Por Álvaro Lopera

Dibujo de Matador y montaje digital de Álvaro Lopera
El ruido de las explosiones no me deja respirar, pues el miedo me ahoga. Las bombas químicas y explosivas cayeron como granizo y mis vecinos desaparecieron: ayer hablé con ellos, hoy no están. No hay agua para lavarme la cara tras mis lágrimas, y no puedo comer para paliar el hambre tras mis gritos. Mi madre ya no está, salió y probablemente murió cuando buscaba a mi hermano, el cual salió apresuradamente a informarle a mi padre que nos teníamos que ir, pues Israel avisó que bombardearía toda la región y que era mejor viajar al Sur.
Mi padre era albañil, constructor de sueños y ciudades; se preocupó cuando se enteró que las bombas de la noche anterior habían derrumbado el barrio que ayudó a levantar con sus toscas manos, por allá, a mediados del siglo pasado, cuando la ONU no había partido a Palestina con las tijeras yanquis. Salió apresuradamente en la madrugada sin enterarse que Tel Aviv había ordenado la evacuación. Mi madre, mi hermano, mi padre no volverán…y yo moriré en la fuga pues también están asesinando a los que huimos al sur de Gaza. Mientras, en el palco de la tragedia, Europa aplaude.
En el primer día, ese 7 de octubre, la ira se hizo fuego. Cisjordania sumaba varios días de humillación: los colonos sionistas apoyados por soldados israelíes escupían y mataban a los fieles que querían ingresar a la mezquita de Al-aqsa. ¡Jerusalén nos pertenece!, gritaban con sus fusiles. ¡Ustedes son los extraños!, nos humillaban. En esa judaización sionista de la mezquita han muerto muchos amigos de mi familia; los muchachos, con el silencio cómplice de la Autoridad Nacional Palestina, caen como hormigas envenenadas por el odio de ese vecino que nos llama bestias de dos patas.
Las cárceles sionistas, ahítas ahora con niños, mujeres, jóvenes y ancianos, están que estallan. No por la violencia de una (ojalá) resistencia a esa detención administrativa que la hace cualquier oficial sionista por cualquier razón y que la aplica contra cualquier palestino o palestina, sino por la cantidad de gente que allí yace oprimida hasta el cansancio, que no cabe en las celdas; sus derechos, abollados por la soberbia y el racismo, son cancelados por el número de años que los militares quieran.
Cuando suenan disparos en nuestra cotidianidad, no porque Hamás haya atacado a nadie, sino por puro capricho sionista, pienso en eso que todos acá concluimos: están probando un nuevo fusil, una nueva mira; quizás un dron dio coordenadas para que el disparo no yerre. Cuando una bomba cae, siempre pienso que por encima del desastre humano y físico se encuentra un sigiloso dron filmando para la próxima feria de armas en donde Israel será la estrella. Cuando un palestino o palestina mueren, pienso en los negocios que hay detrás de ello.
Hamás lanzó un ataque portentoso, dijeron todos los medios que alcancé a mirar por internet hasta que desapareció la energía, a la par del agua y los alimentos. Fue algo inesperado para Israel, pero, inmediatamente, también lo supe de oídas, Europa, Estados Unidos y todo Occidente condenaron dicho ataque y lo llamaron terrorista. Y en ese aquelarre de noticias se inventaron una bestialmente falsa: que Hamás había decapitado a 40 niños en Israel para que el mundo señalara con el dedo índice al pueblo palestino y ahora la elite sionista se permitiera plantearse la solución final, tal como la pensó Hitler contra la población judía, contra los gitanos y los comunistas en la segunda guerra mundial.
El trabajo posterior lo hizo el primer ministro israelí, Netanyahu, y su gabinete: “estamos combatiendo animales humanos”, vociferó el ministro de defensa. “Una bomba atómica debe lanzarse sobre Gaza”, aulló una parlamentaria israelí airada porque ellos, los sionistas, por primera vez en muchos años, habían sentido pánico, a sabiendas, según esa edil, que los únicos que debemos sentirlo somos los árabes palestinos. De todas maneras, estoy seguro de que no sufren mucho, pues el paraguas militar yanqui se movilizó con sus portaaviones inundados de aviones, y miles de misiles para tranquilidad de su mascota.
No sé cómo Hamás consiguió esa cantidad de pequeños misiles ni cuándo ni cómo los elaboró, solo sé que era la primera vez en muchos años que la soberbia racista israelí sentía una humillación y su población pasaba un susto similar a los miles de sustos que hemos pasado nosotros desde hace más de 75 años. Recuerdo cuando mi padre me contaba que había visto videos de colonos subiendo sofás y mucho licor a alturas circundantes para brindar con cada bombazo que sonaba en Gaza en el anterior bombardeo que nos hicieron en 2021, y en 2017, y en 2015, y en 2014, y en 2012, y en…, es decir, había y hay muchos fans de la guerra en ese país que se llama a sí mismo la “única democracia de Medio Oriente”; había y hay muchos guerreristas en el otro lado del muro, contra nosotros; y a nosotros siempre nos han llegado esas noticias, y tenemos que apretar los dientes y evitar llorar.
Palestina era y es (a pesar de la gran destrucción) una tierra fértil que brindaba techo a musulmanes, judíos, cristianos. Y había un pueblo: mi padre, mi abuelo eran parte de ese pueblo. Ellos me contaron que tenían amigos de muchas partes y de muchas creencias, es decir, había para todos. Pero un día llegó la ambición en un baúl lleno de oro que Gran Bretaña le ayudaba a cargar a los mensajeros de la muerte y que tenía guardada una ingrata sorpresa para los viejos y sencillos habitantes que no alcanzaban entonces a darse cuenta del peligro: el nacimiento del sionismo. Un tal Theodore Herzl (padre de la criatura sionista), periodista húngaro; un tal Rothschild, banquero, y la tal corona inglesa que era señora y ama de estas tierras tras la caída del control otomano en el Asia, habían definido a Palestina como una tierra sin pueblo y a Israel como un pueblo sin tierra, para poder dar los pasos necesarios y borrar así el viejo legado árabe y, en su falta, crear, de la nada, basados solo en historias bíblicas, una “tierra prometida” con un “pueblo elegido” por Dios para hacer, en su nombre, todo lo que a bien tuvieran hasta tomarse cada palmo del suelo palestino regado con la sangre de mi pueblo.
De una historia que no tiene rigor alguno se aprovecharon para someternos, para negarnos nuestros derechos, para desarraigarnos, asesinarnos, robarnos nuestra tierra, masacrarnos cuando bien quisieran; y lo peor: la prensa mundial hizo un pacto con esos diablos: se transmutaría en una prensa silenciosa, alcahuete, sacaría de las portadas todo lo que tuviera que ver con nosotros, y cuando nosotros hiciéramos algo que afectara a la nueva cuña de Occidente en el Medio Oriente, ellos se encargarían de poner el grito en el cielo por el “humilde” Israel, el mismo que ahora terminó matándome en la huida hacia el Sur de Gaza.
Quisiera que mi epitafio dijera, si lográramos siquiera un cementerio palestino en esta tierra ocupada: “Nací y crecí en mi tierra, y morí sin ver sus frutos…pero regresaré”.

Una reflexión hermosa, pero a la vez terriblemente triste. Los hermanos palestinos ahora sufren rodeados de dolor, pero ¿y el resto del mundo, indiferente, o cómplice, o asesino, no es vergonzoso?
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