Otro criminal de guerra que muere en la cama



Imágenes de la masacre de My Lai, en 1968. Fuente: diario-octubre.com

El 18 de octubre murió Colin Powell (1937-2021) de Covid-19 en su cama y rodeado de sus familiares. En los obituarios de los círculos dominantes de Estados Unidos, Jamaica y el resto del mundo se le presentó como el típico self made man (hombre hecho a sí mismo) del sueño americano: un negro pobre (que nunca fue), de padres jamaiquinos que nació en Harlem y a pulso venció todos los obstáculos y llegó a las altas cumbres del poder político y militar de los Estados Unidos, quien, ascendiendo desde abajo y paso a paso, se convirtió en el primer afroamericano en llegar al alto mando del Estado Mayor Conjunto, el primer asesor de seguridad nacional de ascendencia afro y Secretario de Estado. Joe Biden calificó a Powell como un “patriota de incomparable honor y dignidad” y en Jamaica se llegó al extremo de considerarlo como “un hijo de la tierra” y una especie de “héroe nacional” por sus logros políticos y militares y se recordaron sus raíces jamaiquinas como algo digno de elogiar en tan “grande” y “bondadoso” personaje.

Algunos pocos apologistas de Colin Powell recordaron que la única mancha a su impecable currículo criminal fueron las mentiras que propaló en el Consejo de Seguridad de la ONU el 5 de febrero de 2003 para justificar la guerra de Estados Unidos contra Irak. Se le reprocha por haber dicho una mentirilla, algo que piadosamente puede ser perdonado. Lo que no dicen es que el general Colin Powell fue un asesino de tiempo completo, un criminal de guerra químicamente puro, Made in USA.

Su trayectoria criminal fue la que le posibilitó el ascenso y no otro tipo de méritos. Desde 1963 estuvo involucrado en la guerra de Vietnam y en 1968 en la masacre de My Lai, en la que el ejército de Estados Unidos asesinó a unos quinientos niños y mujeres. A pesar de las denuncias que un militar hizo de esa masacre, Powell la ocultó y lavó la cara de los asesinos (como de él mismo) con el argumento de que “las relaciones entre los soldados estadounidenses y el pueblo vietnamita son excelentes”.

Se ufanaba de los crímenes cometidos, como lo recordó años después en sus Memorias (1995) ‒con las que obtuvo diez millones de dólares‒, en donde describe como algo normal el asesinato de civiles vietnamitas: “Si un helicóptero veía a un campesino en pijama negro que parecía un poco sospechoso […] el piloto giraba y disparaba delante de él. Si se movía, su movimiento se consideraba una prueba de intención hostil, y el siguiente asalto no era frente a él, sino sobre él. ¿Brutal? Tal vez sí. […] La naturaleza del combate, matar o morir, tiende a embotar la percepción del bien y el mal”. Lo que el “humanista” Powell llama “combates” era el asesinato a mansalva y con toda la impunidad de civiles desarmados, entre ellos niños. Este fue el comienzo del meteórico ascenso de Powell, una acción criminal. Y los crímenes seguirán acompañando su “brillante” hoja de muerte.

En lo sucesivo, Powell estuvo involucrado en guerras y agresiones de Estados Unidos en diversos lugares del mundo. Fue uno de los impulsores de la política de destrucción de América Central del gobierno de Ronald Reagan, que dejó un saldo de unos quinientos mil muertos y miles de heridos en El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua (con el apoyo a los contras). También participó en la brutal invasión a Panamá en diciembre de 1989, cuando fueron masacrados unos siete mil habitantes de los barrios pobres de la capital de ese pequeño país. Siguiendo con su senda criminal participó en la primera guerra del Golfo contra Irak (1990-1991) como jefe de Operaciones. Adquirió celebridad cínica su justificación del bombardeo de una planta que producía alimentos para niños: “No es una fábrica para bebés. Era una instalación de armas biológicas, de eso estamos seguros”, una mentira que luego fue desmentida por la misma CIA.

Su palmarés criminal llegó a su punto máximo de perversión con los acontecimientos de la guerra que Estados Unidos libró contra la población de Irak en el 2003. Como Secretario de Estados Unidos fue el encargado de presentar las mentiras urdidas por el gobierno de George Bush II para justificar esa carnicería. El 5 de febrero de ese año en la Sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, sin inmutarse ‒aunque con cada cosa que decía le aumentaba el tamaño de su nariz, cual vulgar Pinocho‒ sostuvo que “cada afirmación que hago hoy aquí está apoyada en fuentes sólidas”, o más exactamente que lo suyo no eran afirmaciones sino hechos indiscutibles e irrefutables. De manera delirante durante 75 minutos sacó a relucir las supuestas pruebas sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, que ponían en peligro la seguridad de los Estados Unidos y el mundo occidental. Pronto se comprobó que esas pruebas eran falsas e inventadas, invención en la que participó el gobierno inglés de Tony Blair, otro criminal de guerra que anda suelto.

A la mentira cínica e impúdica le siguió la destrucción de Irak, el bombardeo criminal y genocida de niños, mujeres, ancianos, el saqueo de su riqueza cultural con el robo de sus museos y bibliotecas. Colin Powell es uno de los responsables directos de ese genocidio que ha dejado cerca de un millón de muertos. Se destruyó un país y se masacró a su población y nunca se

encontraron las tales armas de destrucción masiva, porque eso fue un pretexto para comenzar la guerra.

Powell después sostuvo que cometió un ligero desliz en el Consejo de Seguridad al mentir, pero nunca reconoció ‒algo propio de un criminal de guerra que se respete‒ que sus manos estaban manchadas de sangre de millones de personas que fueron destrozadas por las bombas democráticas y civilizadas de los Estados Unidos.

Colin Powell fue un verdadero asesino en toda la línea y, si existiese un mínimo de justicia, no hubiera muerto en la cama, sino tras los barrotes de una prisión, a donde debería haber sido condenado a perpetuidad. El dolor que pudo haber sentido en sus últimos instantes, por no poder respirar afectado por la Covid-19 es poca cosa frente al sufrimiento que le causó a millones de seres humanos en varios continentes. Ese es su legado de muerte, comparable al de los criminales nazis. Por algo, durante su infame discurso de 2003 en la ONU, se ordenó cubrir con un trapo la réplica del Guernica, de Pablo Picasso, que se encuentra en ese lugar. Finalmente, sucedió lo mismo, pero con una peor intensidad, que aquello que registro Picasso en su célebre pintura: en Irak se revivió el horror que se vivió en la ciudad vasca de Guernica, bombardeada por fuerzas alemanas nazis. Como lo dijo el escritor Ariel Dorfman: “3 mil misiles Cruise durante la primera hora; cayendo sobre Bagdad; 10 mil Guernicas; cayendo sobre Bagdad”.

Por todo ello, a este asesino bien pueden aplicársele sus propias palabras, las que usó para referirse a Sadam Hussein el 5 de febrero de 2003: “Detrás de los hechos y de su patrón de su comportamiento está […] su desprecio por la verdad y, peor aún, su enorme desprecio por la vida humana”.

Otros criminales de guerra como Powell, entre ellos George Bush II, Tony Blair, José María Aznar, José Manuel Barroso (que formaron el Cuarteto de los Azores y se unieron para masacrar a los iraquíes en 2003), también van a morir de muerte natural y en su confortable cama, por aquello de la impunidad generalizada que no toca a los criminales de alto vuelo ni castiga el terrorismo imperialista de Estados Unidos y sus lacayos.



El legado de Colin Powel en Irak, muerte y destrucción.
Fuente: elmundo.es

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