Dos multimillonarios entran a un octágono

Por José Agudelo

Foto ilustración: Anjali Nair, Getty Images

La imagen del multimillonario hoy dista mucho de lo que era hace cien años. Antes, un magnate era apreciado por su amplio poder económico y por las decisiones que tomaba para aumentar ese poder. Esto, junto con acciones filantrópicas, era lo que se reportaba en la prensa en el siglo pasado. Era visto como un ciudadano ejemplar. Pero con la transformación de los medios de comunicación, ya a nadie le interesa seguir un modelo de ciudadano ejemplar. Los multimillonarios de hoy en día tratan de publicitar su imagen como si se tratase de estrellas de Rock, donde la excentricidad, memes y burlas alimentan el aura mediática con la que la prensa y las redes sociales los idolatran. Al millonario de Silicon Valley ya no le interesa que se le vea como un personaje ilustrado, promotor de la alta cultura; antes bien, promete ser un ícono pop, excéntrico y transgresor. Hoy los multimillonarios se presentan a sí mismo como estrellas del espectáculo.

A inicios de año se volvieron virales fotografías de Mark Zuckerberg, CEO de Meta (antes Facebook inc.), practicando artes marciales mixtas. Ya no era el genio informático que declaraba en juicios políticos con total inexpresividad, ahora era un macho fuerte y agresivo, que cultivaba el cuerpo.

A partir de la compra de Twitter por parte de Elon Musk, propietario y director de empresas que van desde la construcción a la bioingeniería, los internautas insistieron en que ambos magnates entrarán en un octágono (espacio de combate de las artes marciales mixtas), para ver quién de los dos empresarios de la tecnología es el más fuerte. La idea fue provocadora totalmente. El gobierno de la primera ministra de Italia, nieta del fascista Mussolini, ofreció algún sitio histórico de los antiguos romanos para el evento. Zuckerberg ofreció el servicio de transmisión vía Facebook, a la vez que Musk propuso empezar los servicios de transmisión de X (anterior Twitter) con el combate.

 Dos hombres poderosos, midiendo fuerza física en las antiguas arenas del imperio militar más grande de la antigüedad, en una Italia que ansía el pasado de las camisas negras. Es evidente que el poder masculino era el centro del espectáculo. Bien se podría pensar que son las consecuencias de la cultura occidental, que mantiene sesgos patriarcales de violencia e imposición como medios de legitimación de estatus. Y claro que lo es, pero si es un fenómeno persistente en la cultura occidental ¿Por qué ahora?

Para alguien que esté informado, se sabe que todo el sector tecnológico corporativo está pasando por una crisis. Twitter ya estaba en un periodo desfavorable por la falta de confianza de los patrocinadores publicitarios en el sitio web, por escándalos de cuentas automatizadas, robots, proliferación de contenidos discriminatorios y falta de censura en contenidos explícitos, violentos y sexuales. Musk ha impuesto precios altos para contener las pautas publicitarias, ha implementado varios métodos de suscripción para que haya ingresos por parte de los usuarios. Esto no ha hecho más que aumentar la desconfianza en la red social de microblogging.

Meta, por su parte, no está libre de peligro. Después de los escándalos de Cambridge Analytica, por la manipulación de contenido para favorecer candidatos presidenciales en varios países, y por la sospechosa política de privacidad de datos de los usuarios, la empresa de Zuckerberg ha estado dando patadas de ahogado. En un primer momento se la trató de jugar con el metaverso, un deplorable y paupérrimo lugar de realidad virtual que no logró estar a la altura de varios juegos multijugador con funciones parecidas que están en el mercado desde hace 20 años. Después, aprovechando la polémica compra de Twitter por parte de Musk, lanzó una aplicación de microblogging, Threads, para competir con la ahora X. Esta aplicación ha generado polémica porque muestra contenido general para todos los usuarios, no el contenido que los usuarios “deciden” seguir, y por violar normas de privacidad de datos, lo que ha retrasado su lanzamiento en Europa.

A inicios de año el Silicon Valley Bank entró en bancarrota. Esto no es más que parte de un desastre que se avecina. El modelo de Start-up está entrando en un momento de dudas sobre su eficiencia. Este modelo consiste en un crecimiento exponencial acelerado que se logra por varias rondas de inversiones millonarias por productos innovadores. Toda la tecnología en las últimas décadas ha utilizado este modelo de negocios, propio de Silicon Valley. Prometen un producto innovador, sin necesidad de que esté terminado, para recibir una inversión tras otra, siendo el sueño de estas empresas el de convertirse en Unicornios, empresas que en menos de tres años se valorizan en más de mil millones de dólares.

Varias de estas empresas han demostrado ser una estafa más, puesto que prometen productos que no existen o que no funcionan. Desde las más pequeñas hasta Apple, han usado este modelo, que explica por qué cada año sale el mismo producto con pequeños cambios, para recibir más financiación. Pero la pérdida de confianza en las empresas y corporaciones tecnológicas, por la imposibilidad de asegurar grandes ingresos y réditos a corto plazo, está haciendo tambalear a todo el sector.

El gran combate de millonarios hipermasculinos en un octágono romano no es más que una tapadera de las vulnerabilidades de todo un sector que está entrando en crisis. La fortaleza física trata de ocultar la debilidad empresarial de un sector que ya no rinde más para el crecimiento rápido y exponencial. Ya el mismo sistema no puede mantener sus promesas de futuro, y por eso reciclan ideales reaccionarios del pasado.

A la fecha, Musk ha sacado excusas para no combatir contra Zuckerberg, y este último no hace más que seguir demostrando, a modo de provocación, que puede derrotar al magnate sudafricano. Solo espera a que la recaudación del combate, puesto que se ha planteado como un evento pago desde un inicio, logre suplir el dinero que se ha perdido en las últimas estrategias fallidas de mercado, y limpiar la imagen de un sector destinado al fracaso económico.

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