La ambición de un párroco pudo más que el beneficio de una comunidad

Por Betty Ciro

Imagen de El Tiempo

A pesar de que la Parroquia Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Niquía, Barrio de Bello, ha usufructuado y ha recibido mensualmente una buena suma de dinero por el arrendamiento de varios locales: supermercado, farmacia, cafetería, barbería y las no despreciables ganancias que genera el colegio privado, Colegio Parroquial Nuestra Señora de Chiquinquirá, el cual cuenta con estudiantes desde preescolar hasta 11, el cura Jorge Mario Acosta al llegar allí ordenó que también le desocuparan y le hicieran entrega de un salón de aproximadamente 100 metros cuadrados, local donde ha funcionado una biblioteca comunitaria desde 1970.

Es que el terreno donde fue construida la parroquia, el despacho parroquial, el colegio y todos los demás locales mencionados, tiene un área de aproximadamente 7.500 metros cuadrados cedido a título gratuito por la constructora Ciudad Niquía S. A. a la Parroquia Nuestra Señora de Chiquinquirá, según Escritura Nº 2207 de 31 de octubre de 1960 del Circuito de Bello.

Lo que dice la Escritura

En la cláusula sexta de la Escritura se lee: “Es condición expresa de esta cesión que el terreno se dedicará a la construcción de la iglesia, casa y despacho parroquial y el resto se destinará exclusivamente para servicio social de la urbanización, bien sea para la fundación de un hospital, casa de beneficencia, colegio o escuela, obras que en todo caso beneficien a la comunidad y que preferiblemente sean regentadas por una comunidad religiosa. Es entendido que en ningún caso podrá la parroquia vender o enajenar en otra forma, parcial o totalmente, el inmueble cedido.”

El contenido transcrito es lo suficientemente claro al expresar cuál es el uso que se le debía dar a dicho terreno; no obstante, la parroquia, a través de su administración, ha incumplido la condición mediante la cual se hizo la cesión.

Obsérvese cómo se sugiere en la Escritura cuáles pueden ser las obras que funcionen en dichos terrenos y que beneficien a la comunidad, pero la parroquia hizo caso omiso de dichas estipulaciones y sí, fundó un colegio, pero privado, parroquial, allí quien quiera estudiar debe pagar matrícula y mensualidad. Según consulta realizada vía telefónica sobre los costos de matrícula para el año 2021 para preescolar, son los siguientes: el ficho, esto es, la inscripción -no garantiza la admisión- cuesta $33.700, aunque todavía no se sabe cuál será el costo exacto de la matrícula para el 2022 que puede estar por el orden de $250.000, toda vez que en 2021, cuesta $230.000. Se aclara que para preescolar el costo de la matrícula asciende a $625.834 porque se incluyen materiales y talleres. La matrícula mensual durante el 2021 está en $216.830 y se espera que para 2022 se incremente en unos 10 mil pesos.

Con el ejemplo anterior se puede concluir que el Colegio no está prestando un servicio a toda la comunidad; en últimas no es este el tipo de colegio que se imaginó la constructora, toda vez que es un negocio privado. Aunque la forma jurídica sea entidad sin ánimo de lucro, es una empresa, y como tal aparece en internet.

La ambición rompe el saco

De los 3.500 metros cuadrados que quedaron después de construir la iglesia, la casa cural y el despacho parroquial, solo unos 100 metros cuadrados cumplieron, hasta 2015, la función de beneficio para la comunidad, toda vez que en este espacio funcionaba la biblioteca comunitaria Niquía, dirigida por el Comité Cultural y Biblioteca Comunitaria, que era además el espacio de encuentro de la cultura, la posibilidad de creación artística de muchos jóvenes de esa comunidad. Allí funcionaban grupos de lectura, preuniversitario comunitario, grupos de danza, que fueron desalojados por la orden de un juez como consecuencia del proceso reivindicativo adelantado por el cura Jorge Mario Acosta en nombre de la parroquia, quien afirmaba: “Eso se había convertido en un centro ideológico de izquierda, por eso no me interesa que esas personas sigan ahí”.

Al recién llegado cura no le bastaba con la explotación económica que ya ejercía la parroquia y que sigue ejerciendo sobre 3.400 metros cuadrados del terreno que debería estar prestando beneficio comunitario e hizo cerrar la biblioteca que solo ocupaba 100 metros cuadrados.

Los antecedentes de Acosta

Lo que no sabía la comunidad de Niquía, aledaña a la parroquia, es que el mencionado cura ya se había apropiado de otros terrenos comunitarios en el barrio San Rafael, sector de Guayabal, en los cuales construyó viviendas que fueron vendidas sin que el barrio se beneficiara.

Igual sucedió con un kínder comunitario que funcionaba en el sector Inca Metal, dentro del mismo barrio San Rafael: allí se apoderó de este con el argumento de que él lo administraría y buscaría profesores calificados. Al apoderarse quiso cobrar mensualidad, pero no le dio resultado.

La posición de Samuel Galves, actual párroco

En los actuales momentos que la comunidad está reaccionando para hacer valer el contenido de la Escritura y recuperar no solo la biblioteca, sino todo el espacio para el beneficio común, el actual párroco aduce que “él solo está allí para servirle a la comunidad, que piensa ubicar allí donde funcionaba la biblioteca un comedor comunitario para la tercera edad porque esa es la esencia de la iglesia, el servicio comunitario”. Está claro que quienes buscan recuperar los espacios no se oponen al comedor, pero exigen que se instale en alguno de los locales que están aportando lucro a la parroquia y no en el único lugar que ha cumplido la función social.

Cuando los líderes comunitarios del barrio le solicitan que informe de qué manera están cumpliendo la labor social los establecimientos de comercio que funcionan en los terrenos donados para obras de bienestar de la comunidad, dice que “se siente agredido, cuestionado, que nadie tiene por qué ir a preguntarle cómo tiene organizada su casa”. Quiere desconocer el actual cura párroco que la parroquia es solo la administradora de esos 3500 metros cuadrados no en su beneficio particular sino en provecho de toda la comunidad.

Lo que sucede en la Chinca, así llaman a dicha parroquia, es apenas una muestra del poder que ha tenido la iglesia para dominar, en nombre de dios, al pueblo y despojarlo hasta de su dignidad. Esto lo sabe muy bien Duque y la vice cuando violan permanentemente la Constitución al desconocer que Colombia es un Estado laico y pretenden encomendarlo a la virgen de Chiquinquirá.

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