
Portada: Sin título – Deny Efer Ríos Chávez (Perú)
La reciente audiencia ante la JEP del exjefe paramilitar Salvatore Mancuso provocó una leve conmoción en algunos líderes del país, pero solo durante la primera semana; después todo fue como si el sembrador del terror durante tantos años en los territorios colombianos nada hubiera dicho. Ante la gente de a pie, de hecho, Salvatore Mancuso no tuvo esta audiencia y la JEP tiene una existencia tan real como los extraterrestres que habitan en Saturno. Solo las víctimas reaccionaron con la esperanza de que las declaraciones de Mancuso, que ponen en evidencia el compromiso de las castas políticas del país, de las Fuerzas Armadas y del poder económico con la reciente historia de dolor y muerte que han sufrido, allanaran por fin el camino hacia la justicia que por tanto tiempo se les ha negado. Lo demás ha sido silencio e indiferencia.
Algo de razón, sin embargo, les asiste a las masas en esta actitud indiferente: prácticamente nada de lo dicho por Mancuso ante la JEP es nuevo, no solo porque él mismo lo ha dicho hasta la saciedad ante diversas instancias de la Justicia Colombiana, desde el momento de su desmovilización, razón por la cual fue extraditado, sino porque eso que al fin ha reconocido estuvo durante mucho tiempo a la vista de todos, ha sido el pan cotidiano con el que se han nutrido las recientes generaciones en los campos de Colombia.
Es cierto que esta vez Mancuso aportó detalles y especificidades importantes para avanzar en los procesos judiciales contra los responsables de la barbarie sistemáticamente practicada en Colombia durante las últimas décadas contra los más pobres y los descontentos. Pero nada permite augurar que tal camino hacia la justicia pueda ser emprendido por las instituciones encargadas de allanarlo, precedidas en su mayoría por la misma élite que debería ser juzgada. El caso de la Fiscalía General de la Nación actuando como abogado defensor en vez de ente acusador en el proceso del expresidente Uribe, así lo confirma. Quienes amasaron su poder en el horror, todavía lo detentan desde las instituciones que pusieron a su servicio: el cerco que hoy vive el presidente Petro desde las corporaciones mediáticas, los partidos políticos tradicionales y los gremios económicos es resultado de ello.
Pero la indiferencia y la ceguera frente a la historia trágica de los últimos tiempos no es solo el resultado de un cálculo pragmático. Es ante todo evidencia del nivel de alienación en que nos hemos hundido, un poco por el terror cotidiano al que hemos tenido que acostumbrarnos, asumiendo como naturales las formas más infames de la barbarie, pero sobre todo por las dinámicas del consumismo promovidas desde todos los costados por los dictados del capital. La cultura mafiosa y traqueta nos permeó hasta los huesos a través de una mezcla perfecta de sustancias nocivas: terror, individualismo, egoísmo y competencia despiadada. Ello muestra hasta qué punto no solo son compatibles la cultura mafiosa (que en Colombia se ha delineado desde las altas esferas del poder) y los comportamientos promovidos por el capitalismo en su fase globalizada y neoliberal para mantener, por encima de todos y de todo, las dinámicas de acumulación. En territorios como el nuestro, más que en otras latitudes, acumulación y despojo se evidencian como dos caras de la misma moneda. Nos preparamos de la misma forma para trabajar como técnicos en cualquier multinacional extractivista que como mercenarios en cualquier ejército, siempre donde mejor nos paguen.
La cultura traqueta que se ha impuesto por estos lares ha logrado lo que el capitalismo por sí solo se mostraba incapaz: ha destruido el poco espíritu comunitario que todavía nos permitía hacer frente colectivamente a las tragedias desatadas por el capitalismo. Hoy cada uno y cada una anda imbuido e imbuida en su pequeño mundo de cristal, defendiendo sus propias miserias, tratando de realizar sus propios sueños (pesadillas). Más allá de nosotros todo es difuso, irreal, peligroso. El otro solo existe como lastre, como competencia o como nada. El pobre anda buscando salir de su pobreza solo y el que es menos pobre se mata por tener más para darse una vida cómoda, accediendo a los niveles de consumo de los más ricos y viviendo como ellos. Las utopías colectivas parecen sobrevivir solo en el consumo. Y eso se ve inclusive en las organizaciones sociales y populares, lo cual hace imposible su despegue.
Este individualismo extremo, sin embargo, se trueca en impotencia cuando nos enfrentamos a los grandes problemas que surgen de una vida tan inestable y un futuro tan incierto como el que se nos ofrece a las mayorías. Entonces optamos por vivir el presente efímero, al límite de nuestras posibilidades, al límite de los valores y sin proyecciones vanas. Sin el sustento de la comunidad no somos nada más que plumas arrastradas al desgaire por los vientos del mercado. Y paradójicamente solo la comunidad puede darnos la fuerza y la luz visionaria para enfrentar la tragedia que el capitalismo y su hijo bastardo, la cultura mafiosa, construyen para la humanidad.
Parece una tarea difícil. Pero lo que alguna vez fue nunca desaparece del todo, simplemente se esconde y permanece esperando nuevas oportunidades y añorando nuevas formas. La comunidad es hoy por hoy la utopía más cercana, latente, aunque débilmente, en los indígenas, negros y campesinos que aún no han sido domeñados por los encantos de la vida consumista y el mercado globalizado. Es el suelo donde pueden florecer nuevamente la solidaridad y el amor como vínculos sociales directos, donde puede surgir el verdadero individuo, abortado en su origen por el capitalismo, el escenario donde la vida individual y colectiva vuelve a estar en el centro en vez de subordinarse a los negocios.
Solo de este espíritu comunitario pueden surgir nuevas instituciones, orientadas al fortalecimiento de las comunidades en vez de a su desmembramiento. En este sentido, tal vez la oportunidad real de las organizaciones sociales que hoy confrontan al sistema capitalista, colonial y heteropatriarcal, está menos en ser instrumentos de combate directo que en ser fermentos nuevos de una comunidad auténtica, más allá de las familias tradicionales donde hasta ahora medró ese espíritu, intoxicado ya con el vacuo individualismo moderno. Una comunidad que nos devuelva la fuerza y la esperanza, una que haga posible la justicia en un sentido pleno.

Contraportada: Sin título – Marcos Ramos Trujillano (Perú)
