Jornada de 13 horas diarias en Grecia

Reforma laboral en Grecia. / J. R. Mora
Por Renán Vega Cantor
En 1930, el economista inglés John Maynard Keynes, que en esa década se convertiría en el salvador intelectual del capitalismo, escribió Posibilidades económicas de nuestros nietos. Entre los anuncios más resonantes que avizoraba 100 años después ‒es decir, ahora mismo‒ se encontraba el de la reducción de la jornada de trabajo. Decía al respecto que, por los desarrollos tecnológicos, la jornada laboral en estos momentos debería ser de tres horas diarias y de quince horas semanales.
Casi un siglo después de esa predicción, el parlamento griego ha aprobado una ley laboral en la cual establece un horario de seis días de trabajo y hasta de 13 horas diarias (¡Pobre Keynes!). Así, establece hasta 78 horas de trabajo a la semana si un trabajador tiene dos patrones distintos (dos empleadores) y libertad de los patrones para modificar el horario de los empleados. Se dispuso que un trabajador puede tener un empleo a tiempo completo de 8 horas diarias y otro adicional de 5 horas. Se permite imponer un día laboral adicional, incluyendo sábados y domingos, lo cual puede anunciarse con 24 horas de antelación para adecuarlo a las “necesidades de la producción”.
En esa nueva ley laboral se establecen contratos para “empleados de guardia”, con cuyo eufemismo se oscurece el hecho de que los patronos pueden tener a su disposición los trabajadores para cuando los necesiten o se les venga en gana utilizarlos, dado que no tendrán horario fijo. Esto es la plena uberización del trabajo, por si hubiera dudas.
Agrega que las empresas deben adoptar un sistema digital de control horario y con esto se encuentran exentas de registrar cambios en la jornada en las plataformas electrónica del Estado, como era obligatorio hasta ahora. Con esto se abren las puertas para burlar cualquier horario mínimo de trabajo, porque la labor de vigilancia se deja a los inspectores de trabajo, unos cuantos para toda Grecia.
En las empresas de sectores económicos sujetos a la estacionalidad, como el turismo, se puede implantar la semana de seis días laborables, con un aumento de 40% en el salario diario. Se establece un contrato a medida, en el cual el empleador solicita al trabajador con un día de antelación, sin otro requisito, y solamente se pagan las horas trabajadas. Si el trabajador no asiste, se le responsabiliza de incumplir el contrato. Como las disposiciones laborales quedan a criterio de las empresas, los trabajadores no pueden planificar su tiempo extralaboral.
Además, se limita el derecho de huelga porque «se castigan las acciones sindicales y se prevén fuertes multas y penas de prisión para quien decida ‘impedir’ o bloquear la llegada o salida de personas que quieran ir a trabajar». Esta es una clara forma de criminalizar a los huelguistas, en un país donde ha existido una notable movilización obrera, popular y social contra las medidas de austeridad y endeudamiento de la Troika europea, que han hundido al país en la pobreza y el desempleo.
Para completar, la nueva ley establece que si un practicante no alcanza a trabajar durante 12 meses o es despedido no tendrá derecho a ninguna indemnización. Esto significa que un trabajador puede llegar a ser aprendiz de por vida, dado que las empresas pueden rescindir unilateralmente, y sin previo aviso, los contratos antes de que se cumpla el primer año.
Ahora bien, ¿por qué tanto escándalo con una modificación laboral que en gran parte del mundo es la norma cotidiana? ¿Cuál es el aspaviento si en todas partes se trabaja 12 o más horas diarias (como en Estados Unidos), se tienen dos o más trabajos y no se cuenta con ningún derecho laboral y predomina el “empleo informal”?
Sencillamente, nadie debería felicitarse por la pérdida de derechos por parte de los trabajadores en ningún país del orbe. Es bueno considerar que estamos hablando de un país de la Unión Europea, donde se supone se respetan los derechos laborales y sus habitantes disfrutan de óptimas condiciones materiales de vida y de los supuestos beneficios de la tecnología.
Agreguemos que ciertos analistas planteaban que, como les decía Keynes a sus nietos, la tecnología reduce tanto el trabajo, que esté se encuentra en vías de extinción. Esto, nos dicen, es evidente en los centros desarrollados del capitalismo, entre ellos la Unión Europea. Pues resulta que ahora, en contra de toda esa propaganda ‒porque no es otra cosa‒, impera el alargamiento de la jornada de trabajo en todo el mundo, y Europa no es la excepción. Sencillamente, el capitalismo requiere de fuerza de trabajo para explotar y acumular ganancias y eso lo hace en primer lugar en los países europeos.
En el caso de Grecia se trata de que sus habitantes de a pie, que viven de vender su fuerza de trabajo, sean explotados intensivamente para beneficio de los capitalistas locales y de la troika que ha destruido y hecho miserable a ese país. Aquí vuelven a cobrar vida las imágenes del capitalismo en el siglo XIX, cuya sed de trabajo ajeno lo asemejaba a los vampiros. Esos capitalistas chupan la sangre del trabajador para transformar sus músculos y energía en plusvalía, en riqueza, de la que se apoderan los vampiros del siglo XXI. Ahora, lo gótico (lo vampírico) reaparece en la civilizada Europa, cada vez más maltrecha, para recordarnos que el capitalismo no puede vivir sin los trabajadores y sus energías.
Volviendo a Keynes, hoy sí sería factible con toda la riqueza creada y el aprovechamiento de ciertas tecnologías la reducción de la jornada de trabajo, para beneficio de los trabajadores y de la humanidad en su conjunto. Esa sería una manera de combatir el desempleo, darle trabajo a los migrantes y mejorar las condiciones de vida de la población. El único problema es que eso no puede hacerse dentro de la lógica capitalista, que requiere chupar trabajo ajeno para poder existir. Eso es lo único que reanima al capital en donde quiera que se encuentre y no distracciones secundarias en el mundo del consumo y la ostentación.
Ahora queda por saber si los trabajadores se dejan vampirizar pasivamente de los chupasangres o si resisten y se niegan a convertirse en zombis.
