Autopista tórrida hacia el infierno climático

Por Renán Vega Cantor

Una gráfica que muestra la evolución climática del mundo en los últimos doce meses eriza la piel; si se tiene, por supuesto, un conocimiento básico sobre la relación clima-capitalismo y algún tipo de sensibilidad que vaya más allá de la preocupación esencial por saber qué pasa en los partidos de fútbol o por enterarse del último chisme en que están involucrados los “famosos”.

Los datos indican que los doce meses transcurridos entre junio de 2023 y mayo de 2024 han sido los más calurosos de la historia, con un promedio de 1.63 °C por encima de la temperatura media del período 1850-1900 y cada mes por encima de 1.5 °C. Los datos sobre el calor del océano son dramáticos: la temperatura media de la superficie del mar en mayo fue de 20.93 °C, el valor más alto para ese mes en la historia de los registros que se llevan al respecto.

Para tratar de explicar el asunto, comparémoslo con nuestra temperatura corporal, la cual oscila entre 36.5°C y 37,5 °C. Si aumenta la temperatura, que es una señal de que algo le está pasando a nuestro cuerpo (una infección, por ejemplo), empiezan los problemas si no logramos estabilizarla; si alcanza un incremento de 1.5 o 2 °C, la situación se torna crítica      y puede ocasionar el daño de diversos órganos, producir meningitis e incluso la muerte.

En el planeta tierra, el aumento del calor tiene consecuencias inmediatas y a mediano y largo plazo, entre las que se encuentran: intensas olas de calor, sequías, tormentas, aumento del nivel del mar, deshielo de los glaciares y de los polos, inundaciones incontrolables, huracanes más fuertes…

Con el aumento de las temperaturas viene un rastro de muerte y destrucción, porque no estamos hablando de un asunto teórico, sino de un hecho terriblemente real: en la India han muerto decenas de personas (las más pobres, por supuesto) a medida que las temperaturas bordeaban los 50 °C; en el sudeste asiático se están achicharrando las cosechas, que incrementan el hambre y la desnutrición; se han cerrado escuelas y se ha enviado a los niños a las casas; en México, donde el 75% del territorio está asolado por la sequía, los monos aulladores caen de los árboles, muertos de calor; en Arizona (Estados Unidos) los panales de abejas se derriten por las altas temperaturas…

Las olas de calor provocan lluvias más intensas y tormentas destructivas, como ha sucedido en Estados Unidos, Brasil, Kenia, Emiratos Árabes Unidos, lo que aumenta el nivel de los ríos y genera desbordamientos que arrasan con lo que encuentran a su paso. Para encontrar un planeta tan caliente tendríamos que retroceder millones de años, antes de la aparición del ser humano.

A menudo, para explicar lo que está pasando, climatólogos, políticos o académicos suelen utilizar una terminología que nos responsabiliza a todos los seres humanos por igual del caos climático en marcha. Un ejemplo es el de António Guterres, Secretario General de la ONU (una institución inútil como ninguna), quien dijo hace poco: “La humanidad está teniendo un impacto desmesurado en el mundo”, comparándolo con el meteorito que inició el proceso de exterminio de los dinosaurios hace 66 millones de años. «En el caso del clima, no somos los dinosaurios. Somos el meteorito. No solo estamos en peligro. Somos el peligro».

Esto es discutible, como el mismo Guterres intentó matizar, al señalar que los directamente responsables de la crisis climática son las empresas de combustibles fósiles que «obtienen beneficios récord y disfrutan de billones en subvenciones financiadas por los contribuyentes». Estas empresas han gastado miles de millones de dólares durante décadas «distorsionando la verdad, engañando al público y sembrando la duda». Pero este señalamiento es muy parcial, porque no son solo las empresas que extraen combustibles fósiles, sino todo el sistema capitalista con sus numerosos sectores que encienden el planeta para permitir la acumulación de capital y obtener ganancias. La industria digital, por ejemplo, es un asesino climático en serie.

Ante el achicharramiento del mundo que producen los superricos, capitalistas de pura cepa, estos planean fugarse de la tierra de varias maneras: aislarse en burbujas climáticas con aire acondicionado; huir a otros planetas; crear un apartheid climático, complemento del apartheid social que hoy existe, en el cual ellos vivan en confortables paraísos artificiales donde la tecnología, que calienta el planeta, resuelva todos los problemas. Y la mayor parte de los seres humanos, el 80% de la población mundial, que aguante en su propia piel los efectos destructivos del aumento de temperaturas, como a diario se comprueba con los muertos y damnificados.

Lo que ha pasado en los últimos doce meses no es, por desgracia, algo que ya sucedió y no se repetirá. No será así porque el caos climático en las actuales condiciones es producto de unos factores claramente establecidos, siendo el principal de todos la quema irrefrenable de combustibles fósiles (en automóviles, aviones, teléfonos celulares, producción de ropa y plásticos…) con la generación de CO2, un proceso que no da muestras de detenerse. Al contrario, su uso se agudiza y con ello se agrava el calentamiento, y eso lo comprueba un dato elemental y aterrador para el planeta tierra: hoy son más teléfonos celulares en funcionamiento que el número de seres humanos que habitamos el planeta. Y la tendencia tiende a ser más preocupante, porque en cualquier bus podemos ver a gente común y corriente que maneja dos y hasta tres móviles en forma simultánea, aunque solamente tengan dos manos y dos orejas. Pero el fetichismo tecnológico pretende que esas acciones son neutras y no tienen efectos sobre nuestro clima y nuestro medio ambiente. Claro, los responsables principales son los cultores del capitalismo digital, asesinos a vasta escala de nosotros y de la naturaleza.

Los efectos los experimentamos en carne propia, con un incremento desaforado de la temperatura mundial, como lo muestra esta otra gráfica, en la cual se puede apreciar el aumento exponencial de la temperatura en los últimos veinte años, hasta alcanzar el nivel actual, que tampoco se va a quedar allí. Es previsible que en este próximo verano, en el hemisferio norte se alcancen récords de calor que cada vez nos acerquen más a la terrorífica cifra de 2 °C.

Los doce meses continuos de aumento de la temperatura promedio en el planeta, lo que indican es que el capitalismo ha construido una autopista de calor que nos conducirá, si no se hace nada para contrarrestar esa tendencia, hacia el infierno climático.

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