Camino a la Asamblea Nacional Popular

Por Darío González Arbeláez

Fotos: Jhon Mario Marin Davila

El lunes 12 de julio, un wasap de la dirección del periódico me confirmó que sí había recursos para el viaje a Cali, que me contactara con Andrés, el compañero del equipo periodístico que viajaría conmigo, nos pusiéramos de acuerdo y diligenciáramos la inscripción en línea para el evento. No tardé en contactar al compañero y acordar con él, estaba muy entusiasmado con la noticia. El viaje a la capital del Valle del Cauca tenía como fin nuestra participación en la segunda Asamblea Nacional Popular (anp), que sesionaría entre el sábado 17 y el martes 20 de julio.

A pesar de mi entusiasmo, el miércoles en la tarde recibí un nuevo wasap, esta vez de Andrés: se le había presentado una situación familiar —compleja—, y no podría viajar. Este imprevisto ponía en entredicho nuestra participación en el evento, pues por motivos de seguridad lo recomendable era viajar acompañado, en especial porque las autoridades vallecaucanas, civiles y militares, no disimulaban su deseo de impedir la realización de la Asamblea. Por lo tanto, si ningún otro compañero tenía tiempo y disponibilidad, era un hecho que yo tampoco iría.

Por fortuna, el jueves en la mañana, Mario, otro compañero del equipo periodístico, confirmó que estaba dispuesto a viajar. No obstante, se tenían noticias de nuevos imprevistos, pues las autoridades vallecaucanas habían puesto en marcha su plan de saboteo de la Asamblea: en primer lugar, se negaron a prestar la sede Meléndez de la Universidad del Valle (UniValle) para la realización del evento; lo cual motivó a los estudiantes y las organizaciones sociales que estaban al frente de la logística de la Asamblea a tomarse la sede universitaria el jueves 15 en la tarde.

En segundo lugar, podría afirmar que paralelamente a la toma de UniValle, se conoció un decreto firmado por la gobernadora del Valle del Cauca, Clara Luz Roldán, que establecía que a partir de las cero horas del sábado 17, y hasta el jueves 22 de julio, se limitaría el acceso al Valle del Cauca —en especial a su capital— de transportes particulares y de transeúntes; además, se imponía un toque de queda desde las siete de la noche en todo el departamento. Según la gobernante, dichas medidas “preventivas” —e inconstitucionales— respondían “dizque” a los altos picos de contagio de la pandemia. Sin embargo, el “bienintencionado” decreto no impedía ni limitaba la visita de turistas —o de quien así se presentara— por una simple y humanitaria razón: no se podía afectar la reactivación económica.

Dicho decreto, que solapadamente negaba el derecho a la libre circulación y a la libertad de asociación, no pudo, por fortuna, lograr su propósito, pues no consiguió disuadir a los asambleístas de todo el país de viajar hasta la ciudad de Cali, ni mucho menos logró impedir que la segunda versión de la anp se llevara a cabo en vísperas del 20 de julio, como lo había declarado la primera Asamblea, celebrada en Bogotá en junio del 2021.

Si bien es cierto que nos intimidaba el hecho de que nos detuvieran, de que no nos dejaran llegar hasta UniValle o de que nos hicieran devolver para Medellín, no consideramos nunca en abortar el viaje, tan solo nos preocupamos por extremar más las medidas de seguridad y por preparar una coartada verosímil, demostrable:

—¡Mario!, no se le olvide pues, si nos detienen ya sabe: vamos para donde Carlos Ossa, un primo, que vive en la urbanización Andalucía, cerca de la avenida Primero de Mayo.

—¿Carlos qué?

—¡Ossa! Ya se lo mandé por wasap para que no se le olvide.

La coartada del primo era nuestra principal estrategia, ya que viajábamos solos, pues por cuestiones de tiempo no logramos viajar con ninguna de las comisiones de Medellín, así que debíamos tomar alguna de las flotas que salía desde la Terminal del Sur.

Para sorpresa nuestra, viajar en flota resultó la opción más tranquila y segura, porque el ataque de las autoridades, que se empeñaban en impedir la realización de la Asamblea, se dirigió exclusivamente contra los buses y las chivas que transportaban a las comisiones regionales. De acuerdo con las noticias que conocimos el domingo en UniValle, algunas comisiones tuvieron que soportar más de treinta horas de viaje a causa de los continuos retenes policiales, en los cuales debían esperar hasta cuatro horas.

Mario y yo arribamos a la Terminal del Sur el viernes 16 a las siete de la noche, y sin inconveniente compramos pasajes en la flota Trejos; el bus saldría a las nueve treinta. Mientras aguardábamos la hora de abordar, recibimos vía wasap las primeras denuncias por los retenes policiales. La primera que conocimos fue de Antioquia: una de las comisiones de Medellín estaba detenida a las afueras del área metropolitana, exactamente en el municipio de Caldas, allí los retuvieron por más de dos horas. Y en este caso, como en los demás que conocimos luego, los agentes de policía detenían a las comisiones amparados en el decreto de la gobernadora Roldán, el cual era aplicable solo para el Valle del Cauca; sin embargo, las patrullas de policías se justificaban en él como si se tratara de una ordenanza presidencial. Poco les importaba que las comisiones se encontraran en jurisdicción de Antioquia, Quindío, Risaralda, Cundinamarca o Cauca.

Y no contentos con los retenes dirigidos exclusivamente a entorpecer la llegada de las comisiones, durante las dos o más horas que detenían los transportes se proponían también amedrentar a los conductores; con soberbia les anunciaban que podían inmovilizarles los vehículos, que les impondrían una multa de hasta nueve millones de pesos y un montón de patrañas más, ninguna legalmente justificable. Y, al final, cuando agotaban las excusas para mantenerlos retenidos, les sugerían —amenazantes— a los conductores que no deberían continuar, que en el camino de pronto, quién sabe, gentes malintencionadas les podrían dañar los vehículos.

En vista de tales noticias, y a menos de una hora de abordar el bus de Trejos, Mario y yo repasamos una y otra vez nuestra coartada, queríamos coincidir en todos los detalles, porque era probable que la policía estuviera cazando en la terminal de Cali a todos aquellos que llevaran una maleta grande con carpa y colchonetas expuestas. Por ello, inclusive, optamos por no mencionar las palabras “Asamblea” y “UniValle”. Sin embargo, al momento de abordar, mientras hacíamos la fila para guardar nuestro equipaje en la bodega del bus, se pararon detrás de nosotros un par de hombres con maletas grandes, colchonetas en las manos y prevención al preguntarnos si ese era el bus de las nueve treinta:

—¿Cali nueve y media?

— Sí -les contestamos al unísono.

Durante el tiempo que tardó la fila, hubo un par de miradas maliciosas de ellos hacia nuestros equipajes y de nosotros hacia los suyos, hasta que uno decidió romper el silencio:

—Vamos para un evento… en Cali… ¿y ustedes?

No dudé en confesarle hacia dónde íbamos, a pesar de las medidas de seguridad que implícita y explícitamente habíamos acordado Mario y yo, pues la presencia de estos dos hombres, su prevención para hablar y, por supuesto, las colchonetas marcadas con las iniciales ACA (Asociación Campesina de Antioquia) me dieron la seguridad para hacerlo:

—¡Vamos para UniValle!, ¿ustedes también?

Al oír mi respuesta, ambos hombres cambiaron su gesto de prevención y nos contaron que hacían parte del Movimiento Social por la Vida y la Defensa del Territorio del Oriente Antioqueño (MOVETE), y que tampoco habían logrado viajar con alguna de las comisiones de Medellín.

Si bien nuestros asientos en el bus estaban distantes, los compañeros del MOVETE no tuvieron inconveniente en compartirnos la información que les llegaba sobre las detenciones que estaban afectando a todas las comisiones regionales. En cuanto a nuestro viaje, transcurrió sin ningún inconveniente; aunque, en lugar de nueve horas, se tardó catorce debido al cierre de la carretera en los límites del departamento de Antioquia con Caldas. Al mediodía del sábado arribamos a la terminal de Cali, y nos llevamos una grata sorpresa al descubrir que no había policías —ni militares— con la orden de detener a todo el que cargara una carpa o una colchoneta.

Luego de comer algo, tomamos un taxi hasta UniValle. La compañera del Congreso de los Pueblos que nos recibiría allí nos había indicado que debíamos llegar hasta la entrada que está sobre la avenida Paso Ancho, frente a Unicentro. Si bien no era mi primera vez en la Sultana del Valle —hoy Capital de la Resistencia—, me sorprendí con las improntas que el estallido social de los últimos tres meses había dejado por toda la ciudad: una docena de estaciones del MIO (Masivo Integrado de Occidente) desmanteladas y decenas de murales coloridos que celebraban la resistencia, defendían la memoria o cuestionaban a los bancos.

La entrada de la universidad se destacaba por la docena de banderas rojas, negras, blancas y patrias atadas en la malla metálica. Delante de la puerta peatonal había una pequeña fila de hombres y mujeres que esperaban la autorización de la Guardia Campesina, Étnica y Popular, encargada de la seguridad y el ingreso. Desde afuera se podían oler los fogones de leña y oír los corrillos de gente que esperaba la inscripción o se reunía para almorzar. Una vez superada la requisa de la Guardia, la inscripción digital y la recepción de la escarapela, recorrimos parte del magnífico campus de UniValle guiados por la compañera que nos recibió.

Primero, nos llevó hasta la cocina colectiva en la que nos atenderían a los cuatro y luego nos dirigió hasta la FAI (Facultad de Artes Integradas) donde nos uniríamos al campamento de estudiantes de UniValle, instalado en el cuarto piso del edificio. Aunque se trataba de un lugar distante de todo, pues el baño estaba en el tercer piso, las duchas en el primero y la cocina a un poco menos de medio kilómetro, estábamos convencidos de que permanecer en ese campamento era preferible a dormir solos en cualquier parte de la universidad.

Después de instalados, Mario y yo decidimos recorrer el campus, no solo con el fin de conocerlo, sino también de descubrir los demás campamentos, saber qué comisiones estaban ya acomodadas; pues era un hecho que la Asamblea no se instalaría ese sábado, debido a que algunas comisiones continuaban en viaje, aunque para ese momento —tres de la tarde— ya no había ninguna retenida. Durante el resto del día y la noche participamos de las actividades culturales que se celebraron en el coliseo y el parque de banderas.

El domingo nos levantamos a las seis y media de la mañana, a pesar del trasnocho, pues queríamos estar a las ocho en punto en el coliseo, ya que a esa hora se había previsto la instalación. Sin embargo, la Asamblea solo se instaló hasta el mediodía y comenzó a sesionar hasta las tres de la tarde, luego de que todos los asambleístas hubieran almorzado. Las más de doce mesas temáticas trabajaron hasta el anochecer y algunas, inclusive, continuaron sesionando toda la mañana siguiente; debido a lo cual la reunión plenaria para exponer las conclusiones de todas las mesas se pospuso hasta las cinco de la tarde del lunes y, finalmente, se canceló antes de las siete de la noche, luego de que la Guardia detuviera a un par de policías infiltrados.

Era un hecho que el sabotaje de las autoridades civiles y militares había logrado afectar la logística del evento y retrasar la agenda de trabajo; sin embargo, ni el decreto de la gobernadora, ni los retenes de la policía, lograron impedir “la juntanza”, la complicidad que se fraguó entre los procesos comunicativos, políticos y educativos que defendemos la vida digna y que nos encontramos ese fin de semana al calor del fogón de leña, bailando alrededor de una chirimía, compartiendo un plato de lentejas o un trago de viche.

Mario y yo regresamos a Medellín el lunes 19 en la noche. Nos devolvíamos un poco insatisfechos por las complicaciones que afectaron la agenda de la Asamblea; sin embargo, regresábamos henchidos de esperanza, porque desde el viernes, independientemente de las contingencias, se impuso la resistencia y la unidad; porque aun cuando se desconocían las conclusiones de las mesas de trabajo, se lograron cocer nuevas alianzas, nuevas complicidades; y, finalmente, porque el temor expelido por las autoridades confirma que a lo que más le temen es a la unidad, a que juntos sigamos en resistencia.

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