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Otro mundo es posible, por más que los poderosos, los que disfrutan sus privilegios en este mundo a costa del sufrimiento y la miseria de las mayorías, se empeñen en convencernos de todo lo contrario. Por un lado, está la publicidad, ese instrumento grandilocuente del cinismo burgués, que repite incesantemente que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y es que los problemas que allí se exhiben son siempre tan banales como la incomodidad que produce un cabello grasoso o el cuerpo obeso que nos hace objeto de escarnio público, y se solucionan con un chasquido de los dedos, porque, según la lógica de la publicidad comercial, el mercado dispone todo lo necesario para nuestra felicidad con solo estirar las manos.
Por el otro lado está la opresión permanente del sistema que nos machaca con los problemas reales y nos hace sentir que definitivamente es imposible vivir de otra manera, siempre atareados rebuscando el dinero para el arriendo, a riesgo de ser expulsados de “nuestras casas” si no pagamos, tratando de conseguir un trabajo, aunque sea el más precario, que nos garantice al menos la comida diaria para la familia. Y ni qué decir del acceso a la salud, a la educación o a una pensión que nos garantice, aunque sea en los últimos años de nuestra existencia, una vida medianamente digna, si es que no terminamos nuestro ciclo laboral enfermos o incapacitados, incluso para la dignidad.
Y, sin embargo, otro mundo no solo es posible, sino necesario y, además, urgente. Posible, precisamente porque la sociedad burguesa no es más que una configuración histórica de la sociedad que los propios seres humanos hemos construido (unos imponiendo sus privilegios y otros reconociéndolos o, en todo caso, aceptándolos), por tanto, también está en nuestras manos, como sociedad, construir una configuración social distinta, sin opresores ni oprimidos. Necesaria, porque esta configuración es la que hace imposible hoy usar los resultados del desarrollo científico y tecnológico en función del mejoramiento de la vida social, en tanto se enfoca única y exclusivamente en la acumulación de capital y, para ello, somete no solo la vida humana sino la vida en su conjunto. Urgente, porque de no frenar rápido esta lógica burguesa, que en su afán acumulador se torna completamente irracional, el capitalismo podría destruir no solo a la misma sociedad burguesa, sino las condiciones naturales que han hecho posible el milagro de la vida en este planeta, cosa que de hecho ha venido haciendo aceleradamente en el último siglo.
Pero la posibilidad de ese otro mundo no está en la insistencia en la consigna. Él solo emergerá de las luchas que en el presente demos los oprimidos y los amantes de la vida contra toda forma de opresión y en defensa de la naturaleza, manantial inagotable de la vida. La necesidad y la urgencia de construir ese otro mundo posible nos aboca hoy a la necesidad de superar el infantilismo de la izquierda, corriente ideológica que hasta ahora se ha reivindicado como defensora de la vida, de la dignidad y de la justicia desde la experiencia de los oprimidos y menesterosos de la tierra. Pero a lo largo de la historia se ha enfrascado en discusiones y debates bizantinos y dogmáticos que más bien han facilitado al opresor el mantenimiento de las estructuras de dominación. Ello, por supuesto, tiene que ver con el hecho de que los sujetos que militamos en la izquierda, no por el hecho de hacerlo, estamos menos alienados.
La alienación es una forma de comportamiento y de conciencia que penetra en todas y todos los integrantes de la sociedad burguesa y se manifiesta de múltiples formas, por ejemplo, en el sectarismo, la competencia y la prepotencia que muchas veces caracteriza a los líderes revolucionarios. Comprometerse con la transformación social no es sinónimo de haber superado la alienación, sino más bien el único comportamiento ético coherente con el reconocimiento de la alienación en cada uno y cada uno de nosotros y la comprensión de que tal alienación no podrá superarse del todo sin la transformación de las condiciones sociales y materiales que la exigen y la propician.
Por eso el infantilismo de la izquierda se expresa en la denuncia del comportamiento alienado de individuos u organizaciones particulares, como si nosotros estuviéramos libres de ella. Así caemos en la ilusión de que la alienación se supera por la mera voluntad individual. En este mismo sentido, tal infantilismo se expresa en la disputa entre distintas facciones de izquierda que alegan o bien tener la fórmula para hacer la revolución o haber comprendido ya en qué consiste esta. En ese sentido desacreditan y menosprecian toda estrategia o toda concepción revolucionaria que no sea la suya. Aquí encontramos, por ejemplo, algunos líderes y organizaciones supuestamente revolucionarios que hoy se oponen a cualquier intento de reforma social y política desde el establecimiento que se proponga mejorar algunos aspectos de la vida de los sectores populares. Esta posición se sostiene en una confrontación poco dialéctica entre reforma y revolución.
La revolución, entendida como la construcción de un mundo sin opresión ni injusticia sustentada en las estructuras sociales de poder, no es un resultado sino un proceso que se lleva a cabo aquí y ahora, teniendo como horizonte no solo la realización de un futuro mejor, sino la redención de los proyectos frustrados en el pasado. Y ese proceso demanda una diversidad de estrategias, entre las cuales podemos contar incluso las reformas, y ello implica también pensar en los procesos electorales para promover a aquellos y aquellas que puedan materializar dichas reformas o frenar a quienes han legislado históricamente contra el pueblo.
De hecho, cada momento histórico marca sus propias posibilidades revolucionarias, y, en este sentido, hay que analizar en qué condiciones concretas las reformas pueden frenar o promover procesos revolucionarios en tanto ellas mismas se presentan como un resultado exitoso de las luchas de los sectores populares en las calles y en otros escenarios: ningún proceso revolucionario puede sostenerse firme y a largo plazo sobre una seguidilla infinita de fracasos; por eso, parte de la revolución es materializar en las reformas las luchas del pueblo, sin olvidar que dichas reformas no son el fin último de la lucha revolucionaria.
Cada victoria del pueblo en su lucha abre un horizonte para avanzar en la construcción de ese otro mundo posible, tanto objetiva como subjetivamente, pues el pueblo que ve materializadas sus luchas fortalece la confianza en sí mismo. Solo así podemos concebir la construcción de ese otro mundo como utopía, no en el sentido de que es imposible, sino en el sentido que le dio Galeano: la utopía es el horizonte ético, económico y político de nuestras luchas presentes. Pero qué forma concreta debe tener ese otro mundo solo se nos revelará en el camino abierto por la lucha: cada cima conquistada nos deja ver un horizonte más amplio por conquistar. Si no logramos siquiera conquistar esa cima, dicho horizonte ni siquiera aparecerá ante nuestros ojos, con lo que terminaremos aceptando este mundo como destino y abrazando la utopía solo como un discurso abstracto en el que se arraiga la prepotencia de una izquierda infantilizada.

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