Por equipo de redacción

Imágen tomada de Elinformador.com
La aparición de la escritura, supuestamente, marcó el paso de la prehistoria a la historia de la humanidad. Y ello ha significado muchísimo en términos del desarrollo de la capacidad expresiva de los seres humanos, de su capacidad comunicativa y de su memoria. Por ejemplo, gracias a la escritura podemos “conversar” hoy con pensadores que dejaron este mundo hace más de tres mil años, podemos considerar sus ideas, discutirlas y actualizarlas, hasta el punto que su pensamiento sigue iluminando problemáticas contemporáneas. Por la escritura hemos podido tener una idea de cómo vivían los griegos en su vida cotidiana, o los árabes que desfilan en los relatos de las mil y una noche, a pesar de que su cultura, supuestamente, es muy diferente a la nuestra. También podemos, gracias a las crónicas de indias, saber algo de cómo fueron casi exterminados nuestros ancestros en la colonia.
La escritura, sin embargo, no ha significado lo mismo en distintas épocas, aunque desde luego ha sido siempre una especie de privilegio, pues a leer y escribir no se aprende naturalmente a través del contacto permanente con el lenguaje, tal y como aprendemos a hablar escuchando, observando e interactuando con los semejantes. Pero, en principio, quienes sabían escribir eran escribanos, un grupo subordinado a los poderosos, que usaban su talento para contar, por encargo, las hazañas de estos.
Resulta paradójico que hoy la escritura sea un privilegio de unos pocos, justo en una época donde no solo aprender a leer y escribir debería estar al alcance de todos y todas, sino incluso la publicación. Más paradójico todavía, que cuando este privilegio se explota con mayor arrogancia, muchos escritores, por no decir la mayoría, sigan comportándose como escribanos al servicio de los poderosos, con mayor abyección incluso de la que se vieron obligados a asumir los escribanos antiguos.
Cabe resaltar, de todos modos, que la escritura es también una fuente inagotable para el pensamiento crítico, para la educación, el arte, la creación y, en general, la imaginación. Y si ella hoy se vive como un privilegio de algunos pocos tiene que ver fundamentalmente con las dinámicas de una sociedad que le teme precisamente a la capacidad creadora y crítica de los sectores populares y por eso se esfuerza en mantenerla lejos del alcance de dichos sectores o, en su defecto, banalizarla y reducirla a las fórmulas de autoayuda que hoy atestan las librerías.
Por un lado, entonces, se banaliza la escritura, y con ella la lectura, para los sectores populares, y por el otro se les presenta como algo que requiere mucho esfuerzo y talento y, por lo tanto, no está a su alcance. Si antes la estrategia fue mantener a las masas en el analfabetismo, ahora la estrategia es sumergirlas en las redes sociales, donde el ejercicio serio de la escritura prácticamente ha desaparecido, incluso si se mira solo desde la corrección idiomática y de redacción: el discurso de las redes sociales parece el discurso de los tartamudos que no logran decir una frase de corrido, pero peor aún, porque lo que no se logra en las redes sociales es construir una idea completa, desarrollar una discusión sustanciosa o proponer debates realmente interesante. Pero no es que no se pueda, sino que a los dueños del mundo no les interesa, pues aquí la estupidez se ha hecho norma y ello convierte en reyes incuestionables a los magnates más mediocres.
Por eso una de las tareas que ahora se propone El Colectivo es la democratización de la escritura y, con ella, del pensamiento autónomo. Hasta ahora, a quienes no hemos contado con una educación de calidad y orientada más allá de las capacidades laborales, si nos hablan de escribir sobre nuestras experiencias o sobre la gente que conocemos, sobre sus historias, anhelos y esperanzas, sobre sus luchas y mortificaciones, nos invade un ataque de pánico: no hay terror comparable al que produce una página en blanco cuando queremos escribir algo que será publicado y compartido son otras personas que ni siquiera conocemos. Aunque a veces nos da más terror que nos lean aquellas personas que sí conocemos, porque ante ellas más tememos el ridículo.
Pero nadie nació aprendido y todos merecemos una primera oportunidad, y una segunda y una tercera, hasta que al fin soltemos la palabra y el pensamiento que empieza a recorrer el papel como si fuera un navegante ducho en un océano bien conocido. A partir de ahora, El Colectivo ofrece una sección para aquellas personas que se atrevan a probarse a sí mismos que la escritura no es un privilegio que les ha sido negado por la naturaleza.
Mi primera vez será el nombre de esta sección y estará destinada a aquellos y aquellas que por primera vez escriben algo con intenciones de que sea publicable. Por supuesto que ese algo deberá responder a los criterios de interés general (al menos para la gente de a pie), aunque sea una historia personal; es decir, será un texto que relate asuntos concernientes a la vida en comunidad, a las problemáticas de los individuos, grupos y colectivos en esta sociedad, incluso las problemáticas que se expresan en la vida interior de los individuos. El escrito, además, contará con el acompañamiento del equipo de redacción del periódico para garantizar la corrección idiomática, la redacción clara y la comprensibilidad.
Esta es pues una invitación para todas y todos nuestros lectores para que se atrevan a dar el paso que nos separa de la escritura. Seguramente muchos talentos, mucha sensibilidad y mucha capacidad crítica anida en cada uno y cada una y solo estamos esperando esa primera oportunidad a partir de la cual podrían abrirse posibilidades hasta ahora inimaginables.
Esperamos que esta primera vez sea muy grata, a pesar de o precisamente gracias al pánico que podamos sentir y al placer que se nos ofrece una vez empezado
