
Portada: Arte urbano – autor desconocido
Lo que ha acontecido en torno al proceso de elección presidencial en Venezuela retrata de cuerpo entero a la derecha internacional y desnuda el verdadero carácter de algunos grupos políticos autodenominados de centro, que realmente medran vergonzantes al amparo de los poderosos, cualesquiera sean las vestiduras que estos se pongan. Lo más interesante de esta coyuntura, sin embargo, es que devela el nivel de cinismo del imperio y sus aliados, al tiempo que hace patente la dinámica de la actual lucha de clases en la arena internacional, y con ello los desafíos de los sectores populares que pugnan por construir un mundo sin discriminación ni opresión.
La guerra ideológica se libra en el corazón de cada individuo, moldeado hoy por los grandes medios de comunicación y las redes sociales. Y es que un sistema de injusticia estructural no puede mantenerse y perpetuarse solo por el poder de las armas y la represión; por el contrario, el poder de las armas tiene que ser legitimado por las masas, aunque sea en contra de sus propios intereses. A lograr esto es a lo que se dedican las corporaciones mediáticas con su desinformación, manipulación de la información y fabricación de fake news.
Desde mucho antes de las elecciones en Venezuela, los medios siguieron un libreto construido desde Washington, presentando unas encuestas prefabricadas por estos mismos medios, en las cuales el candidato opositor le llevaba una ventaja inmensa al presidente Maduro; de ahí dedujeron, y lo presentaron al público como un hecho, que si Edmundo González no resultaba electo en las votaciones era porque el gobierno había hecho fraude. Pero las elecciones no se ganan en las encuestas (que casi siempre dependen de quién las haga) sino en las urnas, y eso lo sabían bien los líderes de opinión que construyeron esta matriz mediática. Por eso, recurrieron a un ataque cibernético contra el software del Consejo Nacional Electoral. Lo que buscaban realmente era generar en las masas un sentimiento tal que legitimara y hasta demandara una intervención militar de los Estados Unidos o un golpe de Estado que “hiciera retornar la democracia a Venezuela”, lo que no es otra cosa que incendiar Venezuela para convertirla en un protectorado gringo una vez que Estados Unidos intervenga para “restablecer el orden”. Con esta intención, los medios, que han seguido el libreto gringo, se presentaron a sí mismos como luchadores por la libertad, aquella que otorga el capitalismo y amenaza el socialismo.
En ello cuentan con la ignorancia del pueblo, agenciada por los mismos poderosos que controlan el sistema educativo mundial. Quien sepa algo de historia reciente sabe que ninguna democracia en el mundo ha florecido bajo el amparo de los Estados Unidos, y en ningún país donde sus tropas han intervenido se han fortalecido las libertades. Todo lo contrario: en América Latina, Estados Unidos ha impulsado muchísimos golpes de Estado contra presidentes legítimamente elegidos para poner en su lugar aquellos lacayos que trabajen por sus intereses, y ha impulsado campañas de desestabilización política y militar contra gobiernos y movimientos sociales que han pretendido construir un país soberano, sin sometimiento a sus mandatos.
Pero eso no lo saben, o prefieren ignorarlo, las masas; por eso, mucha gente de a pie, con sus cerebros bombardeados por la información sin contexto que les arroja el emporio mediático y las redes sociales, asumieron acríticamente que la oposición venezolana estaba llena de luchadores mártires por la libertad y la democracia. Y es que los medios no dieron a conocer la historia de Edmundo González y su relación con la CIA y el desarrollo del Plan Cóndor que derrocó a varios presidentes latinoamericanos en los años 70 y 80 del siglo pasado. Ni contaron las estrategias desestabilizadoras de María Corina Machado y su búsqueda desesperada por una intervención militar de Estados Unidos y hasta de Israel en su país. Se limitaron a presentar a Maduro como el demonio y el culpable de todos los males que hoy sufren los venezolanos, principalmente los que están por fuera de su país.
En Colombia, los medios recurrieron a la sensiblería y presentaron a los migrantes venezolanos como las víctimas del régimen de Maduro, sin mencionar una palabra acerca del bloqueo económico que Estados Unidos mantiene contra ese país y que ha destruido buena parte del aparato productivo, la capacidad adquisitiva de su moneda y la posibilidad de generar estrategias de desarrollo que traigan bienestar para sus habitantes. Eso es lo que realmente explica la diáspora venezolana hacia los países vecinos y es lo que busca explícitamente Estados Unidos. De hecho, el bloqueo a Cuba fue impulsado, según sus propulsores, como una estrategia para matar a la gente de hambre y obligarla a levantarse contra el gobierno revolucionario; lo mismo que pretende con el bloqueo a Venezuela: no son políticas en favor del pueblo sino una instrumentalización del pueblo, a través de su hambre y miseria, para imponer los intereses de Estados Unidos en ese país. Y cuando las corporaciones mediáticas callan esta realidad y descargan la responsabilidad de la miseria de los venezolanos en Maduro, están siendo tan criminales como los mismos artífices del bloqueo.
Cualquiera puede decir que Maduro no es la solución a los problemas en Venezuela. Ningún individuo lo es si no está articulado a la dinámica de los procesos organizativos de los sectores populares y es, al mismo tiempo, encarnación de sus intereses. El caudillismo en América Latina, más que una costumbre política, es expresión del estado organizativo y el nivel de conciencia política de los sectores populares. En todo caso, lo que resulta falso es asegurar que el responsable de todos los males en Venezuela es Maduro: ese es el discurso con el que el imperio encubre su propia responsabilidad criminal. Y ahora ha construido un escenario aparentemente perfecto para su intervención militar o para agenciar un golpe de Estado, contando con que las masas lo asumirán como una acción en favor de la libertad y la democracia.
Que la garra del imperio no caiga definitivamente sobre Venezuela y la derecha no termine de incendiarla y regar con sangre sus calles depende hoy del concurso de todo el movimiento social y popular del mundo entero. El destino de la humanidad y, particularmente el de Colombia, también se juegan allí. Por eso, una de las estrategias más urgidas hoy, es la de fortalecer una red internacional de comunicación articulada a los escenarios de luchas populares.
No se trata, sin embargo, meramente de apertrechar a la gente con información veraz y oportuna que confronte la manipulación de los grandes medios, más bien se trata de un trabajo pedagógico que logre transformar el corazón y la conciencia de la gente que integra las masas y que hoy se presenta prácticamente ciega a las evidencias históricas. Es más cómodo identificarse con el poderoso porque su forma de vida se nos ha convertido en modelo y soñamos con poder vivir igual. Por eso, la pedagogía de los procesos de comunicación y educación popular debe ayudarnos a construir otro horizonte ético y cultural, donde ningún bienestar me sea apetecible si no puede garantizarse para todos y todas o si tiene que lograrse a costa de los más débiles. Eso va más allá de la generación de información y demanda procesos permanentes de comunicación en las comunidades para la formación de una conciencia crítica, no manipulable.

Contraportada: Sin título – Wafa Nashashibi
