Por Johnny Alejandro Estrada

En la foto: Fanáticos “Rebeldes” del grupo musical mexicano RBD . Foto: EFE – Luis Eduardo Noriega A
En vísperas del 3 de noviembre, en la ciudad de Medellín se percibía una nueva euforia con un vestigio rebelde. Y es que, en esta fecha, en el pequeño Hollywood que se ha convertido la tacita de plata, se dio inicio a un concierto de 3 días de la agrupación mexicana de pop latino llamada RBD. Este evento fue parte de la gira “Soy Rebelde World Tour 2023”, realizada por dicha agrupación, la cual se hizo popular gracias a la exitosa telenovela Rebelde, transmitida por Televisa del 2004 al 2006. Los organizadores debieron brindar con algún costoso whisky, pues, como era de esperarse, la boletería se agotó en menos de lo que canta un gallo, o por lo menos antes de que todos los revendedores vieran el lucrativo negocio de las entradas al concierto: estos ingeniosos emprendedores, que, como con el toque del rey Midas, tienen la cualidad de incrementar cuantiosamente los precios. Sin embargo, los compradores no se hicieron esperar y los conciertos se llenaron en su mayoría de antiguos jóvenes que, extasiados en la nostalgia, recordaban la rebeldía muerta de la juventud. Esa pequeña rebeldía juvenil que, incluso cuando es impulsada por una causa social, puede ser arrebatada por la subjetivación capitalista y la responsabilidad de la adultez.
Con esta venta de “rebeldía”, la industria cultural paisa se hizo el diciembre; y no es para menos, pues hubo palcos con precios exuberantes. Estos, que eran para 10 personas, fueron bautizados con nombres alusivos a la música de la agrupación, de acuerdo con los cuales variaron los precios y el estatus. Se llamaron: palco “Ser o Parecer”, avaluado en $13.700.000; “Quédate en Silencio”, avaluado en $15.700.000; “Sálvame”, avaluado en $17.100.000, y, por último y más importante, el palco “Soy Rebelde”, avaluado en $22.300.000. Precios de taquilla que los revendedores inflaron a mayores costos. Mientras tanto, todo esto parecía ya ser parte del espectáculo, como un culto capitalista al gasto rimbombante. Pero, aunque tanta opulencia se ha vuelto natural en una sociedad fetichizada y una industria cultural alienante, no son menos curiosas y dignas de atención las jugarretas de dominación que aquí suceden.
Principalmente, resulta contradictorio que el palco más costoso sea bautizado “Soy Rebelde”. Pues es inevitable preguntarse a qué tipo de extraña y moderna rebeldía es a la que se refieren, o a cuál rebeldía es a la que accede quien compra la costosa boleta para ese palco. ¿Es la rebeldía una mercancía que se pueda comprar? Yo respondería que el estatus de rebelde que adquiere quien accede a este palco es el del adinerado exitoso que puede gastar sin reparo ni cohibición económica. Lo que significa toda una rebeldía de las limitaciones del sistema capitalista, una que se logra solo con dinero, es decir, sucumbiendo a él.
Esta Rebeldía fantasmagórica es muestra de que la industria cultural convierte incluso lo subversivo en mercancía y lo fetichiza. Pero, también trae consigo la idea del falso revolucionario “rebelde” que lucha, pero por defender y conservar el orden social existente en el cual es privilegiado. Toda esta dinámica, en la que estamos imbuidos todo el tiempo, ya no permite diferenciar quién o cuál es la mercancía. Vaya a saber si son los consumidores o las cosas, hasta fantasmales, por las que pagamos altos costos. Como un palco que vende la idea de rebeldía o el palco “Ser o Parecer” donde, aunque tú no lo seas, el dinero puede hacerte parecer exitoso, cool o sexy.
Por otro lado, durante los días del concierto se notaron algunas publicaciones en redes sociales, de algunos que no siempre tragan entero. En especial, alguien preguntaba porque la gente pagaba estos palcos tan costosos si estos artistas, como muchos, estaban haciendo “Playback”. Esto es, que el artista hace fonomímica o canta sobre la voz ya grabada. Preguntaba si a todas estas, lo que a la gente le gusta son las combinaciones de luces, humo y coreografías, pues evidentemente los afamados cantantes no hacen una representación de su arte. Sin embargo, algunos comentaban que el autor de dicho post lo que tenía era envidia y que, además, “cada quien se gasta su dinero como quiera”. Lema que no es más que el fruto de la libertad e individualidad capitalista y muestra de la alienación, como quien se celebra en lo absurdo de este sistema.
Este amigo inconforme quizá no esté muy equivocado. Pues el fetichismo y la fantasmagoría, son la forma en la que se nos aparece todo y por medio de la cual la industria cultural manipula el deseo, con la decoración y la apariencia. Llevándonos, como en estos eventos, al goce y la experiencia vacía del arte. Donde este último no aparece, sino solo la decoración y las luces del espectáculo, haciéndonos parte de él y estimulando a rafagazos los sentidos.
Por último, queda por mencionar que, dado que estos artistas rebeldes no cantan realmente en sus conciertos, significa que ellos son en sí es el verdadero show y no su arte. La obra pasa a un segundo plano y la atención se centra en el artista como la mercancía que seduce y por la que se paga. Nada más es ver cómo los artistas ahora se proyectan como empresa y sus obras como productos. Su estrategia de rating es hacer pública su vida mediante el escándalo. Si no, por lo menos mostrando en redes sociales todo lo que hacen en su vida privada. Ahora bien, todo este morbo es puro fetichismo y fantasmagoría. Por eso, en cuanto a rebeldía, es claro que el sistema la acepta y la promueve, pero solo una que no vaya en contra de sus intereses, una que se pueda comprar como rebeldía fantasmagórica y abrillantada.
