Editorial No 94: La vida digna, la más grande utopía

Portada: «El primer día de primavera (1923)» – Salvador Dalí

Durante las últimas décadas se nos ha impuesto como una verdad incuestionable la idea de que no existe causa tan elevada y noble que amerite jugarse la vida por ella. Esta consigna ha tenido como propósito deslegitimar cualquier lucha armada en contra de la opresión y a la vez parece sentenciar que ningún ideal es suficiente para movernos de nuestra comodidad, por precaria que esta sea: al fin de cuentas, por grande que sea nuestro sacrificio no podrá conmover el orden natural.

La autoinmolación reciente de Aaron Bushnell parece poner al descubierto lo que realmente hay detrás de esta afirmación tan difundida que hoy se toma como una verdad de Perogrullo. Se trata de un joven estadounidense de 25 años, blanco y piloto de la fuerza aérea gringa, que se prendió fuego frente a la embajada de Israel en su país, mientras gritaba “Free Palestine”.

La escena, de un horror tremendo, fue grabada y transmitida desde su celular por el mismo Bushnell, quien antes de prenderse leyó ante la cámara de su dispositivo las razones por las que se inmolaba:

“Soy miembro en activo de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos y no voy a seguir siendo cómplice de un genocidio. Estoy a punto de participar en un acto extremo de protesta, pero comparado con lo que la gente ha estado experimentando en Palestina a manos de sus colonizadores, no es extremo en absoluto. Esto es lo que nuestra clase dominante ha decidido que sea normal”.

Ante la idea de normalidad que se ha impuesto en nuestro entendimiento, el acto del joven piloto nos parece el de un hombre extremadamente valiente o el de un loco, y los medios de comunicación han decidido hacerlo pasar como el de un loco, pues han emitido la noticia descontextualizada, borrando la conexión del suicidio con la protesta contra el genocidio del pueblo palestino. En cambio, han dejado pasar como normal la actitud del soldado israelí en la embajada, que le apuntaba con su fusil a Bushnell mientras este ardía y se desplomaba en el suelo.

Tenía toda una vida por delante, dirán algunos para señalar la irracionalidad de la decisión del joven. Pero era una vida que a Bushnell, con nobles ideales y un sentimiento de solidaridad con los que sufren, no le interesaba vivir. Acaso la locura se hace más patente en el lado de quienes nos acomodamos al sistema y asumimos como normal las más grandes atrocidades que se desarrollan para sostener el orden de injusticia que actualmente reina en el mundo. Por eso seguimos en nuestra borrachera consumista que nos mantiene envueltos en un velo de bella apariencia detrás del cual se encubre toda la locura de la que participamos cotidianamente: mientras vamos a los centros comerciales a comprar ropa de moda, a los restaurantes caros a comer comida chatarra, a los gimnasios a trabajar nuestra figura, a los paseos de turismo a dejarnos seducir por lo exótico, ignorando que ante nuestros ojos se desarrolla uno de los más grandes genocidios de la historia, naturalizado por los poderes económicos y políticos del mundo, y legitimado por nuestra insensibilidad. A lo sumo nos repetimos para no tener que salir de nuestra miserable cotidianidad que, al fin y al cabo, nada podemos hacer por los palestinos.

Es una locura inducida por supuesto, pero nunca sin nuestra participación. Ya en la década del 20 del siglo pasado Walter Benjamin, un autor alemán, judío para más señas, que se suicidó cuando se le cerraron todas las puertas para escapar del nacismo, cuestionaba al derecho moderno porque se concentraba en la defensa de la vida desnuda mientras cerraba los ojos a las condiciones en que la vida misma se desarrollaba. Hoy vemos cómo en cada uno de nosotros se ha instalado la idea de que ningún ideal, por elevado que sea, podría estar por encima de la vida misma, cuando esta ha sido reducida precisamente a la precarización más indignante: el derroche y el consumismo son lo único que la animan.

Un joven como Bushnell nos muestra que hay algo más grande que nos contiene. Que la vida, al menos la vida digna, no puede reducirse a las satisfacciones temporales del individuo y que ninguno de nosotros podría considerarse plenamente humano si no lo conmueve el sufrimiento ajeno y si no le importa ser cómplice y legitimador de dicho sufrimiento. Esta autoinmolación es la prueba de que la utopía que anima nuestro espíritu colectivo con la esperanza de que seamos capaces de construir un mundo donde la justicia y la dignidad sean posibles para todos y todas, no solo es posible sino necesaria; sin ella, la vida humana misma se reduce a mera existencia alienada hasta niveles miserables.

Y por extraordinaria que parezca la acción de Bushnell, no es tan poco común. Justamente antes de Bushnell, en diciembre de 2023, otro manifestante se autoinmoló frente al consulado israelí en Atlanta, Georgia, portando una bandera palestina. También podemos resaltar la inmolación del profesor pacifista Gregory Levey en 1991 en protesta contra la primera guerra de Irak. O la del vendedor ambulante tunecino, Mohamed Bouazizi, en 2010 contra la opresión en su país, que contribuyó a desatar lo que luego se conoció como la Primavera Árabe.

Todos estos actos en que la víctima escoge la forma más terrible de morir tienen el propósito de conmover a las masas acomodadas frente al estado de injusticia imperante e intolerable. Pero también hay un número incontable de autoinmolados anónimos, que saben que, al escoger ayudar a las víctimas como médicos y enfermeros voluntarios en campos de refugiados, escogen una muerte similar a la de ellas.

En esta actitud, menos protagónica, pero no por eso menos valiente y animada por una idea elevada de la vida y la justicia, resuenan los versos de la canción de Pablo Milanés: “La vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama. La vida no vale nada si yo me quedo sentado, después que he visto y soñado que en todas partes me llaman. La vida no vale nada cuando otros están matando y yo sigo aquí cantando cual si no pasara nada. La vida no vale nada si escucho un grito mortal, que no es capaz de tocar mi corazón que se apaga… La vida no vale nada si cuatro caen por minuto y al final por el abuso se decide la jornada. La vida no vale nada si tengo que posponer otro minuto de ser y morir en una cama”.

Este no es, por supuesto, un llamado a la autoinmolación, sino a la comprensión de lo que hay detrás. En una sociedad de individuos conscientes y sensibles ante las injusticias propias o ajenas no es necesario el heroísmo; cuando todos y todas salimos a protestar y a luchar por las injusticias cometidas contra nosotros o nuestros hermanos en cualquier lugar del mundo, nadie tiene que autoinmolarse. Mientras no sea así, tendremos que reconocer que nuestra indiferencia nos carga con algo de responsabilidad por cada sacrificio hecho en nombre nuestro y de la humanidad sufriente.

Contraportada: «Sin título» – Marcial Alegría (Cordoba, Colombia)

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