La infancia: privilegio burgués de apariencia universal

Por Mateo Calderón Gómez

Ilustración: Victor Cuartas

La infancia es un momento fundamental de todos los individuos. Tanto así que el comentario general que se le suele atribuir a este periodo lo sitúa como la etapa más entrañable y feliz de la vida. Es el tiempo sin deberes ni obligaciones. Momento de tranquilidad y soberanía en el que todo parece posible. Se experimenta de manera más cercana, pausada y amigable lo cotidiano. El entramado mecánico y acelerado que direcciona el ritmo de vida dentro del mundo adulto no alcanza a capturar y afectar a los sumergidos en ese apreciado momento. Se dispone del tiempo como un recurso infinito que se puede destinar a la exploración del pedazo de mundo del que somos soberanos, guiados por las actitudes propias de la infancia como el juego, la despreocupación, la curiosidad, etc.

Es en este entorno que se encuentran las condiciones apropiadas para la autoexploración sensible y la formación de un carácter que permita direccionar la actividad vital en función de lo que se desea ser y hacer en el mundo. Además, que permita enfrentar de manera adecuada los diversos obstáculos que pueda deparar la vida adulta sin dejar de ser coherente con los intereses propios.

Sin embargo, este ideal que se tiene de la infancia excluye gran variedad de realidades que muchos niños y niñas padecen. A muchos, las necesidades y las condiciones materiales de existencia dentro de la sociedad les impide vivenciar la experiencia de la infancia adecuadamente. Es decir, como un periodo de formación temprana que influye significativamente en el desarrollo de una actitud consciente, crítica y curiosa ante el mundo. En ese sentido, parece que la experiencia de la infancia es un privilegio de clase que pocos han tenido la posibilidad de vivenciar.

Para que la infancia pueda ser considerada como un tiempo agradable, entrañable y adecuado se requiere de unas condiciones del entorno social y familiar que aseguren que el niño pueda disponer de ese tiempo para establecer las bases que le permitan vincularse consigo mismo y elaborar una existencia consciente. También se debe disponer de un cuidado y una orientación propicia que lo proteja de la inclemencia y la hostilidad del mundo exterior. Esto implica que el cuidador debe dedicar tiempo para compartir, escuchar, conocer y permitir que el niño se dé a conocer. De ese modo, se pueden brindar las condiciones para construir una experiencia transformadora que influirá de manera positiva en la formación del individuo en el futuro.

La realidad es que, aunque esas condiciones sean las idóneas para lograr una formación adecuada en el individuo, solo pueden ser apropiadas y realizadas por un fragmento muy pequeño de la sociedad. De hecho, debido a las carencias materiales de una gran mayoría de individuos en el mundo, muchas veces los padres se ven en la obligación de prescindir del tiempo de calidad con su familia, renunciando a la posibilidad de cultivar un entorno a partir del cual sea posible configurar un vínculo formativo que contribuya a la elaboración de una experiencia sana, y relegando esa situación del cuidado a un tercero, que de manera genérica se encargará de impartir la orientación hacia una forma estandarizada del cuidado.

Tal es el caso de los niños que son llevados a instituciones comunitarias para que allí se encarguen de su cuidado mientras que los padres se disponen a trabajar para poder conseguir los suministros básicos para la supervivencia. La cantidad de niños en estos centros hace que el proceso de acompañamiento sea insuficiente, ya que falta una conexión profunda entre el niño y el educador. Esto dificulta que los niños desarrollen una relación sólida consigo mismos y una comprensión consciente de su lugar en el mundo.

Otra situación, aún más dramática, es aquella en la que los niños mayores deben asumir la responsabilidad del cuidado de sus hermanos menores. Pierden el dominio de su tiempo para tener que dedicarlo a la responsabilidad de cuidar a otro que, como él, también se encuentra en esa etapa de exploración. Esto termina afectando el desarrollo adecuado del carácter en ambos, porque carecen de guía que los ayude a vincularse con ellos mismos. Además, hace que el niño mayor empiece a ingresar en escenarios de responsabilidad para los cuales no está preparado.

A medida que se involucra en estos roles de responsabilidad, el tiempo de la infancia comienza a mezclarse con las demandas propias de la vida adulta, lo que resulta en un acortamiento del período de la infancia. En la mayoría de los casos, esta incorporación apresurada resulta en la marginación de estos individuos, ya que carecen de las condiciones necesarias para enfrentar las demandas impuestas por la sociedad.

La imagen ideal de la infancia está compuesta por una serie de atributos o valores que podrían considerarse como inherentes a la humanidad. La idea de tener tiempo disponible para perseguir los propios intereses, la idea de formar la conciencia para autodeterminarse según una manera conscientemente elaborada de ser, etc., han sido asociadas históricamente con la burguesía porque ella se los ha apropiado. Sin embargo, lo deseable sería que todos los seres humanos puedan incorporarlos y disfrutarlos, ya que a partir de ellos es posible desarrollar las potencias de la humanidad en el individuo. El problema con dicha apropiación es que dichos valores se muestran como aspectos universales de la humanidad, pero la realidad es que los únicos con la posibilidad de desarrollarlos es la clase que dispone de todos los privilegios materiales y sociales: la burguesía.

Hasta este punto podemos evidenciar que la infancia sí es un momento fundamental para todos los individuos. De ella depende el resultado de lo que será cada uno y cada una cuando ingrese al mundo de la responsabilidad y el compromiso. La cuestión es que no todos han tenido el privilegio de disponer de ese tiempo sin la interrupción de las dinámicas de un mundo que apremia por capturar cada vez más rápido a individuos que sean útiles a sus exigencias de producción.

La formación de individuos conscientes y autónomos, que tengan claridad sobre su posición en el mundo no es algo que beneficie las dinámicas de la sociedad actual. Por eso, poco se hace por fomentar y extender la posibilidad de que los niños puedan disponer de una experiencia plena orientada a formar mejores seres humanos. Sin embargo, hay que reivindicar la experiencia de la infancia, no dejar que sea un privilegio y convertirlo en una experiencia al alcance de todos.

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