Autoconstruirse. Una posibilidad para la transformación y la esperanza

Por Carolina Zea Fernández

Cuando se llega al Museo de la Ciudad Autoconstruida, en Ciudad Bolívar, lo primero que se encuentra son unos letreros colgados entre tejas, rejas y pedazos de madera. Uno de ellos dice: “Ciudad Bolívar es el esfuerzo y la lucha de personas por construir para sí un mundo en condiciones de vida digna, que la ciudad les ha negado”.

El nombre del museo cobra sentido. La autoconstrucción significa construirse una nueva realidad, distinta a la que la ciudad ha impuesto como una condena, la misma ciudad que se habita, pero que parece otra. Esa gran ciudad que es Bogotá, y que es tan ajena, tan distante, tan indiferente. Demoler los estigmas, las barreras, la marginación, para construirse un lugar, un hogar, una trinchera, que sostenga y aguarde la vida y la esperanza.

Fotos: Carolina Zea

Para ayudarse, los habitantes de Ciudad Bolívar pensaron en un lugar donde se fortalecieran los procesos de memoria y trabajo comunitario. En el museo, ubicado al lado de la última estación del Transmicable, se reúne parte de la historia del territorio, junto a los testimonios del esfuerzo y la resistencia que han tenido sus habitantes en esa lucha por sobrevivir en una realidad y una ciudad que les ha negado las condiciones y las oportunidades para una vida digna.

El museo también recoge parte de la diversidad cultural y artística de Ciudad Bolívar. Prácticas artísticas y culturales es el nombre de una de sus salas, que está llena de objetos puestos de manera cuidada y cariñosa por diversas comunidades de la localidad. La presencia de un Cununo, una Marimba, cestas y chinchorros tejidos, vasijas de barro cocido, sombreros, mochilas, licores artesanales y plantas medicinales, hablan de la diversidad cultural del territorio y de la bella capacidad que han tenido sus habitantes para conservarla, y en ocasiones resignificarla, a pesar de las dificultades que pueda causar el desarraigo, la ruptura del tejido social, el cambio de entorno, la interacción con otras culturas y con la cruel realidad cosmopolita y moderna, tan homogeneizante e individualizante. También hay una sala de exposiciones abierta e itinerante, dispuesta para que las personas de la localidad puedan exhibir sus elaboraciones artísticas.

Otra sala reúne exposiciones elaboradas por algunos colectivos y organizaciones sociales de la localidad. Grupos de mujeres y de jóvenes, colectivos de educación y de comunicación popular, grupos de teatro y muchos otros, exhiben allí muestras simbólicas sobre sus trabajos y experiencias. Unos murales representan el paro de 1992. Un rancho de madera, empapelado con posters, piezas gráficas y fotografías, nos hablan de la comunicación popular. Un tejido indígena y una pintura de un árbol, nos hablan del “palo del ahorcado”, un importante símbolo comunitario de resistencia. Unos adobes que tienen escritos los nombres de cada una de las personas asesinadas en la masacre de Juan Pablo II, de 1992, nos habla de la importancia de la memoria para la no repetición. Cada exposición está pensada con amor y busca representar, a fin de cuentas, lo que significan este lugar, estos procesos comunitarios, este territorio, y que se condensa también, de buena manera, en la consigna con la que es nombrada esta sala: existir, persistir y resistir. Existir y persistir en esta ciudad tan compleja y hostil, pero donde, a través de estas prácticas y reflexiones, se puede construir y resistir, se puede autoconstruir un hogar, una nueva realidad material y simbólica, un lugar para la vida y el encuentro.

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