Bolivia y la OEA

Un ejemplo de cinismo extremo

Renán Vega Cantor

Caricatura tomada de: agrupacionxosevelo.gal

En estos días es noticia la captura de la golpista Jeanine Áñez por la justicia de Bolivia. Este hecho puede catalogarse, sin exageración, como un acontecimiento histórico, porque es la primera vez en Latinoamérica que un dictador es detenido y se apresta a ser juzgado por el hecho de haber organizado o participado en un golpe de Estado contra un presidente elegido democráticamente. Nunca se había presentado algo semejante en un continente que está marcado con la impronta brutal de centenares de golpes de Estado, y los del siglo XX con el aval y respaldo de los Estados Unidos y de sus gigantescas empresas. El único caso de unos golpistas que fueron juzgados y luego condenados es el de Argentina, pero eso no fue por el golpe de Estado como tal, sino por los crímenes de lesa humanidad que realizaron entre 1976 y 1983, durante la última dictadura anticomunista y de seguridad nacional.

Esos golpes de Estado han dejado una profunda huella histórica negativa que gravita sobre la vida cotidiana de los países asolados por terribles dictaduras. Si alguna vez uno de esos criminales dictadores hubiera sido juzgado y condenado, no se hubiera esparcido esa capa protectora de impunidad que ha cobijado a los Somoza, los Duvalier, los Pinochet, los Stroessner, los Trujillo y toda esa ralea de criminales Made in Usa. Por esa circunstancia, lo que está aconteciendo en Bolivia, tanto con la dictadora Jeanine Áñez y otros que la secundaron, debería concitar no solo la atención sino el apoyo de Latinoamérica.

Ahora que Bolivia está dando un ejemplo al continente y al mundo, emergen los defensores abiertos o simulados de los golpistas. Estos sostienen, con malabares lingüísticos casi posmodernos para negar la realidad, que en Bolivia nunca hubo golpe de Estado, que a Evo Morales jamás lo derrocaron, que él renuncio voluntariamente (claro, mientras una pistola le apuntaba a la cabeza). Quienes encabezan esta cruzada no podían ser otros que Estados Unidos y su ministerio de colonias, la Organización de Estados Americanos (OEA), los propios golpistas de Bolivia, la jerarquía católica de ese país que apoyó el derrocamiento y, por supuesto, el régimen colombiano de Iván Duque, para que no faltara su dosis de servilismo y postración ante los Estados Unidos y la OEA.

Lo de la OEA adquiere un cinismo extremo difícil de igualar. Recordemos que la OEA fue artífice del golpe de Estado perpetrado contra Evo Morales en 2019, luego de declarar, sin pruebas y con mentiras, que en las elecciones presidenciales recién efectuadas se había presentado un fraude, que favorecía al presidente-candidato. Esta declaración de la OEA, a través de su impresentable secretario Luis Almagro, una ficha servil e incondicional a los intereses de los Estados Unidos, se constituyó en la legitimación política de la insurrección organizada por la extrema derecha boliviana, que llegó hasta La Paz con el respaldo de la policía y del Ejército. Ese levantamiento estaba planeado con antelación a las elecciones, y se fue ambientando con el cuento de un fraude que fue amplificado por falsimedia mundial y continental (CNN, El País, El Tiempo, Caracol, RCN…).

Investigaciones posteriores que llevaron a cabo instituciones independientes demostraron que nunca hubo fraude electoral y que el triunfo de Evo Morales fue legal y contundente. Pero nada de eso importó en su momento, puesto que el objetivo había sido cumplido, como era derrocar a un gobierno que resultaba incómodo a los Estados Unidos y a sus lacayos. Por eso entre los primeros en apoyar el golpe contra Evo estaban Juan Guaidó, el títere venezolano, e Iván Duque, la marioneta colombiana.

Pese a todas las pruebas en contra, ni la OEA ni Luis Almagro han reconocido su participación en el golpe y menos que fuera un golpe de Estado lo que se llevó a cabo en Bolivia. Pero el descaro no para ahí, sino que ahora, cuando los dictadores que patrocinó están en aprietos, como si no hubiera cambiado nada en ese país y allí siguieran gobernando los golpistas, exige la liberación de la golpista y pretende imponer una “comisión internacional para la investigación de casos de corrupción desde el último período de gobierno del expresidente Evo Morales hasta la actualidad”, incluyendo la administración de transición de Áñez. Con descaro difícil de igualar, la OEA pretende que se investigue a los gobiernos de Áñez (la dictadura) y el de Evo Morales, el que fue derrocado. Tamaño despropósito se justifica con el argumento de que su golpista está siendo perseguida políticamente por una justicia que sirve al partido de gobierno.

Afortunadamente, el actual gobierno boliviano no se ha dejado amedrentar y le replicó a la OEA, con firmeza: “El señor Almagro no tiene la autoridad moral ni ética para referirse a Bolivia, después del daño profundo que hizo al pueblo boliviano. Sus acciones costaron vidas y debe rendir cuentas”. Y por eso ha proclamado, y tiene toda la razón, que Almagro es corresponsable del golpe en Bolivia y de los crímenes de la dictadura y, en consecuencia, debe ser juzgado. Esto también es histórico, porque ningún gobierno había propuesto algo similar para denunciar los crímenes de la OEA.

Pero si en esta pantomima de baja estofa de la OEA prima el cinismo, y uno creería que es imposible superar, ha aparecido alguien que lo rebasa, y no podía ser otro que el régimen del subpresidente Iván Duque, a través de su Canciller, Claudia Blum, quien manifestó: “Frente a los recientes acontecimientos en Bolivia: La Cancillería, en nombre del Gobierno de Colombia, enfatiza en la importancia de que prevalezca el debido proceso y la independencia de la justicia como pilares fundamentales de la democracia”. Agregó que “el Gobierno de Colombia reafirma su apoyo a la Organización de Estados Americanos (OEA) en la defensa de los principios democráticos en el hemisferio”.

Miren con lo que nos encontramos: un gobierno como el de Iván Duque, el ejemplo más claro de irrespeto a la justicia -como lo prueba su defensa incondicional del expresidiario Uribe y su intento de destruir la JEP- le reclama independencia a la justicia de Bolivia. Y cuando esa justicia intenta operar para juzgar a una dictadora y criminal, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia dice que es necesario mantener la democracia como herramienta fundamental de la sociedad. ¿Y cuándo dijo una palabra en el momento en que Áñez y su banda de criminales mataban y torturaban a decenas de bolivianos? En ese instante, muy a la colombiana, predominaba la más absoluta arbitrariedad y ahí sí el gobierno del subpresidente no dijo esta boca es mía para apoyar a los seguidores del presidente derrocado que fueron perseguidos con saña, porque sencillamente apoyaba a la dictadora cumpliendo los mandados de la OEA y de su amo supremo, los Estados Unidos.

Tamaño descaro es difícil de emular, si creíamos que la OEA ya había rebasado los límites del cinismo. Y para completar el despropósito dice que la OEA es el portaestandarte que defiende los principios democráticos en el continente. Esto ya no es cinismo sino un humor de quinta categoría, que linda con los disparates que suele proferir Mario Vargas Llosa para justificar la acción de criminales, como lo ha hecho el escribidor y marqués español al intentar lavar la imagen que chorrea sangre del propio Iván Duque y de su innombrable matarife.

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