y popular, sino todo lo contrario. La ultraderecha ha capturado el poder del Estado y sus instituciones y las ha puesto de manera cínica y descarada al servicio de las grandes corporaciones, nacionales y transnacionales, de las grandes mafias y de la corrupción, en lo que se ha constituido en una especie de modelo económico criollo: el neoliberalismo mafioso. Y esto lo ha hecho a través del crimen y de la extensión de una cultura traqueta por todas las esferas de la vida social: ha construido una fuerza pública, en alianza con estructuras paramilitares y demás organizaciones criminales, para desplazar comunidades enteras y poner sus tierras en manos de los grandes terratenientes, para exterminar partidos políticos y organizaciones de oposición y para reprimir la protesta social. Ha naturalizado, además, la práctica del asesinato de jóvenes humildes a los que presenta como muertos en combate, como estrategia para mantener el terror y amordazar el espíritu de rebeldía.

Por lo tanto, un gobierno que se comprometa con reformar esta política, empezando por transformar la doctrina militar que impera en el país desde hace casi un siglo y concibe a los ciudadanos disidentes como enemigos y terroristas, es un gran paso para allanar el camino a un nuevo fortalecimiento de las organizaciones y al empoderamiento de los sectores populares en sus procesos de construcción democrática. Necesitamos un gobierno con compromiso y capacidad para frenar la matazón y las masacres que azotan a nuestro territorio con la total indiferencia y hasta complicidad del actual gobierno, a quien el caos en el campo parece beneficiar profundamente en su estrategia de militarización y “limpieza” de los territorios para entregarlos en bandeja de plata al capital extractivista.

Urge un gobierno que asuma como prioritaria la implementación de los acuerdos de paz, sobre todo en aquellos puntos que prometían resolver problemas estructurales de las comunidades como forma de eliminar las condiciones objetivas de la guerra: hablamos de la sustitución de cultivos de uso ilícito y la realización de una reforma rural estructural que democratice la propiedad de la tierra y genere programas de inversión social para el campo. En general, hablamos de un gobierno que esté interesado en desandar los caminos de horror allanados por el neoliberalismo en estos últimos 30 años y le devuelva al Estado su compromiso prioritario con el bienestar de sus ciudadanos en vez de con el capital: un Estado que asuma su responsabilidad en materia de salud, educación, recreación y vivienda para los sectores populares, derechos que el neoliberalismo convirtió en negocios tremendamente rentables para el capital, incluso a costa de la vida y la salud de la gente, a costa sobre todo de su dignidad.

Tal vez hoy haya una oportunidad para estos cambios, representada en la crisis de la ultraderecha enredada en sus negocios con la mafia y en su práctica criminal inocultable ya, y en el surgimiento de una articulación de sectores de izquierda (lo que parecía imposible) en lo que se ha denominado El Pacto Histórico, que parece comprometerse con estos cambios. La seriedad y trayectoria política de muchos de los que conforman este Pacto podría generar algo de confianza; su éxito, sin embargo, depende del respaldo popular, incluso de aquellos sectores de la izquierda antielectoral que han cuestionado siempre las elecciones como una práctica burguesa y poco revolucionaria. En el mediano plazo el avance revolucionario que esta estrategia puede asumir depende de su articulación con el resto de las luchas de los sectores populares y de la capacidad del nuevo gobierno (y sus aliados en el Congreso y demás instituciones) para frenar el avance de la cultura traqueta, del neoliberalismo mafioso y promover desde las instituciones una conciencia de la solidaridad y unas relaciones distintas entre los individuos, las organizaciones y el Estado, abriendo así el camino a una construcción democrática con los sectores populares como protagonistas y no solo como votantes.

Necesaria convergencia campesina(2015)
-Inty Maleywa

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