Editorial No 71: Es la hora del cambio

Sin título – Rafael López

Las transformaciones revolucionarias rara vez son el resultado de grandes gestas puntuales como la toma del poder político, bien sea a través de las armas o de elecciones democráticas. Mas bien son la manifestación de procesos sociales de largo aliento que van cambiando, a veces sin mucho ruido, nuestro entorno inmediato, nuestra forma de pensar y de estar en el mundo. Por eso, las revoluciones sociales no se pueden calcar de un territorio a otro, porque cada una responde a las particularidades de dicho territorio, a la historia de su gente y al estado en que se encuentra la vida social y cultural. Lo que sí es claro es que una revolución no ocurre sin conmocionar todos los aspectos de nuestra existencia.

Esa conmoción integral no ocurre, sin embargo, de una vez y para siempre, como consecuencia, por ejemplo, de un estallido social. Es un proceso no lineal en el que la transformación de una dimensión de la existencia social e individual impacta otras dimensiones y nos dispone para transformaciones cada vez más amplias y significativas. A la vez, estas transformaciones en escenarios más amplios tienen la función de abrir posibilidades para cambios más profundos en la cotidianidad de la existencia, en nuestro propio fuero interno, en las relaciones afectivas y familiares. Si esto es así, entonces resulta demasiado ingenuo depositar nuestra esperanza de transformación revolucionaria de nuestra sociedad en un proceso electoral en el que podamos elegir presidente y senadores comprometidos con las fuerzas del cambio; pero igual de ingenuo resulta esperar una revolución sin implicar la transformación de las instituciones políticas, lo cual implica una incidencia directa en dichos procesos electorales a favor de las tendencias alternativas.

Si la revolución debe conmover todas las dimensiones de nuestra existencia y estas dimensiones se implican mutuamente en su proceso de transformación, entonces debemos reconocer que buena parte de nuestra existencia social se determina desde las dimensiones institucionales. Hasta ahora estas instituciones han sido controladas por las élites oligárquicas de nuestro país, que las usan para perpetuar la ignominia en que han hundido a las mayorías: para gobernar, legislar e impartir “justicia” a favor de los gamonales de siempre y en contra de los sectores históricamente explotados y oprimidos; flexibilizando y precarizando el trabajo cada vez más en beneficio del gran capital; haciendo reformas tributarias en donde los pobres paguemos la corrupción descarada de la élite gobernante; entregando nuestros territorios ahítos de riqueza a las transnacionales; legitimando el robo de tierras a nuestros campesinos por parte de ejércitos paramilitares para concentrarlas en manos de los terratenientes de nuevo y viejo cuño; perpetuando una estructura patriarcal que desprecia a las mujeres y las relega como objetos de segunda clase; torpedeando las iniciativas populares que buscan devolver a las mujeres el poder de decidir sobre su propio cuerpo o crear las condiciones sociales, económicas y culturales para que la diversidad sexual no implique la estigmatización, persecución y hasta el asesinato de quienes optan por alternativas a la heterosexualidad.

Todo ello evidencia la necesidad de arrebatarle a esta oligarquía el control de las instituciones a través de las cuales controlan nuestra existencia y legalizan la opresión y la explotación. Pero el control de dichas instituciones no garantiza por sí mismo una liberación de nuestra existencia en la vida cotidiana, en el trabajo, en la familia, en las relaciones amorosas. La alternatividad de las nuevas fuerzas que lleguen a estas instituciones no pasará de ser un discurso si no emergen de las luchas sociales de los distintos sectores que se pelean en la calle sus derechos y construyen en el día a día otra forma de vivir y de pensar, lo cual le da sustancia real a la vida institucional. Por lo tanto, de lo que se trata es de darle a la lucha por el control de las instituciones el lugar que realmente deben ocupar en los procesos revolucionarios. No se oponen ni subordinan las luchas de los sectores oprimidos, su papel más bien es animarlas y alimentarse de ellas, no como caníbales instrumentalistas, sino como procesos que toman su contenido de las luchas populares que la gente desarrolla en todos los lugares en donde se ha enquistado la opresión, incluso en la calle.

Ante un gobierno que ha incrementado la oprobiosa desigualdad al mismo tiempo que la corrupción, donde la pobreza crece como el rastrojo en el monte y el hambre asedia cada vez a más familias, donde el feminicidio y los crímenes de odio se han vuelto parte del paisaje ante la indiferencia de los jueces y legisladores, las calles se convierten en un escenario de reivindicación y lucha inaplazable. Por eso las movilizaciones en vez de parar hoy para darle protagonismo a las campañas electorales, pueden convertirse en el escenario para que los sectores populares históricamente oprimidos pongan sus agendas y demandas para alimentar los programas alternativos de gobierno. Sería bueno, incluso ver a estos candidatos encabezando las agendas y no solo agitando sus arengas tradicionales en la plaza.

Pero la revolución no se hace con candidatos ni con procesos organizativos ni con prácticas políticas perfectas. Su imperfección y debilidad precisamente son la evidencia de la urgencia de emprender con seriedad y compromiso un proceso sistemático de transformación que implique todos los ámbitos de nuestra existencia social e individual. Cada vez es más difícil encontrar un candidato político, un dirigente social o líder popular que llene nuestras expectativas, quizás porque nuestras expectativas no se corresponden con el contexto político y cultural actual, porque las expectativas de los diversos sectores sociales todavía no han logrado la solidez de una apuesta colectiva y, por tanto, ningún candidato puede encarnarlas todas sin contradicción, o tal vez porque los candidatos y líderes tienen, además, sus propios intereses mezquinos. En fin, todas las anteriores; tampoco nosotros somos perfectos y parte de la revolución implica y exige nuestra propia transformación. El proyecto es una sociedad mejor y un mejor ser humano. Precisamente construir una nueva dirigencia, un nuevo estilo de liderazgo, pero también nuevas formas organizativas y de movilización que nos permitan avanzar en el diseño y realización de un proyecto de sociedad en el que, como resultado de la acción colectiva, articulada e incluyente, logremos desterrar todas las formas de opresión y de explotación.

Este es el momento del cambio. No porque estén dadas las condiciones sino por todo lo contrario: que el uribismo aparentemente esté perdiendo su poder no lo hace más débil sino más peligroso, sobre todo cuando revisamos mediante qué prácticas ha amasado ese poder. Y que el centro, donde hoy medra la derecha vergonzante, parezca desarticularse no permite a nadie cantar victoria en un país donde el fraude se hecho costumbre. Es el momento del cambio porque la situación social, económica y cultural del país nos lo exige y debemos estar a la altura de dicha exigencia: No podemos tolerar más el descaro con que la oligarquía gobierna este país, la corrupción rampante, la política de exterminio, el despojo inmisericorde y legalizado. Pero, sobre todo, no podemos tolerar el hambre, la desigualdad y la pobreza que nos hunden en un estado de desesperanza fatal. Así que es la hora del cambio, pero un cambio total que de verdad nos ponga en condiciones de recuperar nuestra dignidad: la discusión hoy no es si participamos o no en las elecciones, si no de qué manera articulamos las luchas electorales por el control de la institucionalidad con las luchas populares en que la gente resiste el oprobio al que es sometida permanentemente mientras construye en colectivo un proyecto de sociedad distinto.

Ilustración Rafael López

Un comentario en “Editorial No 71: Es la hora del cambio

  1. El Editorial es muy pertinente, y resalto especialmente esta frase: “emprender con seriedad y compromiso un proceso sistemático de transformación que implique todos los ámbitos de nuestra existencia social e individual “. Es que no se trata solamente de “tomar el poder”. Se trata de transformarlo todo, incluso al poder.

    Me gusta

Replica a Fernando Cancelar la respuesta