Sobre “Las razones del lobo”

Por Darío González Arbeláez

Imagen usada para el poster del documental “las razones del lobo” de Marta Hincapié Uribe

En diversas entrevistas, la documentalista antioqueña Marta Hincapié Uribe ha recurrido a la misma anécdota familiar para responder a la pregunta por el nombre de su última película: Las razones del lobo; recuerda que su madre, la socióloga María Teresa Uribe, solía leerle cuentos clásicos y en cierta ocasión, después de terminar “Caperucita roja”, le advirtió: conocimos las razones de Caperucita, pero desconocemos aún las del lobo. Este recuerdo la inspiró para el nombre de su documental, con el cual se propuso develar al lobo que en cada uno habita y, en ocasiones, lo gobierna.

Como lo demuestra con la primera narración de la película, en la que evoca una anécdota de su infancia en el Club Campestre de Medellín: recuerda que en una oportunidad abandonó a una amiguita después de caer en el lago, la dejó a su suerte, a pesar de que sabía que su amiga, que chapaleaba en las fangosas aguas, no sabía nadar. ¡Todos tenemos algo de lobo!, reitera la documentalista.

Mas, la historia del lago no constituye el inicio del documental, es tan solo la excusa para que la mirada expectante que deambula a las afueras del Club Campestre pueda entrar al fin en él, abandonar la realidad externa —circundante—, y olvidar a la anciana con el cajón cargado de dulces y cigarrillos que recorre los automóviles detenidos en el semáforo de la carrera 34, frente al cerco de árboles y guaduas que ocultan el campo de golf, que cercan el Club y evitan la indeseada intromisión del ruido, de los vendedores ambulantes, de los migrantes y desplazados con cartulinas de colores extendidas al aire.

Guiada por la voz en off de la narradora —y directora— la mirada atraviesa los guaduales, el prado recién cortado y el lago, hasta que descubre la “isla intocada”, el oasis inmaculado, nonagenario, en el que se regodean desde hace noventaisiete años los empresarios y políticos regionales. Desde sus salones y comedores, y sus canchas de golf y de tenis, y sus campos de equitación y aeromodelismo, desde su privilegiada privacidad se ha decidido el futuro económico, político y social de la región; por supuesto, al margen de sus desagradables efectos, aislados por el espeso cerco de árboles que rodea el Club y por el eficiente escuadrón de guardas privados que lo vigila.

Desde aquel edén imperturbable —indiferente—, emplazado al interior del Valle de Aburrá, Marta Hincapié Uribe decide hablarnos de los últimos cincuenta años de la historia de nuestro país a través de su memoria personal, de su historia familiar y de la transformación de su madre: una señora elegante que cambió la cartera de cuero fino por la mochila tejida, que dejó el Club por la universidad pública y abandonó los cocteles sociales por la investigación crítica.

Durante más de una hora, nuestra mirada expectante se enfrenta a una serie de imágenes y planos secuencia en los que no pasa nada, en los que se manifiesta la realidad sin sobresaltos del Club Campestre: un esquí acuático que surca las aguas impasibles del lago, un partido de golf, un set de tenis, una sesión privada de equitación, un matrimonio, una práctica de aeromodelismo, una cena nocturna; en resumen, una serie de imágenes perfectas, como de postal, que se suceden indiferentes a la voz de la narradora que evoca las elecciones de 1970, el paro del 77, el estatuto de seguridad, el fallido proceso de paz del 82, el genocidio de la UP, el secuestro, las bombas del Cartel de Medellín, la censura, las amenazas, las listas negras, el paramilitarismo, el Caguán, el exilio y el plebiscito por la paz de 2016.

Es través del oxímoron, o sea, de la oposición entre las imágenes imperturbables del Club y la narración de los hechos que han ocurrido por fuera del mismo, más allá de su cinturón de guardas y árboles, que Marta Hincapié Uribe consigue hablarnos de la guerra “sin mostrarla”, evitando las imágenes “manoseadas” por los medios de comunicación, las mismas que se conservan impresas en la memoria colectiva de los colombianos y que basta con un par de palabras para evocarlas.

Gracias a la oposición entre imagen y narración, el documental le hace justicia a su nombre y explicita la apatía, la comodidad, la frivolidad en las que se justifican las acciones y opiniones de los lobos; quienes permanecen indiferentes a las consecuencias sociales de su comodidad, a la realidad que lo circunda, al batallón de jardineros, meseros, cadis, domadores de caballos, aseadores, guardas, instructores y demás asalariados que hacen posible su frivolidad. Sin embargo, el documental se queda corto frente a las demás razones de los lobos: sus intereses económicos, sus vínculos con la guerra y sus opiniones políticas.

Si bien la directora sostiene, en defensa de su película, que su intención no era “juzgar” sino mostrar cómo alguien bajo ciertas circunstancias puede tornarse un lobo para los demás; su paso por el Club Campestre —guarida de lobos— es tímido, superficial, respetuoso, nunca más allá de lo evidente: de la imagen de postal y de la narración general e indeterminada.

Al final, el documental concluye con una imagen aérea que le permite a la mirada expectante —insatisfecha— evidenciar el lugar que ocupa el Club Campestre en la ciudad que lo circunda, pero que nunca lo ha contenido ni mucho menos afectado.

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