A 18 años del holocausto iraquí

Foto tomada de: resumen.cl

Por José Sierra

Bagdad

¿Eres una patria o un campo de tiro?

¿Eres un paisaje que hay que destruir

O una escalera de víctimas

Que no se sacia de su muerte?

Bagdad

¿Eres una cesta que se hunde

Y no se llena sino de vida?

¿Acaso es ésta tu fiesta

O tu muerte?

¿Estos caramelos de fuego

Son para tus niños muertos

O para la última fiesta de tu degollación?

Entonces, muérete.

Volvámonos a donde hemos venido

A los desiertos y al infinito

Esperando un nuevo profeta.

Salah Hassan.

Dramaturgo y poeta iraquí. Babel, 1960. Vive en Holanda.

Guerra y crímenes de lesa cultura

“Yo Hamurabi establecí la justicia en el mundo para destruir la maldad y evitar que los poderosos opriman a los débiles”.

Este lema se encontraba en la sala principal del Museo de Hamurabi (fue el legislador más importante de la antigua Mesopotamia). Era uno de los museos destruidos por las hordas imperialistas que en abril del 2003 bombardearon Iraq, consumando uno de los peores crímenes de guerra imperialista de tipo cultural, un verdadero crimen de lesa cultura. Recordemos que en el actual Iraq germinaron las primeras civilizaciones hace unos 7.000 años.

Las tropas imperiales ya habían destruido el Museo Nacional de Bagdad, que no tenía nada que envidiarle a los museos de Francia, Inglaterra o Estados Unidos, pues albergaba tesoros invaluables: reliquias de la cultura babilónica, sumeria y asiria, los primeros registros de la escritura que se conocían. 170 mil piezas fueron sustraídas o destruidas, algunas de ellas con miles de años de antigüedad y sellos de unos 5 mil años.

El saqueo de la Biblioteca Nacional de Iraq significó la pérdida de más de un millón de libros, muchos de ellos muy antiguos. Mapas, archivos, documentos y periódicos, desde los primeros publicados a mediados del siglo XIX, fueron destruidos y quemados. Al Husein, entonces director de la Biblioteca, aseguró, tras la destrucción, que se perdieron ejemplares antiguos del Corán y el primer periódico editado en Iraq en 1869 en lengua persa. «Desde la invasión de los mongoles, no conocíamos nada semejante, se han perdido 700 años de Historia», afirmó.

Los bombardeos “inteligentes” golpearon con saña los museos y recintos culturales, como en Tikrit, Mosul y Bagdad. La UNESCO ya había expresado sus temores de que esa ilegal ofensiva liderada por Estados Unidos pudiese dañar los tesoros arqueológicos y pidió que los bombardeos contra Iraq no destrozasen el patrimonio cultural, pues la pérdida de alguno de los monumentos que alberga la antigua Mesopotamia constituiría una catástrofe cultural. Pero hubo oídos sordos.

Los ataques contra el patrimonio cultural de Iraq configuran un crimen de lesa humanidad al destruir y saquear un acervo cultural del mundo, como lo explicó el profesor de la universidad de Berkeley, Lewis Lancaster: “La historia de Iraq es la nuestra. Con su pérdida, desaparecen pistas sobre nuestro pasado”.

La pérdida de la riqueza cultural de Iraq se convierte en el parámetro de la barbarie moderna de Estados Unidos. Y esta indolencia criminal de Washington y Londres solo es comparable al incendio intencional de la biblioteca de Alejandría y al bombardeo nazi durante la Segunda Guerra Mundial de la biblioteca de la ciudad universitaria de Coventry, especializada en textos medievales, todas ellas acciones de invasores sin escrúpulos que buscaban no solo destruir una cultura sino el espíritu de un pueblo.

Saqueo patrimonial

Lo más diciente de la barbarie cultural de las tropas yanquis estriba en que, mientras protegían los pozos petroleros, las bibliotecas, museos y universidades fueron dejadas en manos de los saqueadores, pagados por coleccionistas extranjeros, interesados en robarse las reliquias históricas y culturales que allí se albergaban. La encargada del Museo Nacional de Bagdad, ante la destrucción del patrimonio cultural e histórico de su país, afirmó que “la identidad de un país, su valor y su civilización residen en su historia. Si la civilización de un país es saqueada, como acaba de ocurrirnos, es el final de la historia”. Bush logró entrar a la historia y encontró un lugar junto a Gengis Kan, Atila el huno y demás tiranos que no se han destacado por su amor a la civilización, sino por su barbarie.

Las tropas lideradas por los invasores yanquis que utilizaron la antigua ciudad de Babilonia como base militar causaron un “daño importante” a uno de los más valiosos tesoros arqueológicos, según un informe del Museo Británico. El informe señala que los vehículos militares estadounidenses y polacos destruyeron los viejos pavimentos de la ciudad, construidos hace 2.600 años en una de las cunas de la civilización y sede de una de las Siete Maravillas de la Antigüedad. Fragmentos arqueológicos fueron usados para llenar bolsas de arena.

John Curtis -encargado del departamento de Antiguo y Cercano Oriente- dijo que encontró grietas y fisuras realizadas por personas que habrían tratado de arrancar los ladrillos decorados que forman los famosos dragones del puente Ishtar en la ciudad. También encontró un pavimento formado por ladrillos de 2.600 años de antigüedad destruido por el paso de vehículos militares, y varias piezas rotas de la escultura del rey Nabucodonosor (605-562 antes de nuestra era). Los comandos militares estadounidenses establecieron una base militar en la antigua Babilonia en abril de 2003, justo después de la invasión que derrocó a Saddam Hussein, y se la cedieron a los polacos cinco meses más tarde.

“Estos son lugares del patrimonio mundial. No solo es lo que las fuerzas estadounidenses están haciendo, dañando la arqueología de Iraq. Están dañando la herencia cultural del mundo entero”, le dijo a The Guardian lord Redesdale, responsable del grupo arqueológico del parlamento británico.

El patrimonio cultural de los pueblos de la Tierra sigue siendo uno de los objetivos centrales de la dominación imperialista. A menudo se suele creer que esa dominación solo se manifiesta en términos económicos, sociales y políticos. Desde luego, la acción imperialista con su enorme costo humano tiene la finalidad expresa de asegurarse el control de los recursos naturales, materias primas y fuerza de trabajo, pero también apropiarse de la diversidad cultural que caracteriza a los países dominados.

Las acciones imperialistas, al destruir el patrimonio cultural de los pueblos, acarrean el desmoronamiento de uno de los soportes de la formación de sus identidades. Por eso, la desaparición del patrimonio implica que los individuos no tengan referentes de saber quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde van. El patrimonio alude a la historia, siendo, según Redesdale, “la síntesis simbólica de los valores identitarios de una sociedad que los reconoce como propios, implicando un proceso de reconocimiento intergeneracional”.

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