Soy tierra, somos tierra

Por Luis Guillermo Álvarez Álvarez

(Corporación Ciudad)

Siluetas en colores, de la serie “Arte y Memoria” de Alberto Jerez

Soy tierra, soy agua, soy aire. Somos tierra. Y también incendio, hoguera, llama, fuego, fuego, fuego y llamarada.

Ahí el sol. Y en mi quietud serena veo crecer la yerba y escucho el crujir de las nubes.

Con mis oídos sordos escucho el batir de alas de la mosca que zumba al pasar y percibo la solemnidad del silencio. Silencio que hace músicas y me permite curiosear los secretos encantos que hay debajo de la piel de las cosas y de las personas.

Mis palabras están adheridas a las cosas y son palabras en movimiento, son inmutables estrellas donde habitan nuestros ancestros.

Con nitidez percibo el susurro de las cristalinas aguas que se deslizan burbujeantes en la cascada con su canto natural.

El agua del río también fluye por mis venas que son manantiales de sangre de la tierra.

Y escucho en agonía los pálpitos en el socavón donde araña la tierra el minero de oro, hulla, carbón…

Todo es un enjambre. Lo que ocurre a la hormiga que transporta la inmensa hoja y se precipita al abismo en fatigosa caída, afecta a todo el enjambre. Todo está conectado. El machucón de un dedo afecta todo el cuerpo. No hay individuos sino comunidad.

Somos tierra. No hijos de la tierra o dueños de la tierra, sino parte de la tierra. Somos tierra y su fluir y su calor…

En la solemnidad de la noche oscura escucho la conversación de los grillos en el yerbal y el melódico canto de las ranas en la laguna.

La neblina en la tarde gris es como un velo sagrado del paisaje anunciando la oscura y lluviosa noche. Un velo con resplandores y truenos.

Percibo el centelleo del agua en la quebrada y del agua que por la acequia corre hacia la cabaña para calmar mi sed y la del perro, las gallinas, el cerdo y demás animalillos que me hacen compañía y me dan sustento.

Me maravillo al ver la laboriosa polinización de las abejas en el rosal y se me hace almíbar la lengua con sabor a miel.

Somos árboles que nos movemos y en la quietud pacemos como vacas. No somos dueños de la fragancia del aire ni del aroma de las flores ni del silbo del viento: somos aire, fragancia y silbo.

Somos hilillos de tierra y cada partecita de tierra es sagrada. La del camino y la del semental. Hay una espiritualidad terrena conectando todo el enjambre en resplandeciente suceder, cada cosa y cada partícula y cada persona con su secreto encanto bajo la piel.

Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros.

La guacamaya, el loro y el canario; la rana, el gato, la vaca y el caballo son nuestros hermanos. Y la majestuosa orquídea y las fragantes rosas, el jazmín y la azucena y los aromas de todas las flores.

El agua centelleante que corre por la acequia en el solar de la casa del barrio.

Cada resplandor en la tiniebla oscura o en la claridad del día, evoca la memoria de nuestros antepasados que en la ciudad esclava son lanzados al olvido y vueltos cifra funeraria.

El murmullo del agua en la piedra en la quebrada es el canto armonioso de la vida y la voz de la iguana que pasa veloz.

Al hombre civilizado le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño desarraigado de la tierra, quien llega en la noche a sacar lo que necesita y sigue su camino. Envanecido en ideas exteriores a la tierra, divinizado, empulpitado. La tierra no es su hábitat sino su tienda, su fábrica de acumular y consumir. No la habita sino la usurpa. Cuando la ha industrializado sigue su camino pero desarraigado fuera de la trama de la vida en una babel de ideas desconectadas de las cosas.

El hombre tierra está en contacto con las sepulturas de sus padres y de los padres de sus padres, sin permitir que se despoje de la tierra a sus hijos.

Mientras que el insaciable apetito del hombre de la ciudad esclava del capital, civilizado y desarraigado, persiste en devorar la tierra y en dejarla sin vida, porque habla palabras muertas en copretérito estado, fuera del inmanente fluir el río de la vida naturaleza.

La manera de ser del hombre en la emergente ciudad tierra es diferente a la de la ciudad bulliciosa y veloz. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre civilizado, ni lugar donde escuchar el palpitar del corazón.

El aire es algo precioso para el hombre tierra porque el aire es vida, es agua, es suelo, es todas las cosas. Sin aire no habría habla y comunicación.

El hombre esclavo de las cosas supervive en podredumbre y parece no sentir el aire que respira, como un perenne agonizante, se ha vuelto insensible a su hedor. El aire es precioso para la vida y comparte su espíritu con toda la naturaleza.

Aprendimos a tratar a los animales de la tierra como hermanos.

¿Qué de superior tiene el hombre con los animales? ¿Ser esclavo del trabajo, acaso?

Todas las cosas hacen parte de la trama de la vida y están relacionadas entre sí.

Ah, pero hemos convertido la tierra en una fábrica. En una fábrica de desperdicios, de basura y podredumbre. Esclavizados por consumismos hemos contaminado la tierra en la ciudad esclava del capital que sepultó el bosque. Hemos contaminado y fracturado la trama de la vida. Ésas playas arenosas ahora invadidas por plásticos exterminadores, matando miles y miles de peces como veloz locomotora erosionando y devastando la tierra

La pretensión de industrializarlo todo a nombre de un tal progreso es sin duda un despropósito demencial. Domesticar la naturaleza ha significado detener el flujo del río de la vida, sustituir los ríos vivos por ríos muertos. Solo lo muerto es acumulable. ¿Se puede acumular un suspiro? La vida es inmanente, un transcurrir, un perenne renacer.

No hay destino, se hace camino al andar sin dejar huella, sino estelas en la mar. Hay que aprender a ver en la tiniebla oscura y ver con el oído sordo el brillo de los ojos de quien nos habla y percibir con la mirada el aleteo de la mariposa. Y desde la crasa incertidumbre pensar qué ocurrirá cuando hayan sido exterminados los últimos hilillos de vida en la tierra, y qué cuando la emergente ciudad tierra de hombres laborando en común unidad emancipen el bosque sepultado en la ciudad esclava del capital y liberen a los hombres que han sido domados por el consumismo, sepultados en podredumbre y basuras hasta los más recónditos rincones de los territorios. Por las basuras los reconoceréis.

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