Sinvergüenzas

Por Rubén Darío Zapata Yepes

Cuatro fueron los manifestantes asesinados ayer en Tuluá, Valle del Cauca, mientras realizaban un bloque en la vía. Civiles armados que se movilizaban en una camioneta dispararon indiscriminadamente contra la concentración de personas. El primer hecho fue a la altura del sitio llamado Nueva Terminal, a eso de las cinco y media de la tarde. Allí el ataque dejó a dos personas muertas y otras tres heridas. A la media noche realizaron un nuevo ataque a otro bloqueo en el Puente de las Mariposas, donde dejaron otros dos muertos y una persona más herida.

Si no es porque la noticia se conoció entre los manifestantes a través de las redes sociales y pudieron bloquear la camioneta en el municipio vecino de San Pedro, los muertos quizá serían muchos más y los asesinos tendrían garantizada su impunidad. Porque, aunque se ha hecho costumbre que “gente de bien” les disparen a los manifestantes desde sus carros, las investigaciones para esclarecer estos hechos son prácticamente inexistentes. Ni siquiera se sabe quiénes dispararon contra la Minga Indígena en Cali el pasado 9 de mayo, a pesar de que existen muchísimos videos que los muestran y que ellos mismos, en un acto puro de soberbia, se filmaron, tal vez convencidos de que con este Gobierno y su Fiscalía de bolsillo nada podrá pasarles.

Lo más preocupante ante estos hechos es la actitud de los medios masivos de comunicación. Los noticieros de televisión del medio día de hoy apenas sí se molestaron en mencionar el hecho, como algo absolutamente cotidiano y sin mucha importancia; a pesar de lo dramático que tendría que resultar que frente a un paro donde la Fuerza Pública ya ha cobrado la vida de más de 50 manifestantes, en una sola noche haya cuatro asesinados en estas condiciones. En cambio, sí le dedicaron más de hora y media a hablar de los “estragos” que están produciendo las movilizaciones recurrentes y los bloqueos, para lo cual sus fuentes principales fueron el gobierno y los empresarios. Jamás se han interesado en preguntarle a la gente que bloquea cuáles son sus reclamos, por qué recurren a dicha estrategia y en qué justifican sus actos. Eso no les importa.

El libreto

Al fin de cuentas, lo que están haciendo estos “grandes” medios es seguir un libreto ya trazado por otros. Recientemente se hizo pública la información que daba cuenta de una reunión de empresarios y políticos prestigiosos de los partidos tradicionales en Pereira. Allí los asistentes planteaban la necesidad de presionar a los medios, con la amenaza de no pautar más en ellos, si no modificaban el tratamiento que le estaban dando al paro y presentaban una visión adecuada a sus intereses y a los del gobierno.

Aparentemente, tal amenaza era innecesaria, porque los medios, que son propiedad de grandes empresarios, ya habían adoptado esta línea desde el principio del paro. Sin embargo, lo que se cuestionaba allí era la eficacia que podría tener que los medios siguieran tratando de presentar, así fuera solo en el discurso, una cara de neutralidad. Entonces se exigía que los noticieros y periódicos fueran más decididos a la hora de cuestionar los bloqueos porque, supuestamente, provocaban desabastecimiento; enjuiciar las manifestaciones por entorpecer la movilidad de los trabajadores y el funcionamiento de los comercios, y estigmatizar a los manifestantes como simples vándalos, al tiempo que estos mismos noticieros y periódico debían cerrar filas para proteger el buen nombre de la Fuerza Pública.

Y al parecer dicha presión surtió efecto. Prácticamente nada se dice hoy en estos noticieros y periódicos de la brutalidad policial, aunque todos los días dejen un reguero de muertos en el territorio nacional. En cambio, cada noticiero es un bombardeo de noticias contra los bloqueos, entrevistando a gente al borde del llanto (los mismos que no derraman una lágrima por los muertos) por la situación económica tan difícil que está acarreando supuestamente el paro. Las razones del paro son prácticamente ignoradas por estos periodistas que más parecen mercenarios a sueldo del poder mafioso.

El colmo de la desvergüenza

Muy pocas coyunturas han desvelado tan dramáticamente el carácter de la lucha de clases en Colombia. Eso se refleja en una clase dominante comprometida hasta el tuétano con la mafia y el paramilitarismo (estructuras a las que ha utilizado no solo para incrementar sus riquezas, sino para eliminar al contradictor), que, sin embargo, tiene un juicio moral presto para cada acción con la que los sectores populares tratan de defender su derecho a una vida digna. Al principio del paro, el expresidente Uribe Vélez comparaba públicamente a los manifestantes que realizaban bloqueos con grandes genocidas, porque, según él, pretendían “matar” de hambre a más de 40 millones de colombianos.

Y cuando la Minga fue atacada por “la gente de bien” en Cali, que le tendió una emboscada y le disparó desde varias camionetas, el presidente Duque ordenó la militarización de la ciudad, no para garantizar el ejercicio de la protesta de los indígenas, sino para levantar a sangre y fuego los bloqueos y obligar a la Guardia indígena a regresar a sus resguardos que es, según él, a donde pertenecen.

La fórmula tenía la pretensión de generalización. Así que esta semana el presidente ordenó a la fuerza pública realizar el mayor despliegue de fuerza y armamento para levantar todos los bloqueos en el territorio nacional, porque, según él, estos ya nada tienen que ver con la protesta pacífica, sino que son la puesta en práctica de la pura violencia y el terrorismo. Esto lo dice un presidente que no se ha conmovido con los más de 50 manifestantes asesinados, más de mil desaparecidos y casi 20 mujeres violadas y ultrajadas por su fuerza pública. Que el mismo señor que ha permanecido inconmovible ante las más de 200 masacres sistemáticas que han ocurrido durante su gobierno, ante los más de 1000 líderes sociales asesinados y ante el exterminio de los excombatientes de las FARC que le apostaron a la paz; que el mismo señor que en representación del Estado colombiano se vistió el uniforme de policía para desagraviar a la institución que acababa de asesinar a 14 manifestantes contra la brutalidad policial el año pasado se atreva a calificar de violentos y terroristas los bloqueos de vías que intentan forzar una negociación de sus políticas económicas ultrajantes, no es ya solo cinismo sino verdadera malevolencia.

Y es la misma malevolencia manifiesta en los medios de comunicación que siguen a pie juntillas su libreto. Una malevolencia que empieza a hacerse cultura en una población que, a fuerza de convivir con ella, ha terminado por hacerse insensible al dolor ajeno. Así lo comprueban, por ejemplo, la mayoría de comentarios de los lectores de El País de Cali, ante la noticia de los cuatro asesinatos que este medio publicó de manera escueta. Uno dice de manera directa: “Esos bandidos que bloquean no son manifestantes, son vándalos bandidos criminales, entonces muy bien en levantarlos a bala”. Otro se da ínfulas de literato: “Qué hermoso poema, ojalá se repita en todos los bloqueos, no con las manifestaciones pacificas, sí con los bloqueos”. Y un tercero es la reproducción típica de los gobernantes y los medios, de la “gente de bien”: “Da pesar que eso suceda. Pero hacer bloqueos e(n) impedir movilización es hacer violencia y muchas personas ya están cansándose de no poder movilizarse y trabajar libremente, y la gente de bien pues nos tenemos que aguantar que nos atropelle el gobierno y los manifestantes”.

Con todo y eso, el colmo de la mezquindad lo representan, al lado del gobierno y la élite que lo rodea, los gremios económicos, quienes acaban de suscribir una carta dirigida al presidente de la ONU y a la alta comisionada para los derechos humanos, para que verifiquen y se pronuncien ante la violación de derechos humanos que significan los bloqueos y todos los daños que le están produciendo a la economía. Es la respuesta de estos magnates ante las denuncias interpuestas por organizaciones defensoras de derechos humanos pidiéndole a la ONU y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que se apersonen de la violación sistemática de los derechos humanos, frente al abuso de fuerza de la Policía y el Esmad y, sobre todo, frente a la cantidad de manifestantes muertos y desaparecidos durante estas protestas, algo que no puede justificarse en ninguna democracia.

Los gremios económicos están comparando lo incomparable, pero no les importa. Su estrategia es propagandística, pues al fin de cuentas saben que la ONU es un tigre de papel y poco podría y querría hacer frente a la real violación de derechos humanos en Colombia a manos del Estado y sus secuaces. Lo que buscan ellos, el gobierno y los políticos de derecha es justificar la matazón con la que quieren frenar las protestas y evitar los cambios que ya son inevitables. Con sus estrategias, sin embargo, lo único que han hecho es evidenciar todavía más su talante asesino e inhumano, poco les importan nuestros muertos, solo sufren por sus intereses económicos y por los privilegios que estas movilizaciones quieren echar abajo. No tienen ni siquiera la sensibilidad para ver que la indignación crece y la olla a presión que han puesto a hervir les puede estallar también a ellos en la cara.

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