El sueño de una casa propia amenazado por los nómadas digitales
Por Alejandro Roque

Cortesía: Centro Cultural Moravia
Los pelados de los barrios populares saben que la gentrificación no es el nombre de una señora del barrio, y que, más allá del visaje que esto ha generado en las comunas de Medellín, lo que ha ocasionado es que la gente se vea obligada a buscar otra comuna para donde irse. Poco a poco se ha llevado todo, incluso la caseta que ya ni siquiera le pertenece al “pillo” del barrio. Las señoras de la Junta de Acción Comunal ya no arreglan manteles ni tampoco ponen mesas con patacones, empanadas y pasteles de pollo, porque el esfuerzo por mejorar el barrio parece en vano y piensan que, dentro de unos meses, las calles serán construidas para satisfacer los deseos de gringos con alto poder adquisitivo, quienes serán los merecedores de la centralidad y la cercanía a los espacios culturales.
Los Planes Parciales son simples instrumentos de planeación que ayudan a concretar el modelo de ciudad que previamente se establece en los Planes de Ordenamiento Territorial de los municipios. Estos planes establecen el uso del suelo de la mayoría de los barrios populares, dotación de equipamientos e, incluso, los servicios públicos a los que pueden acceder los ciudadanos. Como dice el Decreto Nacional 2186 de 2006, el interés es la urbanización y construcción de terrenos en la zona delimitada de la ciudad donde serán aplicados.
A las señoras de los barrios, después de muchos años caminando por las calles, les ha tocado aprender de decretos y traducir el lenguaje burocrático y legal a la jerga popular. Cada día los barrios populares se encuentran habitados por más gente extranjera y los muros de muchos colores son pintados de un solo color. Las casas donde viví en el barrio Moravia ahora son difíciles de reconocer, a pesar de que están todas en la misma cuadra. Fueron seis. A los gringos les disgustan las aceras discontinuas que fueron construidas por convites populares y ollas comunitarias; les molesta la música fuerte, los salones de belleza y los buses que bajan recogiendo pasajeros que viajan hacia el Centro. Los viejos “Reyes del mambo” del bar de la esquina han sido destronados. Ya no se oyen tangos ni boleros en la esquina: a los gringos no les gusta ejercer el arte de programar páginas webs si el sonido del barrio se cuela por la ventana.
Siempre habrá una respuesta cuando la gentrificación es la pregunta: invasión, resistencia y mejoramiento integral de barrios. Los gringos han querido apropiarse, para trabajar, de los barrios populares, donde los arriendos son baratos. No importan los documentales, las canciones, los archivos de prensa y los libros sobre la memoria del barrio. Los extranjeros quieren apropiarse de los barrios, y entre más ahorren mejor.
Pasan con sus computadores, en chanclas y pantalonetas, mirando despectivamente a la señora que vende ropa de segunda para primeras comuniones, vestidos fucsia para los quince y trajes negros para entrevistas de trabajo; miran de manera despreciativa los negocios que alquilan lavadoras a mil pesos la hora, y donde los vecinos juegan parqués o dominó. Ellos quieren un supermercado. Hace poco escuché a una vecina de Moravia decir: “Los gringos vienen con maletas llenas de mentiras, ¡si supieran que este morro donde vivimos lo construimos a punta de escombros! Aquí la Alcaldía nos ve como invasores, pero eso hacen los gringos: invadir”.
Los gringos no saben de plusvalía social y encarecen los barrios de forma elegante. Ahora los barrios de Medellín suenan a gentrificación, y los sueños de los pelados de los barrios populares de conseguir una casa propia se llenaron de abandono. La casa de Doña Erminda fue víctima de la especulación; y los policías persiguen a todos, menos a los extranjeros en el “Valle del Software”.
Se piensa que la estigmatización ha logrado bajar el valor de los ranchos. Pero lo que la gente exige es el mejoramiento integral de barrios con legalización y titulación. Los niños, a pesar de la intervención de las zonas comunes por parte de la administración municipal, elevan sus cometas esquivando alguna antena de una empresa de parabólica e internet. Los señores intentan continuar con su partida de ajedrez en medio del ruido de las retroexcavadoras.
Los gringos, por su parte, solo tuvieron que cruzar un puente o algunas calles para hacer parte del barrio, pero a los que han convertido los ranchos en sus oficinas, anteriormente se les llamó “Tugurianos”. La ciudad se ha estirado por un lado y se ha hinchado por el otro, y la modernidad llegó con los extranjeros y la nomenclatura, porque aún existen techos de zinc cuñados con piedras en la ciudad más innovadora. Las paredes tienen oídos, pero en los barrios populares les ha tocado tener bocas, porque cada tabla puesta o tumbada cuenta una historia.
Todas las vecinas eran las tías de uno. Por eso, optar por el mejoramiento sin desplazamiento es lo que se le ha pedido a la administración municipal en los barrios populares de Medellín. Que el cielo de nuestras viviendas sea de nuestros hijos, que permanezca la construcción de vecindad, que los barrios sean espacios para compartir y cuidarse unos a otros, que ser vecinos de una terminal de transporte público o un Parque Explora no sea la condena para la renovación humana, y que lo que la alcaldía llama “reubicar” no termine desubicando a los habitantes de las periferias; que se entienda que el éxodo genera un duelo irreparable en las comunidades.
Que Shakira, el barbero afro; Ubaldina, la maestra de los bolis; Ana Mosquera, la madre del vacilón que tiene toda una negramenta como hijos; Orley, que reparte besos y saludos; Marina, la que vende patas y pescuezos fritos, no sean sacados por los altos precios generados por los gringos, que encontraron un lugar barato para trabajar, desconociendo que es un lugar valioso en comunidad que ninguna página web o APP puede recuperar.
