Editorial No 63: Por un proyecto posible de humanidad

Sin título / Tomada de saberes y procesos Abya Yala

Multitudinarias movilizaciones han sacudido en los últimos días todo el territorio de esta adolorida y adormilada patria. La perversa reforma tributaria presentada al Congreso por el gobierno de Iván Duque fue el detonante; pero las movilizaciones realmente expresan la rabia contenida de un pueblo que al final se cansó de tanta infamia: de tanta inequidad, tanta injusticia, de tanta impunidad y tanta corrupción, de tanto robo, de tanta masacre, de tanto mal gobierno, o mejor de un gobierno tan bueno con los ricos y tan vil con los pobres. Y la rabia ha sido tanta que ni siquiera el retiro de la reforma tributaria pudo contenerla, pues en el Congreso se tramitan o se anuncian ya otras leyes tan dañinas como la reforma a la salud o la reforma a las pensiones; y sobre todo porque ya la incomodidad no es simplemente con una u otra reforma, sino con todo el modelo económico y social que este gobierno ha querido mantener e imponer a sangre y fuego.

Y el sacudón ha sido tan fuerte que los diversos sectores de la política tradicional y hasta la Iglesia y organizaciones internacionales como la ONU y la Unión Europea le han puesto la lupa a este gobierno que parece tambalearse, aunque se aferra tozudamente no solo al poder sino a la estulticia con que lo ha ejercido. Algo realmente grave está ocurriendo y el miedo parece al fin cuajarse en el rostro del tirano, que les hace concesiones a las élites políticas tradicionales como si fueran ellas las que estuvieran en las calles exigiendo el cambio. Lo que realmente busca es comprar con mermeladas su respaldo de clase para no tener que ceder nada ante el pueblo e impedir que se envalentone. Pero ya no hay nada qué hacer. Ni siquiera esas élites vendidas pueden protegerlo; simplemente el gobierno ha sufrido una bancarrota política y de confianza irreversible.

Esto recuerda lo que ocurrió en Ecuador a finales de 2019, cuando el pueblo se movilizó, liderado por las organizaciones indígenas, para rechazar el decreto que incrementaba el precio de la gasolina. También este decreto era entonces apenas la punta del iceberg de la inconformidad acumulada día tras día con el mal gobierno de Lenin Moreno, quien había traicionado la confianza del pueblo que había votado por su propuesta política. Durante muchos días el pueblo se movilizó masivamente y alcanzó tal fuerza el movimiento que Lenin Moreno tambaleó y se vio obligado a retirar el decreto. La movilización se detuvo en este punto y los líderes indígenas advirtieron que se concentrarían en fortalecer su movimiento de cara a las elecciones de 2021, que precisamente acaban de pasar.

Lo que sorprende es que en estas elecciones resultó ganador el candidato de derecha, a pesar de que en primera vuelta el de mayor votación fue un candidato de izquierda, heredero del correísmo; de que un líder indígena alcanzó la tercera votación (aunque quedan dudas si no fue la segunda); y de que muy de cerca le seguía un candidato de la izquierda democrática, adscrito a movimientos ecologistas. Entre estos dos últimos candidatos obtuvieron casi un 35% de los votos. Pero, al parecer, prefirieron endosarle estos votos al candidato de derecha antes que a un heredero del correísmo, aunque se presentara como un candidato de la izquierda clásica y progresista.

Pero si se mira bien, el hecho no tiene realmente nada de sorprendente. Aunque Correa desarrolló una política social que de algún modo frenó el avance del neoliberalismo y redujo la brecha social en términos de ingresos de sus ciudadanos, fue poco sensible a las demandas de otros sectores sociales libertarios como los indígenas, las mujeres y los ecologistas, e incluso impulsó medidas regresivas en materia de derechos laborales, con lo que agrietó sus relaciones con el sindicalismo. Se opuso a la despenalización del aborto, intentó declarar ilegal al movimiento ambientalista más importante de su país e impulsó varios proyectos extractivistas en territorios indígenas.

Sin embargo, Correa había llegado al poder mediante una alianza con todos estos sectores políticos y sociales. Por tanto, la elección del candidato de derecha en Ecuador es un castigo al correísmo por su instrumentalización electoral de los movimientos sociales, aunque termina condenando al país entero a una profundización del neoliberalismo y del estado autoritario quién sabe por cuántos años, si no son décadas.

Es una lección que debemos aprender en Colombia. Sobre todo, ahora que se acercan las elecciones, que el régimen de derecha empieza a perder legitimidad aún entre sus más cerreros defensores, que el movimiento social y popular sale sin miedo a las calles a exigir transformaciones estructurales del modelo económico y social y que empieza a gestarse un proyecto electoral alternativo como el del Pacto Histórico.

En las calles se moviliza mucha gente aporreada por las políticas de este gobierno. Pero, aunque esas políticas nos afectan a todos, no lo hacen de la misma manera. La gente movilizada, aparte de pertenecer a la clase media y a los sectores populares, encarna también otros sueños e ilusiones como la emancipación de la mujer y el reconocimiento de la diversidad sexual, el fin de la explotación, la realización material de los derechos culturales y económicos de las comunidades étnicas, las reformas estructurales para los sectores rurales, la financiación y transformación de la educación pública, la eliminación de esta cultura mafiosa, entre muchos otros.

Todas estas luchas tienen, o deberían tener expresión, dentro de una propuesta política amplia que aspirara a la transformación estructural de la sociedad colombiana, y para ello debemos articularnos en un proyecto amplio. Pero la historia hasta ahora ha demostrado que estas articulaciones se manipulan casi siempre desde arriba, de tal forma que no trascienden el escenario del discurso y a la hora de su implementación práctica se comprueba que era una articulación de papel, meramente instrumental. Y eso es lo que hasta ahora ha disuadido a muchos sectores sociales, excluidos incluso dentro de la misma izquierda, de participar en los proyectos de unidad, sobre todo cuando giran en torno a lo electoral.

Acaso sea este el momento de comprobar si las cosas pueden ser distintas, si estaremos realmente a la altura que nos exige el momento. Una articulación como la que defendemos debería avanzar en la construcción de un verdadero proyecto colectivo, un proyecto de país, que pueda integrar la diversidad de reivindicaciones sociales, que en la mayoría de los casos no son contradictorias sino complementarias. Solo el egoísmo y las ansias de poder nos impiden verlo así. Por eso, la apuesta implica la deconstrucción de ese sujeto egoísta y ambicioso que hasta ahora hemos podido ser para constituirnos en sujetos plurales y diversos, capaces de aferrar la diferencia como oportunidad para el enriquecimiento humano y no como límite para nuestras ambiciones. Esto trasciende las perspectivas de un proyecto de país y se revela como un proyecto de humanidad, donde el otro no es ya un instrumento, sino una expresión distinta de la vida diversa, y por ello legítima.

El Pluriverso – Melisa Gorondy Novak

Un comentario

  1. muy buen analisis dela situacion. solodeseo al pueblo hermano de Colombia proseguir en su constante lucha y perseverancia por lograr salir de un regimen arrastrado al imperio yanki, al narcoparamilitarismo y a la accion de terrorismo de Estado inducido por el Estado oligarquicoy narcoparaco. Desde Venezuela mucha fuerza y abrazo solidario hermanos de lapatria grande. La lucha es larga pero seguira siendo lucha.

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