Editorial No 93: La lucha por las reformas sociales también es revolucionaria

Portada: Sin título – Tomada de Freepick

Este 2024 será, sin duda, un año complicado políticamente. Es el año de la consolidación de un proyecto alternativo de gobierno (que, para no ser cosmético, tendrá que ser un proyecto alternativo de sociedad) o será el año de su fracaso rotundo con todas las consecuencias que esto trae para los anhelos de paz y justicia social en Colombia. Ya el presidente Petro ha denunciado estrategias varias para desestabilizar su gobierno y propinarle un golpe de Estado, pero no será la única estrategia, ni siquiera la peor suerte que pueda sufrir este gobierno y con él buena parte de los sectores sociales que le han apostado al cambio.

De hecho, dada la tradición politiquera de este país, seguramente asistiremos a un año de despegue de un sinnúmero de campañas electorales con miras a las elecciones presidenciales de 2026. Pues en la política colombiana ocurre como en el fútbol, que las eliminatorias al siguiente mundial empiezan inmediatamente termina el anterior.

Es claro, por ejemplo, que el Fiscal General de la Nación, Francisco Barbosa, está en campaña, a pesar de su mezquina labor al frente de la institución; de hecho, lleva un año utilizando la Fiscalía como plataforma no solo de oposición, sino de proyección de su figura como presidenciable. Y es que la derecha sabe que, para ser presidente en Colombia, no hay que ser inteligente o eficiente, sino ponerse al servicio de los poderes mafiosos de este país y garantizar que los protegerá sin chistar. La prueba es precisamente la llegada de Iván Duque a la presidencia en 2018 y su permanencia allí a pesar de su nulidad y de su estulticia política.

También es un hecho que algunos alcaldes recién posesionados han concebido sus cargos como instancias o plataformas para proyectar sus candidaturas presidenciales y librarse del olvido que les depara la opinión pública cuando pasan mucho tiempo sin ocupar cargos públicos. Este es el caso, por ejemplo, de Federico Gutiérrez en Medellín y Alex Char en Barranquilla. Toda su campaña se basará en el antipetrismo, no como una confrontación con un modelo de sociedad y un proyecto de gobierno, sino como una confrontación personal.

Con todo y eso, no hay que dejarse engañar: la confrontación es entre dos apuestas de sociedad, dos modelos económicos y políticos. Solo que si pusieran la confrontación en estos términos tendrían que recurrir a los argumentos, cosa de lo que parecen ser incapaces. Pero también porque en Colombia está demostrado que quien más votos arrastra es aquel que puede mover mejor las pasiones de las masas ignorantes, educadas en el odio y en la confrontación ciega. Para ello nada mejor que escoger un enemigo, satanizarlo y presentarlo a las masas como el demonio responsable de todos los males. Por eso los futuros candidatos empiezan a presentarse como aquellos que van a recomponer el país que Petro ha desbaratado en año y medio de gobierno, sin reconocer que este ha sido sumido en la ignorancia, la guerra y la miseria por más de 30 años de neoliberalismo ramplón y obediente a los dictámenes extranjeros y que su proyecto es mantenerlo en esa situación.

De la derecha, sin embargo, no tiene por qué asombrar su apuesta furibunda por conservar un orden social a todas luces injusto y defender los intereses de los más poderosos como si fueran los intereses de toda la sociedad. Lo que debería sorprender es que también un buen sector de la izquierda se case en una disputa personalista con Petro, sin ningún análisis serio de los proyectos en cuestión. En algunos casos se evidencian odios personales; en otros, un dogmatismo ingenuo que parece hablar de aquello que Lenin llamó infantilismo de la izquierda. Se acusa a Petro de no ser lo suficientemente revolucionario, de que sus reformas no son más que un maquillaje que legitima la democracia burguesa, etc.

Pero lo que se juega en este 2024 son precisamente estas reformas, que por poco revolucionarias que les parezcan a muchos son precisamente una vía para mejorar las condiciones de vida de los sectores oprimidos y, posiblemente, la forma de mejorar su posición en la lucha. Y es que los triunfos en la lucha, por pequeños que sean, funcionan como potenciadores de los procesos revolucionarios. No se puede hacer la revolución de fracaso en fracaso. Por eso, la discusión que ponía como alternativas contradictorias las reformas o la revolución pertenece a otro contexto y obedecía a otros análisis que se hace necesario actualizar hoy.

No importa si Gustavo Petro es realmente revolucionario o reformista, lo que importa es si las reformas propuestas son necesarias, posibles y pueden mejorar las condiciones de los más vulnerables en este país. Y la respuesta tiene mucho que ver con la disposición de los sectores populares para defenderlas y para fortalecer en esta defensa su capacidad de lucha y su constitución como sujeto revolucionario. Eso quiere decir, no conformarse con la simple reforma y aprovechar su fuerza para avanzar en la construcción de la utopía, en la medida en que los sectores populares avizoren que la lucha efectivamente contribuye a mejorar sus condiciones sociales y materiales.

Una izquierda consecuente lucha en favor de todo aquello que beneficie a la clase oprimida y contra todo lo que obstruye su avance. Las reformas a la salud, la pensional, la laboral, pilares de la justicia social, avanzaron un poco en la Cámara de Representantes el año pasado, pero tendrán su mayor reto este año en el Senado, donde se sienta la crema y nata de los sectores reaccionarios de este país. Seguramente, sin un respaldo popular consecuente, no serán aprobadas o se aprobará solo un remedo de ellas.

La derecha reforzará este año su libreto: un despliegue publicitario para mostrar que el gobierno de Petro es autoritario, corrupto, ineficiente y derrochador, al tiempo que torpedeará las reformas en el Congreso, aprovechando la inacción de las organizaciones sociales y populares, divididas entre la alternativa de apoyar a Petro, declararse independientes o atacarlo por burgués. No obstante, si las reformas fracasan, si la campaña mediática contra el gobierno y sus propuestas sociales triunfa y las estrategias de desestabilización institucional se consolidan, será leído como una deslegitimación de los sueños utópicos de los sectores oprimidos, que deberán recurrir nuevamente a la derecha como su salvadora. Será un escenario perfecto para un Milei a la colombiana en 2026. Y todos sabemos que en desafueros y despropósitos los colombianos superamos a los argentinos con creces. No hay que recurrir al ejemplo manido de Pablo Escobar, pues ya estuvimos a punto de elegir a Rodolfo Hernández como presidente.

Contraportada: Sin título – Tomada de Diversidad Abya Yala

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