Migrar en pandemia y llegar al Parque de Berrío

Por Cristian Zuluaga

Como perfecto epicentro de la vida en ciudad, el Parque de Berrío de Medellín continúa siendo símbolo de las tensiones y síntesis de este Valle. Un pedazo del antiguo tranvía en la esquina de la calle 50 con carrera 50, el Banco de la República de Colombia, el templo católico La Candelaria, las ventas de un tinto dulce por parte de mujeres organizadas en asociación de venteras ambulantes del Parque, oficinas laborales alrededor, edificios patrimoniales olvidados, una elevada estación de metro, las guitarras y voces campesinas que unas veces generan el brindis con algún trago callejero y otras veces animan el baile de decenas de parejas que se divierten a espaldas de la escultura de Pedro Justo Berrío.

-Buenas, un tinto por favor -le digo a un joven que tiene una chaza justo detrás de esta escultura. -Sí claro, la señora se lo sirve -me responde-. También tengo agua y gaseosas –añade-, dándome a entender que son dos negocios diferentes. Me abre un campito para sentarme y le pregunto cuánto hace que llegó a Medellín

-Hace casi 6 meses -me responde.

-¿Te viniste en plena pandemia? -vuelvo a preguntar, sin ocultar mi asombro.

En el informe anual de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), denominado Panorama Social de América Latina 2020, se afirma que: “El COVID-19 llega a una región marcada por una matriz de desigualdad social, cuyos ejes estructurantes —el estrato socioeconómico, el género, la etapa del ciclo de vida, la condición étnico-racial, el territorio, la situación de discapacidad y el estatus migratorio, entre otros— generan escenarios de exclusión y discriminación múltiple y simultánea que redundan en una mayor vulnerabilidad ante los efectos sanitarios, sociales y económicos de esta enfermedad”.

¿Cómo fue entonces que Jonathan, este joven radicado ahora en Medellín, decidió salir de Venezuela en medio de la pandemia? ¿Qué necesidades y situaciones hicieron que buscara otras oportunidades por fuera su país? ¿Con quiénes se encontró? ¿Cómo se teje la solidaridad migrando? ¿Fueron importantes en el camino las medidas restrictivas por la pandemia? ¿Las tenían en cuenta? ¿Cómo nace una idea de migrar en medio de una pandemia? Muchas preguntas se me pasaron por la mente en ese momento, mucho más cuando me dijo: “16 días caminamos desde nuestra ciudad para llegar hasta Medellín”.

Octubre de 2020. Portuguesa, Venezuela.

7 meses después de ser reconocida por la OMS la existencia de la pandemia, seis jóvenes se reúnen a conversar y compartir, como venían haciéndolo habitualmente. El tema de esa noche: migrar a Colombia. No son familia de sangre, pero son familia de calle. Los une no solamente sus afectos y cercanía, sino el hambre y la falta de oportunidades en su país. La noche antes de salir, les dijeron que las cosas estaban un poco mejor en Colombia. No hubo mucho tiempo para planear ni tampoco dudas en lo que iban a hacer: a las 4 a.m. del día siguiente, iniciarían su camino para Colombia. Se preguntaron cómo iban a llegar, pero nadie sabía la respuesta. ¡Vámonos a pie! Trato hecho. Al otro día arrancaron.

A pocos minutos de haber salido se toparon con un grupo de policías. Se preocuparon, puesto que había medidas de pandemia que prohibían estar en la calle:

  • ¿Para dónde van?
  • Para Colombia.
  • ¿En qué se van?
  • A pie.
  • ¿A pie hasta Colombia?
  • Sí…
  • Móntense, los llevamos.

El carro de la policía los llevó hasta Barinas, los policías les desearon buena suerte y siguieron su camino. Fueron conociendo a muchas más personas, del grupo de 6 pasaron a ser 22; la estrategia era acompañarse y protegerse en el camino, sobre todo en las noches, para evitar que los robaran.

Con los días, las dificultades se hicieron más evidentes: el cansancio, la falta de comida para los niños que iban, las condiciones del clima que a veces fueron fuertes. Entonces comenzaron a pedir comida en tiendas, casas y bodegas, sobre todo para la alimentación de los niños. Estas ayudas les permitieron recoger dinero y con éste pagaron a unos motorizados para que llevaran a la mayoría del grupo desde San Cristóbal hasta San Antonio, en Venezuela.

Jonathan y dos compañeros más decidieron no darse el aventón en moto, para ahorrarse algún dinero; continuaron caminando y trotando. Conocieron a nuevas personas y éstas los invitaron a meterse por un camino que supuestamente acortaba la distancia para llegar a San Antonio. En ese recorrido se toparon con grupos armados que iban a impedirles pasar. Con un reloj que llevaban y conversaciones persuasivas, pudieron seguir el camino por aquellas trochas buscando llegar a la frontera con Cúcuta. En una de esas trochas un sujeto los detuvo y les dijo: “muchachos a portarse bien, que aquí los matan”. Fue la frase de bienvenida a Colombia.

Los momentos de reflexión no se hicieron esperar. Estando ya en Cúcuta, Jonathan, que es un joven hábil para la palabra y para pensar, le dijo a su padrino -uno de los del grupo de los 6- algo que sentía:

  • Padrino, ¡qué cosas! ¿no? Después de que uno pasaba por las calles y veía a los indigentes en la calle, tirados, y uno pasaba y los miraba de arriba abajo. Ahora los indigentes somos nosotros, nos miran de arriba abajo. Andamos andrajosos, con hambre, sin un bolívar, sin saber cuándo llegar…
  • Sí, es muy fuerte…

El recorrido fue de 6 días saliendo de Venezuela y 10 días dentro de Colombia. Jonathan contó que encontraron mucha solidaridad en todos los lugares adonde llegaban. La gente les brindaba ayuda, algunos conductores de mulas les ahorraban camino, alguno los llevó desde las afueras de Bucaramanga hasta las partidas de Puerto Boyacá. El grupo fue cambiando de integrantes, pero su familia, los 6, se mantuvo junta y acompañándose en todo el proceso. Se presentaron envidias, amores, peleas y otras cosas que, estoy seguro, Jonathan no me contó. Como me lo dijo al final de la conversación: “ahí le resumo experiencias de estos días, pasaron muchas cosas más, obviamente no todo se lo conté, cosas fuertes, son personales; pero era nuestra meta y acá estamos”.

Dieciséis días después de haber salido de su tierra natal y de no haber pasado la noche en una cama, llegaron temprano al Parque de Berrío con todas sus maletas. Allí las descargaron para pensar qué más podían hacer, para dónde agarrar. Hablaron con la mona, una vendedora de tintos del Parque que los conoció y con quien hoy tienen una gran amistad. Desde ese momento, este complejo lugar y sus personas los han acogido, y estoy seguro que, vayan donde vayan, recordarán con afecto lo que han vivido y seguirán viviendo, en este epicentro de la inequitativa ciudad.

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