Por Stiven Calderón

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Medellín, paradero del Metroplús, sector Industriales, mañana soleada. Un tipo se me arrima y me pregunta si ahí se coge el sistema integrado. Le digo que sí, y aunque su pregunta me resulta entre obvia y sospechosa, trato de comprenderla al detallar su pinta, algo ejecutiva y extranjerizada, la cual no parece corresponderse con la de un usuario, al menos convencional, de dicho sistema de transporte. El hombre me examina y sonríe mientras despliega un soliloquio acerca de la frecuencia con la que el carro ha de pasar, el clima y así… Me resulta tan extremadamente amable, tan empalagoso, que no le paro más bolas y me doy vuelta. Ascendemos al vehículo, me voy al fondo, y vigilo, por alguna razón, que se acomode lo más lejos posible de mí.
Minutos más tarde, mientras el carro avanza, pienso en mi grosería, en mi hurañez casi patológica cuando un desconocido de género masculino me aborda en algún sitio público, pero sobre todo cuando es extremadamente amable conmigo. ¿Simple autocuidado? ¿Homofobia acaso? nada descarto del todo, mientras varias imágenes empiezan a surgir en mi cabeza de repente, que creo, tienen que ver un poco con ambos aspectos.
Las imágenes
Un hombre joven, quien manipula lo que en alguna época era conocido como agenda electrónica, se le acerca a un adolescente que, en un paradero, espera el bus de regreso a casa. Le indaga si estudia, si trabaja, si es virgen, si ha estado sexualmente con hombres o mujeres, si ha “entrado en ambiente” o si le gustaría entrar. “Con mujeres”, el pelao miente, y “no, no me interesa”. El hombre manipula el aparato con insistencia, algo va a suceder. De pronto aparece un ángel de la guarda conduciendo un bus cualquiera y el pelao se sube en él.
También por aquellos días, el muchacho, quien asiste a piscina todos los domingos, es acosado repetidamente, a través de la reja que da a la calle, por un hombre que, sin reparos, con un desparpajo inigualable, le envía besos cada que puede y le guiña el ojo. El chico encuentra en un tímido y tembloroso “fuck you men” la única manera de contrarrestar aquella habitual molestia, mientras el tipo se caga de la risa, lo disfruta, se excita. El grado de intensidad de aquel sujeto, su cinismo y el inminente peligro que empieza a sentir el imberbe cada que sale del lugar, es tal, que opta por no volver a poner un pie en esa cochina piscina ni en ninguna otra.
Algunos años antes, durante un examen médico por motivo de una dolencia estomacal, un “profesional” de la salud le pidió a la madre del mismo polluelo, en plena pubertad, que esperara afuera del consultorio. Posteriormente, sin ninguna justificación relacionada con la dolencia, el matasanos en cuestión le dijo al muchacho, quien recién estrenaba un exuberante vello púbico, que le mostrara el pene. Cuando este lo hizo, el docto afiló sus ojotes y exclamó mientras auscultaba con cierto deleite voyeur: “muy interesante”. El chico, algo extrañado, intentó comprender lo sucedido. “¿Qué vio ahí?, ¿Mi nueva melena?”
El ínfimo personaje protagonista de estas escenas, por supuesto, soy yo, y más que simples imágenes sueltas que parecen escenas extraídas de alguna serie adolescente, son experiencias que vivió ese niño feo, débil, frágil y vulnerable que en algún momento fui. Y aunque los hechos de ese estilo fueron algunos cuantos más, supongo que la saqué barata.
Los hombres casi no hablamos de ese tipo de cosas, es sabido. Tal asunto nos rebaja, feminiza, y cuando lo hacemos, a veces producimos más gracia que otra cosa. Una amiga alguna vez minimizó el asunto cuando algo así le mencioné: “Ja, si supieras con todo lo que le toca a una lidiar como mujer a lo largo de su vida…” Perfecto, yo me callo, supuse que tenía toda la razón. Cuando uno se entera de las cifras y de la gravedad de las violencias sexuales ejercidas principalmente contra mujeres, las anécdotas propias hasta risa dan. El chiste del tío que “nos tocaba de niños” es tendencia hace mucho en las redes sociales y lo resistimos como buenos machos. Sin embargo, tal banalización resulta peligrosa ¿Es que acaso somos piezas sueltas cuyas subjetividades atravesadas por miedos y prejuicios no repercuten ineludiblemente en el conjunto social? ¿Acaso algunos no justifican precisamente sus homofobias, machismos, violencias, en sus experiencias pasadas? O ni los justifican. Están ahí, salen a relucir, brotan, se evidencian a veces de la peor manera.
Series, cifras y reencuentros
A pesar del tabú que la violencia sexual ejercida contra hombres aún genera, la reciente y exitosa serie de Netflix, Bebé Reno, ha puesto en discusión o más bien, de moda, el asunto. Sí bien algunos académicos vienen abordando el asunto hace rato con sus talleres de nuevas masculinidades, el morbo de un caso basado en la vida real, producido y protagonizado por su propia víctima, ha generado, sin duda, un buen show mediático, más si a eso le sumamos la reciente aparición de los supuestos agresores reales. Cosa que dicha plataforma muy convenientemente –pues, según algunas versiones, fue quien hizo poner, poscréditos, que el caso era real- sabe explotar muy bien.
Entretanto, cabe mencionar que las cifras de delitos sexuales masculinos en Colombia están subregistradas, producto precisamente de prejuicios, estigmatizaciones y, por ende, por falta de denuncias. Con todo, según datos suministrados por el Observatorio Nacional de Violencias de Género, en el año 2023 hubo 2.962 casos registrados, la mayoría de ellos ejercidos, por supuesto, contra niños y adolescentes.
Como en la vida real y personal también hay segundas temporadas, y hasta más, quería mencionar, para finalizar, que al acosador de la piscina lo vi hace poco, después de unos 20 años, en su versión más legendaria. Lucía músculos en los músculos, llevaba enormes cadenas de plata y ropa fina. Triunfó en la vida. La primera impresión al verlo me hizo sentir agresivo, y como buen machito ofendido me provocó meterle mano; pero qué va, me resultó absolutamente intimidante, me sentí empequeñecido de nuevo, comprendí que me superaría, me haría añicos, “me partiría la madre”, para ser consecuentes con una expresión bien macha.
