Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen tomada de puntocritico.com
¿Qué es el anarquismo, ese nombre ante el cual la buena conciencia palidece y se santigua? El habla corriente asocia anarquía con caos, destrucción, desgobierno, ausencia de progreso y orden. Los anarquistas, por su parte, son identificados con meros agitadores sociales, o con vulgares camorristas que rayan paredes encapuchados y se complacen en la destrucción o en la burla chulesca de los valores tradicionales. Hoy minorizados, cuando no estigmatizados o reducidos a su versión menos auténtica, los anarquistas se enfrentan además a la deformación de sus ideas y a la usurpación del nombre de libertarios del que siempre se gloriaron. Por esta razón conviene revisitar sus principios fundamentales para despertar el orgullo por nuestra propia historia.
Antes que nada, el anarquismo es una de las corrientes políticas surgidas al interior del movimiento obrero en el siglo XIX. Puesto que su objetivo fue siempre una revolución social que transformara cualitativamente la vida de las clases trabajadoras e hiciera real la libertad en el mundo, los anarquistas son verdaderos socialistas y así se ha sentido siempre la mayor parte de ellos. Tradicionalmente, se los ha asociado con la búsqueda de una sociedad sin Estado, de modo que surja una en donde se destierre toda forma de represión y prime el autogobierno y la libertad de asociación entre iguales.
Emma Goldman definía el anarquismo como “la teoría de que todas las formas de gobierno se basan en la violencia y que por consiguiente son erróneas y perjudiciales, así como innecesarias”. Los anarquistas, pues, se esfuerzan en no reconocer más autoridad que la natural y en limitar las demás. Es evidente que un niño, por ejemplo, necesita para vivir de la ayuda y la autoridad de sus padres o que un paciente necesita confiar en la autoridad de su médico si quiere aliviar sus males: estas son autoridades naturales. En cambio, la autoridad del Estado o del jefe, o del cura, o del policía es creada y desarrollada por el ser humano. Frente a esta autoridad positiva, es decir, puesta o añadida, el anarquismo se muestra desconfiado y quiere reservarse siempre un derecho de control y crítica.
Aunque la absoluta mayoría de los anarquistas en su vida cotidiana se somete a esta autoridad, también se permite cuestionarla, preguntar permanentemente por su legitimidad y por la forma en que se ejerce. El corazón anarquista late a la izquierda; sin embargo, para él no hay Estado virtuoso o bueno, pues por su propia naturaleza, el Gobierno tiende al despotismo y el control total de la vida es su ideal secreto. El Estado viene a ser como el sucedáneo de Dios, que es de por sí la quintaesencia misma de toda autoridad. Pero a diferencia de Dios, todo Estado practica el favoritismo, soborna, corrompe, hace la guerra, divide a la humanidad.
Ahora bien, confundir la anarquía únicamente con una simple monomanía antiestatal o incluso antiautoritaria implica reducirla a su versión más simple y, podríamos decir, más alejada de la lucha de los trabajadores, más pequeñoburguesa. La cuestión del fin del Estado, si bien es el objetivo final de todo anarquista, no es en cambio el principio primero, fundamental y más inmediato de su acción política. Defender la idea de un desmonte del Estado en sociedades complejas como las actuales hace enseguida aparecer al anarquismo como una teoría irrealizable o como la más arrebatada de las utopías y esto puede cerrarnos la puerta a muchos de sus tesoros.
Hay valores anarquistas mucho más importantes y si se quiere más cotidianos y concretos con los que podemos toparnos. En este sentido, experiencias y semillas de anarquía se encuentran a tutiplén por todos lados y se han puesto en marcha en distintos países y momentos de la historia: cooperativas de autogestión, comunas agrícolas, experiencias sindicales, comunales, barriales, personales de diversa laya y, en general, cualquier forma de realización de la libertad en donde se haga presente la acción coordinada de sujetos iguales empeñados en la consecución de un buen vivir. Allí donde valores como la ayuda mutua, la libre asociación, la solidaridad, la igualdad o la acción directa sin intervención gubernamental han florecido; allí donde el espíritu de comunidad sigue realizando la fraternidad en el mundo está presente la bandera roja y negra de la anarquía o, en todo caso, su espíritu más íntimo.
No existe una única manera de ser anarquista y tampoco existe un credo profesado por todos o impuesto de manera monolítica por ninguna organización. De hecho, hay diferencias entre los distintos anarquismos. Estas diferencias tienen que ver con posiciones doctrinales de fondo o con asuntos y praxis concretos. Como ejemplo para el primer caso, podríamos mencionar que, aunque hay un anarquismo ateo, también hay otro anarquismo cristiano. Para el segundo caso, bastará recordar que una buena parte de los anarquistas no solo desconfía, sino que incluso rechaza la política electoral y por ello propugna la abstención durante las elecciones.
Para ellos, la democracia es una superstición, como decía el anarquista cristiano Lev Tolstoi, y el voto, un engaño, según pensaba la afroamericana anarquista Lucy Parsons. Otros anarquistas, en cambio, creen que el voto, aunque nunca confíen demasiado en él, es un recurso del que se puede echar mano con cierta utilidad para detener proyectos políticos fascistas o abiertamente contrarios a los intereses populares.
La enorme inventiva social, política, utópica que activó la Revolución Francesa constituyó el punto de partida para que el anarquismo cristalizara las tendencias sociales antiautoritarias del incipiente capitalismo. La burocratización cada vez mayor del Estado, su intrusión legal aun en la cotidianidad de los ciudadanos a través del control permanente por todos lados creciente, provocaron sin duda la lucha libertaria que encarna la anarquía. De hecho, el anarquismo se ha tenido siempre a sí mismo por libertario hasta que, a mediados del siglo XX, en los Estados Unidos, se empezaron a designar como libertarios a los libertarians anarcocapitalistas.
Este libertarianismo es a la vez la versión más reciente y derechizada del ideario anarquista con la que la mayoría de los anarquistas no siente, por demás, la menor simpatía o afinidad. Este anarcocapitalismo, abandonando por completo la idea de construcción de un nuevo orden social igualitario, ve en el orden económico presente la utopía verdadera todavía por realizar. En cambio, ha entendido la muerte del Estado no en la forma de una sociedad cualitativamente mejor, sino apenas en sentido neoliberal: como desmonte de toda función social estatal y como capitulación de lo público ante lo privado, considerado superior y más eficiente. Ha roto así el vínculo tradicional del anarquismo con el socialismo clásico y no solo se ha alejado de la lucha obrera, sino que ahora la enfrenta como reducto ideológico del estatismo y como contraria a la libertad de empresa.
A nadie le corresponde establecer baremos o escalas de pureza anarca. Pero, sin duda, como dice un viejo refrán, cualquiera puede llamarse hache. Las posiciones profundamente conservadoras de los libertarianos, su anticomunismo ramplón, su individualismo a ultranza y su total desconexión con las luchas sociales y con las reivindicaciones populares indican que, con la anarquía clásica y con su espíritu rebelde y disruptivo, los libertarians solo comparten la sublimidad de un nombre y nada más.
