El artista y su obra: de lo poético a lo político

Por Diego Andrés Martínez Índico

Sin título / Raquel Forner

Ardua es la tarea de los forjadores del metal para llegar a un resultado: una espada, una corona o una copa; la de los alquimistas en la búsqueda de la piedra filosofal; la del héroe de leyenda, quien debe sacrificar su vida para alcanzar la gloria póstuma que no gozará, la del asceta y la del iniciado cuando renuncian a sí mismos para lograr el encuentro con lo divino; la del humano que se distrae en las mil piruetas de los avatares del destino para dilatar su encuentro con la muerte.

Reunidlos a todos y tendréis la cuota inicial de un artista, con la difícil tarea de ser todos y al mismo tiempo ninguno y percibir, leer y expresar distintos textos, contextos y subtextos de maneras jamás imaginadas, quizá atemporales, en la búsqueda de una comunicación con sus semejantes en el asombroso mundo de la atemporalidad de la obra de arte, es decir, trasmigrar en el tiempo y ser tan efímero como un suspiro o una puesta de sol.

Lo anterior pertenece a la concepción utópica de un artista. Sin embargo, esto ha permitido mantener viva esa concepción desde tiempos remotos, reivindicar su existencia como los que sobrevivieron a la expulsión de Platón, los que fueron ignorados y exterminados antes de nacer como artistas por las fuerzas vivas de su tiempo, es decir, aquellos que sin saber el significado de esa palabra estuvieron comprometidos con el universo que los rodeó y sus obras son la mirada de sucesos de los que no se ha querido hablar.

Distinto es el artista surgido en el capitalismo que a todo le saca plusvalía, con sus diversas acepciones actuales: 1. Como deidad ante sus obras; 2. Su razón de ser como sujeto de las leyes del mercado en el mundo industrial haciendo parte de la cadena de productividad, y, también, 3. Como ícono del statu quo de un sector dominante de poder, incluso, en contra de su voluntad.

Su lenguaje constituía una forma de liberación que exaltaba o abría zanjas oscuras, como dice César Vallejo (1919) en su poema los Heraldos negros, hasta en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Este lenguaje despierta la imaginación, la sensibilidad y la espiritualidad como nos dice el poeta Marco Fidel Chávez (2018) en Aproximaciones a la poesía de San Juan de la Cruz, nacido de la noche, del misterio, del sueño, del delirio, del secreto, de lo impenetrable, de lo intraducible, de lo impalpable, de lo desconocido, del intercambio con las opacidades de nuestro infortunio.

Lo poético aparece en lo pictórico que devela la existencia humana desde la pintura rupestre hasta el Guernica de Picasso, tanto la planimetría del flamenco como la del ballet. Desde las danzas gitanas hasta el fragor de muslos y caderas de exóticos bailes del África, América y Asia dan cuenta en cada movimiento de las formas de relacionarse en cada rincón geográfico con la doble funcionalidad del arte: educar y generar placer al estimular todos los sentidos a través de la exaltación o de la provocación.

Ese estímulo de los sentidos que desemboca en una defenestración de emociones encontradas, casi siempre contradictorias, es lo que se conoce como estética, porque fuera de sentir, por lo menos, incita a pensar, rememorar, atar cabos e imaginar respuestas al gran torrente de inquietudes que resultan después una obra de arte musical, escénica, literaria, pictórica, arquitectónica, poética o fílmica. Su objetivo es encender el fuego interior de la humanidad y he aquí la relación entre el arte y el artista, siendo este último tan solo un medio.

El artista asume su rol de héroe al estilo del Prometeo encadenado y enfrenta el paredón del gatillo sicarial del Estado que reduce su existencia a licitaciones estatales o estímulos, contra una orden extrajudicial de matar el ejercicio de sus libertades creadoras. O es sometido a la justicia por pensar, a la prisión para ejemplarizar al resto de la sociedad; pero, aun así, entrega al mundo la antorcha del fuego eterno que ningún dios, divino o terrenal, quiere que se divulgue: la conciencia.

Ahora bien, el artista en su condición de ser humano sabe que es un ser político y como tal aprende a moverse en el juego de la metamorfosis casi que en una doble militancia: su arte y el mundo real, como José Asunción Silva, Miguel Ángel Osorio (Porfirio Barba Jacob) y Gabriel García Márquez que trabajaron al lado del oficialismo. También hubo otros que siempre actuaron de frente porque eran conscientes de que su convicción política era incendiaria, como José María Vargas Vila, que una vez fue expulsado por la curia y desterrado de Colombia, migró a New York y fundó con José Martí la revista Némesis, en la cual denunciaban el siniestro poder yanqui.

Al menos tres son los senderos del artista: a) Los que denuncian arriesgando cuanto hacen como cuanto producen, b) los que defienden el poder porque están relacionados con él, pero se dan el lujo de cuestionar diplomáticamente y, c) los neutros que son movidos por sus propios intereses o lo que impone la moda. Por tanto, al artista hay que valorarlo por su obra, lo que dice con ella, entendiendo que el artista como ser de carne y hueso es mutable y algunos murieron convencidos de sus ideales, otros se arrepintieron de lo creado antes del encuentro con la muerte y los demás en una comodidad sin precedentes prefirieron silenciarse.

Dedicado a Junior Jein, el Señor del Pacífico, y a cuantos han caído o sido silenciados en el intento de transformar el mundo desde el arte.

Mis marchas no suenan sólo para los victoriosos

sino para los derrotados y los muertos también.

Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.

Pues yo digo que es tan gloriosa perderla.

Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan.

¡Hurra por los muertos!

Prólogo de León Felipe en Canto a mí mismo de Walt Whitman

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