Borrador y lápiz

Por Emilio Taborda

Acuarela de Víctor Camilo Cuartas

Eran las 2 de la tarde de un día del mes de julio; los docentes de la institución, citados por el rector, estábamos reunidos para hablar acerca de algunos problemas de la institución, especialmente aquellos relacionados con la convivencia. Todos los días cantidad incontable de estudiantes eran enviados a las directivas por conflictos, peleas, insultos, entre otros muchos asuntos producto de la intolerancia. ¿Qué debíamos hacer? ¿Cómo promover los valores del respeto y la comprensión del otro? Eran los principales cuestionamientos que nos planeamos. De repente, la reunión se ve interrumpida: el rector recibe una llamada de una de las sedes rurales; su cara de tristeza, miedo y rabia nos hacía pensar que no eran buenas noticias. Entra de nuevo, ¿qué pasó? Un estudiante acababa de propiciarle a otro tres disparos durante una clase. Devolvámonos un poco.

Días antes del incidente, Juan Daniel, un estudiante de una de las veredas del municipio, el cual había tenido múltiples confrontaciones con otros estudiantes, anunció, de manera personal a la profesora, su retiro de la institución. ¿El motivo? Iba a ingresar a un grupo paramilitar, decía que no le interesaba el estudio y que solo quería tener un arma, plata y mujeres. Dos días antes de su partida tuvo una pelea con Felipe, un joven humilde y estudioso, pero de cuyos padres no se sabía nada, porque creía –y quiero hacer especial énfasis en la palabra creía– que este le había cogido el borrador y el lápiz del puesto. El segundo negaba rotundamente haberlo hecho, pero el primero, incapaz de retractarse, lo empujaba y amenazaba. La profesora pudo detener lo que claramente iba a ser una pelea. Al otro día Juan Daniel no fue a clase, al siguiente tampoco, pero al tercer día, como si hubiese vuelto a nacer, fue al colegio en mitad de la clase. A la 1:45 p.m. sacó una pistola y apretó el gatillo en tres ocasiones. Los disparos sonaron como trompetas que anuncian la llegada de un ángel de la muerte. Juan Daniel salió corriendo.

Auxiliaron a la víctima, que no podía ser otra más que Felipe, y se lo llevaron para el hospital más cercano. Mientras tanto, la profesora, presa del miedo y la incertidumbre, llamó al rector para saber qué hacer. Contó los hechos y este le dio las indicaciones: sigan la jornada y a las 2:30 dejan ir a los estudiantes. El rector replicó las palabras de la docente en la reunión de profesores que estábamos llevando a cabo para buscar soluciones a los problemas de comportamiento en la institución. Un silencio ensordecedor se apoderó del aula. Minutos después, la reunión debía continuar. Nada ha pasado y nada va a pasar, lo importante: ¿qué vamos a hacer para reducir los casos de estudiantes en coordinación? Ah, y recordar que las planeaciones se deben enviar a inicios del próximo mes con las debidas reflexiones pedagógicas.

Las dinámicas de la burocracia se han introducido tanto y tan bien en las sociedades que incluso en espacios como la escuela se hacen presentes. Muchas veces importa más el cumplimiento de un horario, la entrega de formatos e informes, la toma de evidencias aparentes para presentar al Estado, al Ministerio de Educación o las directivas docentes, que los acontecimientos mismos que tienen lugar en los territorios, incluso en el aula de clase.

Los rectores están más preocupados por cumplir las normas que por construir escenarios propicios para la aparición de conciencias críticas; los docentes se interesan más por entregar informes a tiempo y mantener el aula en silencio que por darle lugar al conocimiento a partir de la palabra y el deseo en el aula; los estudiantes ponen su mirada en el cumplimiento de pasos que les permitan adquirir un título académico que por formarse. ¿Es realmente posible cumplir con lo establecido de la misma manera en todos los espacios? ¿Cómo hablar de conflicto armado a través de asignaturas como cátedra de paz en territorios donde el tema está proscrito, donde a los docentes los amenazan si deciden abordar el tema en clase? ¿Se puede cumplir una jornada académica en territorios donde solo hay un transporte al día, y si los estudiantes no lo abordan no pueden salir de la institución, pues las guerrillas y grupos paramilitares establecen prohibiciones en horarios y zonas?

Quizás las instituciones y la sociedad misma deben repensar sus dinámicas, exigencias y formas de actuar. Es posible que de esta manera se comprendan las necesidades reales y particulares de individuos y territorios que no pueden pretender suplirse como si estas fuesen genéricas; al mismo tiempo, se podrían establecer planes de acciones diferenciados para atender las problemáticas. A través de la crónica no se busca establecer un modelo con el cual dar solución, no es una fórmula positiva, antes bien, se pretende el posicionamiento negativo, un cuestionamiento constante de las estructuras y sus lógicas.

Para finalizar, basta con decir que, afortunadamente, Felipe pudo sobrevivir a los disparos propiciados, no he vuelto a saber de él. Pero del que sí tuvimos noticias fue de Juan Daniel. A los pocos días del hecho apareció en mitad de la vía hacia la vereda un costal cuyo interior prefiero no describir. Resulta que Felipe era hijo de uno de los miembros de la guerrilla que controla la zona. La venganza no se hizo esperar. Para cerrar me limito a las palabras de la profesora a los pocos días del suceso: “encontré un borrador y un lápiz en el fondo del pupitre de Juan Daniel, mientras retiraba las cosas para abrirle espacio a un estudiante que pasa de otra de las sedes rurales a la nuestra”. Y la pregunta que queda es ¿qué vamos a hacer?

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