La sensibilidad y la fragilidad son formas de resistencia a un mundo hostil e intolerante. Muchos/as niños y jóvenes buscamos que en el mundo prevalezca el respeto por la vida, diversidad de cuerpos, sentimientos y pensamientos.
Por Jhon Mario Marín Dávila

Ilustración: Paula Andrea Lainez Soto
Dejo caer el cuerpo sobre la cama, cierro los ojos y los abro muy lento, observo las paredes, para mí parecen moverse, aunque sé que están quietas; me pierdo en su color blanco tratando de olvidar la vida un instante. El cuerpo se siente débil e impotente, acabo de llegar de un municipio del Oriente Antioqueño, donde realizaba, con otras compañeras, un taller con profesores sobre la xenofobia y el respeto a la diversidad.
Horas atrás, entré al salón y observé su figura rectangular con una rampa central y pequeños escalones a sus lados, había alrededor de 50 sillas en él, de las cuales solo la mitad estaban ocupadas. Desde que empezó, el taller se tornó complejo por la dispersión del grupo y la poca atención por parte de algunas/os profesores. Al hacer varias actividades para identificar la xenofobia y el irrespeto a la otra/o en lo cotidiano, algunas/os comentaban que este no era un tema de alarma en el colegio. Sin embargo, había otras/os profesores que pensaban lo contrario.
Una profesora alzó la mano, con mirada firme, directa, y contó que un estudiante de nacionalidad venezolana le mintió, diciéndole que era colombiano costeño, para evitar el bullying; pero esto no lo salvó, las/los compañeros se dieron cuenta que era venezolano y le hicieron comentarios violentos. Terminó de hablar la profesora y se escucharon los mormullos a su alrededor, para muchos un caso como este no es señal de alerta.
Este caso me conmovió. La cultura antioqueña está permeada por el regionalismo y patriarcado, violenta a las personas que no cumplen con el estereotipo de una “piel blanca”, pelo liso y corto en caso de ser hombre, discrimina por las formas de vestir, comer, hablar y creer, siendo más violenta sobre quienes provienen de países o regiones a los cuales se asocia con “empobrecidos” por los factores sociales, políticos, económicos y culturales, cosa que no sucede con otros países y regiones de características similares y que “tienen riquezas”.
Me pregunto, ¿qué atraviesa por el cuerpo del niño y todas las personas que niegan su lugar de origen para no ser violentadas/os? Para dar un ejemplo más cercano a las/los docentes del significado que tienen las palabras y el nombrar a las personas cómo ellas deciden, les dije que yo soy un hombre de pelo largo, negro y crespo, y no me gusta que me digan peludo; sin embargo, para mi sorpresa, los gestos en los rostros cambiaron y reflejaron inconformidad. Algunas/os profesores dijeron que las/los niños y jóvenes hoy no tienen “cayos”, que cualquier palabra que se les dice es violencia y de inmediato se están quejando ante las directivas del colegio.
Esta respuesta no la esperaba, me invade un poco la indignación y desesperanza; suspiro y pienso en estos discursos que se usan para naturalizar y justificar las violencias. Hoy en día no hay una generación de cristal como suelen decir, las niñas, niños y jóvenes ya no están dispuestas/os a soportar las violencias físicas y verbales que, por muchas generaciones, se han replicado; en la actualidad se pretende que sea el dialogo y la comprensión la base fundamental para la construcción colectiva y diversa.
En medio de las palabras y el revuelo que esto causó, la resistencia sigue. De repente, en la parte de atrás del salón, alza la mano una profesora y dice: “A mí me dicen mona por como luce mi cabello y a mí me gusta que me digan mona, me encanta. Entonces no veo por qué no se le pueda decir peludo, por qué eso le molesta, es normal”, termina su intervención con orgullo y con un tono de burla. No le sostengo la mirada, pues la gran diferencia entre la palabra mona y peludo es bastante, pues el ser “mona” cumple con el estereotipo colonizador de una persona de bien, extranjero, y se convierte en signo de orgullo, mientras que el apodo peludo está cargado de estigmatización: siempre se asocia con una persona degenerada, peligrosa y no digna.
No entré en detalles del por qué me molesta que me digan peludo. No quise seguir exponiéndome a burlas, aunque mientras ellos participaban y daban su percepción, me era inevitable pensar lo que implica ser un hombre de pelo largo, negro y crespo en esta sociedad. Voy recordando los comentarios: peludo, quítese esa peluca; ese pelo parece una esponja; ¿peludo? marihuanero o mala influencia debe de ser; los hombres deben ser de pelo corto, recójase el pelo que está muy desorganizado. También recuerdo las veces en que he ido caminando y la gente me grita, tira cosas o se pasa de calle por “desconfianza o miedo”.
Mi cuerpo me lleva a experimentar sensación de incomodidad y me siento en un espacio que no es seguro, quisiera parar y salir corriendo; sin embargo, por mi construcción de “masculinidad”, que debe solucionar cualquier situación que se presente en la vida, continúo, aunque me sienta mal y violentado.
Siento un cansancio muy fuerte en el cuerpo, la melancolía me invade durante el resto del taller, pues le tengo mucho respeto a las personas que se dedican a enseñar. Y al vivir este momento tan violento con ellas/os no puedo dejar de sentirme desesperanzado, pues para que el mundo sea diferente se debe aprender a escuchar y conversar para llegar a unos acuerdos éticos donde predomine la dignidad de todas/os.
