Por Yuliana Franco

A las 3:20 pm comenzó nuestro recorrido por la Comuna 13, acompañados por un guía local, un hombre que dice haber vivido en este lugar durante 45 años. Su rostro muestra no solo el paso del tiempo, sino también la huella del trabajo físico bajo el inclemente sol. La Comuna no estaba tan concurrida como de costumbre, quizás debido a la hora o al día. Afortunadamente, la temperatura y las nubes pasajeras nos protegieron del ardiente sol que temíamos encontrar.
Durante el recorrido, visitamos algunos establecimientos destinados a preservar y contar la historia de un lugar que, a pesar de haber experimentado la violencia, la muerte, la negligencia estatal y la pobreza, se ha convertido en uno de los destinos más visitados en Colombia y América Latina.
En el relato de nuestro guía, identifiqué varios elementos. El primero de ellos es su profundo interés por narrar hechos violentos, que surge de haber vivido gran parte de su vida en una realidad cruda y desafiante. Sin embargo, su relato me lleva a cuestionar en qué medida vivir estas realidades nos hace insensibles a la violencia y si ésta se normaliza con el tiempo. Su discurso es tan impactante como su experiencia, ya que constantemente habla de heridas, sangre y dolor, descripciones vívidas que pueden resultar incómodas. ¿Es esta incomodidad su intención narrativa o simplemente es la forma en que cautiva a los turistas? Es posible que sea una combinación de ambas, o tal vez sea su manera de procesar todo lo que ha presenciado como residente toda la vida en la Comuna.
Independientemente de la respuesta, queda claro cómo esta dinámica agitada contribuye al atractivo del llamado “turismo oscuro”. Aquel turismo que se dedica a explorar destinos que evocan una sensación de morbo histórico o cultural, este generalmente va de la mano con visitas a lugares que tienen una conexión histórica o contemporánea con eventos sombríos, trágicos o perturbadores, asociados con la muerte, la violencia, la tragedia, la pobreza o la opresión; los amantes de este turismo visitan cementerios, campos de concentración, lugares donde han ocurrido desastres naturales o, como en el caso de la comuna 13, recorren zonas afectadas por conflictos armados.
Otro elemento notable en el relato del guía es la falta de énfasis de nuestro guía en el arte del grafiti y su aparente falta de conocimiento sobre su significado, justo aquello en lo que se centran los famosos grafitours. No profundizó en detalles sobre nombres, descripciones, interpretaciones y elementos conmemorativos de las obras de arte que adornan las calles del barrio. A pesar de ser un factor clave en la transformación del lugar, parece no reconocer completamente el impacto del arte en la comunidad.
Es interesante, además, escuchar cómo describe la transformación del lugar. A pesar de la mejora en las condiciones de vida de la gente alrededor de las escaleras eléctricas, la violencia sigue presente, pero oculta, como un secreto a voces. Quizás ya no existen los enfrentamientos armados que arrasaban con la vida de inocentes cuyo único pecado era habitar el lugar; sin embargo, actualmente quienes ostentan el poder siguen delimitando territorios, cobrando extorsiones y traficando con drogas. Los desafíos para los pobladores, como la distancia a las escuelas y el difícil acceso a centros de salud que cubran sus necesidades, evidencia que las dificultades económicas persisten. De hecho, el guía menciona que algunos de sus colegas se niegan a aceptar tarifas bajas o a realizar los tours debido a la usura existente en el negocio, y que, al final, es un asunto controlado, tácita o abiertamente, por un puñado de personas que deciden quién puede o no trabajar como guía local. Su perspectiva nos muestra que, a pesar de las mejoras, la lucha contra la violencia y la desigualdad está lejos de haberse resuelto en la Comuna 13.
Es evidente, cómo entre las 3:20 y las 6:30 que duró el recorrido la actitud de nuestro guía fue cambiando, su estilo de expresión y su rigidez se transformaron, si bien nunca abandonó su afable y entusiasta disposición. Hacia el final del recorrido emergió como una persona notablemente más abierta y relajada en su comunicación, mostrando un sentido del humor más pronunciado, una mayor disposición para proporcionar detalles sustanciales y responder a preguntas con absoluta franqueza, incluido su trabajo y la oportunidad que representa para él hacer tours de Pablo Escobar, por fuera de la Comuna, pues estos representan para él una ganancia mayor.
Este recorrido por la Comuna 13 me ha llevado en un viaje emocional profundo. Me ha sorprendido gratamente la diversidad de discursos y narrativas que existen sobre una misma historia. Cada persona cuenta la historia de acuerdo a cómo la vivió y sintió, lo que me ha recordado la importancia de la subjetividad en la percepción de la realidad. Cada voz aporta una pieza única al rompecabezas de la memoria en esta comunidad, y me ha impresionado la forma en que estas voces se entrelazan para tejer una narrativa compleja y conmovedora pero llena de esperanza, de historias de resistencia y superación.
Descubrir nuevas perspectivas enriquece nuestra comprensión del mundo que nos rodea. Durante esta tarde, pude darme cuenta que a menudo nuestras percepciones iniciales pueden ser limitadas y superficiales. El contacto directo con las personas que sufrieron el rigor de la guerra me ha permitido profundizar y cuestionar mis propios prejuicios y estereotipos.
Es igualmente impactante ver cómo, mientras algunos, lejanos a estas experiencias, pueden beneficiarse económicamente del turismo en el lugar, la comunidad misma sigue luchando cotidianamente contra la violencia y la desigualdad. Esta dualidad es un recordatorio poderoso de que nuestras acciones y elecciones tienen un impacto real en las vidas de los demás y que aún hay un camino largo por recorrer a nivel individual, social y también del Estado.
En resumen, este viaje ha sido un recordatorio de la riqueza de la diversidad humana y la complejidad de nuestras realidades compartidas.
