Por Tatiana Machado

Ilustración de «Nube Voladora»
Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar a doña Magnolia tocar la guitarra eléctrica. Se veía tan feliz, que era imposible no detener el tiempo en esa imagen y contagiarse de la alegría infantil con la que estaba descubriendo aquel instrumento, ya que era la primera vez que lo tocaba. Pasados unos días, me senté a conversar con ella. Es una mujer afrodescendiente que tiene tres hijos: dos adultos y una niña de doce años que la acompaña en la búsqueda de sus sueños. Me contó que su amor por la música nació cuando era muy niña, en su pueblo llamado Jiguamiandó (Chocó), donde conoció a un joven que aprendió a tocar la guitarra con un instrumento que él mismo fabricó con madera de balso, y con un libro de música que le regalaron. Ella no podía dejar de escuchar las melodías que él tocaba, soñando con tener algún día su propio instrumento y crear su propia música.
En 1997, una de las épocas más violentas en el país, todos en su pueblo se vieron obligados a salir debido a los enfrentamientos entre actores armados y la crudeza de la violencia. Caminaron durante 12 horas por caminos rodeados de selva hasta llegar a Mutatá, donde tuvieron que dividirse entre los diferentes municipios de la subregión del Urabá. Ella se asentó en Chigorodó con su familia. Allí, asistía a una iglesia que contaba con muchos instrumentos, lo que le dio la oportunidad de comenzar su camino en la música, cantando en el coro y tocando el triángulo y la guacharaca. Curiosamente, también estaba allí aquel joven autodidacta de su pueblo, quien, en poco tiempo, había aprendido a tocar el piano.
En medio de ese panorama tan desolador, la música se convirtió en una forma de escapar de la abrumadora realidad que estaba viviendo. En esa época, doña Magnolia ya era madre y no asistía al colegio, ya que, a pesar de ser muy joven, debía ocuparse de las necesidades de su hijo. Solo había cursado hasta quinto de primaria. Me dijo que anhela que su hija de 12 años termine el bachillerato y aprenda un oficio que le permita ser económicamente independiente. Por ese motivo, decidió quedarse a vivir en Mutatá, para que su hija asista al colegio sin tener que enfrentar las dificultades y peligros de los 40 minutos de camino que debe recorrer en Jiguamiandó, donde solo una de las once comunidades del territorio tiene acceso a la educación secundaria.
Aunque doña Magnolia no pudo terminar sus estudios en el marco de lo que llamamos educación formal, siempre ha buscado la manera de acercarse al conocimiento a través de la música. Por eso, tan pronto llegó a Mutatá, preguntó a sus vecinos por la casa de la cultura y las clases de música que se imparten allí. Su intención es «pulir» lo que ha aprendido a través de su experiencia en la iglesia y otros espacios musicales.
El tiempo que he pasado en escuelas rurales me ha permitido comprender las implicaciones de la desigualdad estructural en la vida de las personas. Esa brecha entre el contexto rural y el urbano se amplía, reduciendo las oportunidades de acceso a la educación. No quiero decir que en las ciudades y centros urbanos no existan dificultades, pero en la ruralidad los obstáculos se multiplican, y a veces deben ocurrir milagros, como el de un joven autodidacta capaz de fabricar su propio instrumento, para poder superarlos.
Otra cosa que he aprendido con el tiempo, es la insuficiencia de la experiencia en las aulas para despertar en los jóvenes el deseo de aprender y de producir conocimiento. En estos entornos, donde a menudo son víctimas de acoso, incluso por parte de los docentes, y donde se les señala como sujetos que aún no han alcanzado la «humanidad», la obligación de cumplir logros y llenarse de contenidos específicos se convierte en una tortura para todos los actores del contexto escolar. Los cuidadores esperan que los docentes solucionen los problemas de comportamiento de sus hijos; los estudiantes no comprenden el propósito de su presencia en ese lugar más allá de la frase «ser alguien en la vida»; y los docentes son obligados a convertirse en vigilantes, sintiéndose expuestos al peso de la ley si sus dos ojos no bastan para evitar las brutales situaciones de violencia que a veces ocurren en las instituciones educativas.
Quizá por eso es fácil olvidar que el aprendizaje y el conocimiento pueden construirse en cualquier lugar, incluso en las condiciones más adversas. Por ejemplo, antes de mudarse a Mutatá, doña Magnolia había creado un pequeño espacio para que los niños de su comunidad aprendieran a tocar guitarra. Contaba con tres instrumentos, incluyendo su querida guitarra, y dos más que un candidato del municipio le regaló. Me contó que en la música encontró la fortaleza para seguir viviendo cuando sentía que ya no podía más, y que también se convirtió en un puente para conectarse con ese Dios que pone tantas pruebas a su fe. Por eso duerme con su celular y su guitarra al lado, pues no sabe cuándo llegarán las letras y melodías para las canciones que compone. Ese es también el motivo por el que desea enseñar a otros ese don, la vía de escape frente a la crueldad de la muerte y el olvido, que ha encontrado en la música.
